Ideológico, el hundimiento de la economía

Después de casi 20 meses de gobierno de esta tercera transición, poco hemos entendido en cuanto a proyecto de política económica. Los errores intencionados y provocados de inicio marcaban una línea de confrontación con un pasado reciente,...

27 de julio, 2020 INSABI

Después de casi 20 meses de gobierno de esta tercera transición, poco hemos entendido en cuanto a proyecto de política económica. Los errores intencionados y provocados de inicio marcaban una línea de confrontación con un pasado reciente, sembrado en un terreno calificado como neoliberal. Y si no una línea, una diferencia que distanciaba la visión de proyectos incluyentes y ambiciosos en materia de progreso y demanda ajustada al exterior de la nación y al interior por igual. El aeropuerto de Texcoco es incontestable en todos los ámbitos en los que pretenda contemplarse. El despojo de un activo de la nación, toda vez que ya no constituía un proyecto, dejará una huella incomprensible del inicio de una administración.

Lo incomprensible ha continuado esa trayectoria para juzgar a esta distancia de meses, que lo inconcebible avanza con pasos perfectamente determinantes en la obstinación y en el capricho. La austeridad que en números reales no lo ha sido, acumula una carga para la nación de más del 60% del PIB en deuda pública, cuando la administración saliente la situaba en 53%. El problema de la deuda no es la proporción, el problema es que la creación de infraestructura de esta transición ha sido nula. En palabras sencillas, la deuda se ha diluido en gasto corriente. 

El gasto no ha equiparado la demanda del contrato social y la ineficiencia del aparato gubernamental ya asoma cifras preocupantes en cuanto a cobertura. La visión de empleo ha dislocado preceptos de orden económico y ha postrado las expectativas de recuperación de cadenas productivas. Sin tocar la pandemia, el producto de la nación ya cerraba su primer ciclo natural, de 12 meses con una tasa negativa de crecimiento.

El descuido de las premisas fundamentales de la gran economía y la vía institucional, ha provocado serios desórdenes en el abasto de medicamentos e innumerables insumos siempre presentes por décadas. El inexplicable vacío en los recursos de un sector público que crecía, que satisfacía la vida institucional del país, se ha quedado en un rezago difícil de asimilar, sobre todo cuando se ha pregonado ahorro tras ahorro y una acumulación de recursos otrora destinados a corromper el sistema de gobierno. 

El ahorro fue imaginado o imaginario; el simple hecho de recortar recursos en la tarea pública, hace de un sistema engranado a los servicios y beneficios de colectividades, una disminución en la eficiencia del Estado. El efecto multiplicador de una imperfección por más sencilla, crea un efecto devastador y daña la cobertura del tejido social. Eso ha sucedido justamente en nuestro medio. El gobierno en turno ha diseñado sobre la marcha y con asombrosa improvisación mecanismos alternos, fallidos en su gran mayoría, dada la falta de planeación y repercusión en el recipiente del servicio o amparo.

De esto expuesto, un ejemplo destacado es el INSABI, un instituto improcedente y fallido. El gobierno ha seguido un camino de señalamientos en diversos órdenes; los señalamientos siempre condenatorios y denostadores de labores productivas y provechosas de tareas probadas en eficiencia y cobertura. Los mecanismos alternos ya mencionados y algunas reinserciones de nombre, han promovido eufemismos que alientan alternativas mejores a todo lo anterior. Ese pasado demoledor de las ideas actuales, las que enarbola esta transición, adquiere relevancia en la medida en la que va desmantelando la supuesta adopción de una transformación que lo único que preserva en un discurso itinerante es la reacción a un cambio y la cancelación de privilegios.




Los privilegios que se obtienen del trabajo, los que derivan en consumo y en satisfactores y mejoras de vida no son un capítulo asignado por un sistema de gobierno, son resalto de la libertad y de la inclusión de preceptos elementales de convivencia ganados por generaciones. Si estos privilegios hoy son calificados y sancionados por un gobierno, entonces han desaparecido y si son reclamados, lo son como parte de una herencia de actos de congruencia de sociedad y gobierno. 

El populismo funciona con dos premisas esenciales: valores que en teoría rescatan vida nacional  y eufemismos como ya fue señalado. Jóvenes que construyen futuro, la siembra de vida, la asociación de bienestar, son sintomáticos con la supuesta relación de beneficio y el promotor del beneficio. Este método asfixia toda prerrogativa no derivada del gobierno y por ende asfixia aspiraciones naturales del individuo. El convencimiento se da a través de la dádiva y la promesa. Esta última se basa en la rectificación del rumbo equivocado de nación, el que haya sido. Todo gobierno anterior tuvo una sola inspiración: la acumulación, destino manifiesto en la imposición y en el libertinaje y uso de los recursos de una nación, sin mirar para abajo, sin mirar al desamparado, sin mirar la precariedad y la subsistencia.

Entonces viene la propuesta, que jamás materializa en proyecto, centralizar las decisiones, centralizar el poder y centralizar la economía. El radio expansivo de círculos concéntricos provoca una dispersión del centro y el centro capta y distribuye. Eso hemos vivido en materia económica, una interpretación desde un centro de distribución a modo y conveniencia para reservar cotos de poder en la magnanimidad que otorga el poder. Para reservar objetivos y para reservar dotaciones a los impulsos de una trascendencia cifrada en obra monumental dictada y contemplada en el imaginario transformador.

La cara ideológica que un día asoma su proceder autoritario y otro rinde el tributo esperado al capital, ya enfrenta carencias de todo orden; la autoridad tiene fronteras en el dispendio desbocado y en la ingenua relación de permanencia. El ámbito de los recursos otra vez reinicia su ciclo en la acumulación proscrita, con la gran diferencia que la creación de riqueza quedó en las reglas olvidadas y transgredidas. 

El amanecer de las ideologías absolutistas y totalitarias es amargo; todas inician con el ímpetu de la herencia y la acumulación de los privilegios hoy señalados, todos inician con la herencia sigilosa del orden institucional y todos lo rompen. Todos sin excepción fracasan, todos sin excepción buscan culpables. El fracaso asoma su rostro más crudo en la acumulación anulada y en los privilegios cancelados.

 

 

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