Jorge Cardoso: un ícono de la Hípica Mexicana

“Hace mucho tiempo, escribí un libro y mientras lo corregíamos, escuché un leve zumbido; mi corrector se había quedado profundamente dormido”. “Hace mucho tiempo, escribí un libro y mientras lo corregíamos, escuché un leve zumbido; mi corrector...

22 de agosto, 2018 foto_1_articulo_del_21_de_agosto_2018

“Hace mucho tiempo, escribí un libro y mientras lo corregíamos, escuché un leve zumbido; mi corrector se había quedado profundamente dormido”.

“Hace mucho tiempo, escribí un libro y mientras lo corregíamos, escuché un leve zumbido; mi corrector se había quedado profundamente dormido”.

“El Hipódromo de las Américas; ¿Monopolio, Industria o Hobby?”

Conocí a Jorge Cardoso y Contreras por allá de 1985. Caray, han pasado más de 33 años y siento que todo este tiempo pasó muy rápido, casi lo que dura una carrera de milla y cuarto­­­­­­­­­­­. Se fue como mueren los justos. Entero y en 22 flat.

A modo de pésame, lo cual agradezco, el gran comentarista del Beis, Alfonso Lanzagorta, que de caballos de carrera también sabe un montón, me escribió, “se fue tu “entry” y lo siento mucho Enrique querido. (Un “entry” es cuando un propietario tiene dos caballos que corren en una misma carrera). Es cierto, se adelantó mi entry, de acuerdo a lo que nos tocó vivir.

Por su profundo conocimiento en todo lo que se refiere a las carreras de caballos y a la industria entera, me cautivó. Cada vez que platicábamos me hacía sentido lo que decía —sin pontificar— producto de su amplia experiencia de lo que aprendió desde muy joven acerca del “Deporte de los Reyes”.

Su primera licencia —de groom— la obtuvo a los 18 años cuando se fue a trabajar al hipódromo de Narragansett Race Track, en Rhode Island, USA, con el célebre entrenador cubano Claudino Hernández, después de desertar de su carrera de arquitecto. La magia de los Pura Sangre lo jaló para el resto de su vida, como a mí, como a muchos amigos contagiados por este virus.  Además de su indiscutible simpatía y sapiencia sabía ofrecer su amistad, la cual cultivamos todos estos años. Me hizo sentir de su familia.

Fue un gran conocedor de la “psique” del caballista y nos graduamos de psicólogos para no volvernos locos con las ocurrencias y opiniones de los dueños y criadores de caballos a quienes entrenábamos. También entrenamos a sus caballos.

Podía escoger campeones. No perdía el tiempo para seleccionar un caballo ganador y con  seguridad le apostaba —a la cabeza—. Los 50 pesos que decía le había tomado de la bolsa de su mujer: una santa, Doña Carlota López. Anécdotas no faltan.

Crió muchos campeones, pues descubrió que el secreto de tener un buen corredor era criarlos en un lugar apropiado, y así, dejó huella dándonos a El Santo, Mirall, Saudita, Max El Pro (caballo del año en Tijuana), Toro Toro; sólo por mencionar algunos cuantos. Todos atletas de acero que se criaban en el rancho de Roberto A. Ruiz en Sonora.

Teñía entre sus misteriosas habilidades, la cualidad de aliarse con los “Racing Gods”, lo cual es fundamental, pues sin ellos, no habrá suerte por más dinero que se invierta. Donde ponía el ojo ponía la bala. No cabe duda.

Me enseñó muchas cosas. Principalmente que esta actividad “no es sólo es pasatiempo para gente rica”; es una Industria, entendida en el más amplio sentido de la palabra y la cual le permitió vivir de ella pues le tocó disfrutar del apogeo de la actividad cuando en el país hubo —en los buenos tiempos— hasta cuatro hipódromos; el de la ciudad de México; dos exitosos en la frontera: Tijuana y Ciudad Juárez y el de Nuevo Laredo —construido y que está en ruinas— pues no fue buena idea operarlo por allá.

Fue mi mentor, terapeuta, aconsejador —hasta en cosas del amor—. Revisaba mis textos con gran dedicación y los corregía: ¡no me gusta! ¡no está claro! Y así alentaba mi carrera de articulista y escritor. ¡Tienes mucho que decir, Enriquito, querido y adorado, como se refería a mi persona. ¡Escribe otro libro, pero de tu vida; de tus amores, pues has vivido!

También participó activamente en un proyecto que denominamos “La creación de circuitos hípicos regulados” que tenían la finalidad de crear pequeños hipódromos a lo largo del país, para caballos Cuarto de Milla, el cual no prosperó por la discrecionalidad de la aplicación de la Ley de Juegos y Sorteos, así también colaboró en la elaboración de la propuesta para tener una nueva Ley de Juegos que duerme en algún cajón del Senado de la Republica, muerta de frío.

… y supo crear escuela: por ejemplo, a Fernando Torres Kennedy lo distinguió como la joven promesa en materia de pedigrís y cruzas de sangre, pues vaya que sabe un montón y le confió el secreto  del lugar preciso en dónde se puede criar caballos de carrera, mejor que en Kentucky, por su clima y sus pastos. ¡Algún día le entraremos a ese proyecto!

Fundador de las subastas que organizaba la Asociación de Criadores de Caballos Pura Sangre fue homenajeado en el Hipódromo de Panamá hace unos cuantos años, y como suele suceder, en su patria —ni un lazo. 

Tenía la visión de que la industria hípica de carreras de caballos puede renacer sólo hace falta que un grupo de verdaderos “amigos del caballo” se junten y hagan valer sus derechos. ¡estamos en eso, querido Jorgito, por lucha no vamos a parar!

¿Por qué le decíamos “El Melodías” a tan célebre personaje? Sencillo, el gran comentarista del Excélsior, Antonio León, en los años 60 averiguó: dice el Pequeño Larousse, —el popular diccionario—: “Serie de sonidos sucesivos que halagan el oído”. Diáfano, todo un estilo de vida y así, se describe la esencia de mi amigo.

Descansa en paz, Jorge querido.

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Enrique Rodríguez-Cano Ruiz
Nació en el seno de una distinguida familia veracruzana. Estudió en la Facultad de Ingeniería UNAM y se graduó de ingeniero civil profesión que ejerció por varios años construyendo caminos, residencias y edificios. Ha participado en todas las facetas de la industria hípica, promotor frustrado de la construcción de hipódromos que no se lograron por la discrecionalidad de la Ley. Se define como un "luchador de causas aparentemente perdidas”.

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