La filosofía se puede sintetizar como aquella ciencia que busca comprender las causas primeras y finales de la realidad. Suena bien, ¿no? Fácil de memorizar y apantalla a primera vista. Pero, en realidad, ¿qué significa la filosofía en el día a día?
Una de las frases más comunes de nuestro gremio es la sentencia «se dice de muchas maneras», una de las muchas ideas que marcó la icónica fama de Aristóteles. En pocas palabras, lo que expresa es un «depende del sentido y el contexto en el que estemos refiriéndonos». Grosso modo, la filosofía se trata de comprender por qué la realidad –toda dimensión que experimentamos e, incluso, toda aquella con la cual no tengamos un contacto material directo– opera de la manera en la que se manifiesta. ¿El concepto clave para entender esto? La verdad.
¿Cómo definirla? Para no enfrascarnos en una serie de distinciones ontológicas y metafísicas, me valgo de la conocida especificación que realiza Tomás de Aquino, entre la verdad ontológica y la lógica –humana–. Entendamos la verdad como la adecuación del intelecto a la cosa –adaequatio intellectus nostri ad rem–. Dicho de otra manera, «las cosas como son». Como las otras ciencias, la filosofía se centra en la verdad –aunque, no como las otras ciencias, busca la verdad en todas sus distintas dimensiones–.
Sin embargo, aunque la mayoría aceptamos esta idea como –valga la redundancia– verdadera, es sumamente curioso que, en la era de la Big Data y la información al alcance de una tecla, la «verdad» se ha vuelto una moneda de colección y no de comunicación. Digo «curioso», porque la actualidad busca defender la fragmentación imparcial de la verdad. «Todos tienen su propia verdad». Con lo cual, se busca defender que toda opinión puede resultar igualmente «válida» o «justificada». Así, regresando a la pregunta de cómo se vive la filosofía en el diario, considero que es la ciencia que nos permite entender que –aunque siempre hay un grado de interpretación y proporcionalidad– hay verdades y hechos que, pese a que se nos quiere convencer de lo contrario, indican una realidad inherente. Abusar del poder siempre será un acto de tiranía, denigrar a cualquier ser humano será siempre una afrenta contra la dignidad de la persona, que todas las personas sufrimos en cualquier momento de la vida, que todas y todos viramos hacia la felicidad son ejemplos de verdades innegables.
¿Por qué, entonces, tanta desinformación –tanta fake news–, teorías conspirativas o desconfianza en la ciencia? Dijo Agustín de Hipona: «muchos he tratado a quienes gusta engañar; pero que quieran ser engañados, a ninguno» (Confesiones, X: 23, 33) . Y continuó: «la aman [a la verdad] cuando brilla, la odian cuando les reprende; y porque no quieren ser engañados y gustan de engañar, la aman cuando se descubre a sí y la odian cuando les descubre a ellos» (confesiones, X: 23, 34). Me parece que esto es lo que ocurre: queremos ser maestros de nuestra propia versión de verdad sin que nadie se atreva a cuestionarnos, ni a aceptar que estamos equivocados. Como si el error no fuera algo propio de las personas. Así, si es conveniente, sí le damos el título de verdad. Si no lo es, defendemos que «cada quien tiene su punto de vista».
En realidad –como bien explicó Agustín– no hay felicidad sabiéndonos que estamos en el engaño. La verdad se torna en un principio innegable una vida orientada hacia la felicidad, así como para la construcción de la vida en comunidad. La universalidad y la objetividad siempre serán claves para este fin. Esto es la filosofía en el día a día: un recordatorio, así como el acceso disponible para todas y todos de que la verdad –aunque a veces nos duela– marca el camino a la felicidad –en un sentido de plenitud personal y justicia en la comunidad–.
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