En reciente entrevista a Enrique Krauze de parte de su hijo León, vimos a un Krauze padre agotado. La edad ya no juega a su favor obvio, pero su rictus de desolación definitivamente es también por todo lo que el viene argumentando desde la portada y reportaje aquel que le hizo a la postre caer en desgracia, ese disparate pues (no exento de ingrediente clasista de “El mesías tropical”). Enrique Krauze sabe perfectamente que no, que el país no va (cómo suele sugerir) a un escenario de dictadura, de eliminación de la desaparición de poderes, de atentar contra el federalismo, ni tampoco que el país camina sobre la cornisa de una crisis económica. Él y su hijo no son tontos, sin duda, quizás viles sí lo sean, estando en contra de que alrededor de 15 millones de seres humanos hayan salido de la pobreza en los últimos siete años, que millones de abuelos que ya trabajaron por muchas décadas recobren su dignidad tan mancillada, que otros grupos vulnerables caigan en cuenta de que no son parias en el mundo, no. Sus ruinas son mucho más pueriles y se relacionan con todos los privilegios que perdieron al irse el régimen antinatura de amasiato PRI / PAN, que tan buenos dividendos le reportaron.
Al científico renacentista Giordano Bruno lo quemaron vivo en la hoguera por osar contrariar un DOGMA, el cual que respaldada la entonces aún poderosísima Iglesia católica, que afirmaba que la tierra era el centro de todo el universo y que, por ende, todo en el giraba alrededor de esta. A Bruno eso le costó la pena capital, ejecutada en el año 1600. Bruno tenía razón, y hoy el clero católico se tiene que tragar el sapo de ver que por la Ciudad El Vaticano rondan perennes estatuas del sabio del renacimiento.
En México, el régimen neoliberal dogmático (1994 / 2018) no hizo nunca caso a no pocos Giordano Bruno, que pugnaron por décadas poner fin al crimen de dejar al salario mínimo reducido a uno de hambre. ¿Por qué? Porque el DOGMA, la biblia neoliberal, el famoso manual decía “NO”, esgrimiendo razones absurdamente catastróficas, referidas a hiperinflaciones, fuga de capitales, caída en la inversión y más plagas en sus libretos, con un nauseabundo olor a naftalina, presagiaban a manera de oráculo infalible. Justo eso fue la causa de vida de Enrique Krauze. No dudo que con intenciones y deseos buenos para México, pero se colocó en el lado equivocado de la Historia; en cuanto a su famosa “Democracia sin adjetivos” lo mismo. El desastre de ese experimento lo seguimos padeciendo todos porque entre otras linduras dio como resultado a un México con una de las desigualdades económico/sociales más bestiales del planeta, una atomización del poder que sólo da lugar a un barril sin fondo para recursos públicos envuelto en un federalismo retorcido, que algunos llaman “FEUDERALISMO”, y que envió al caño de la corrupción nuestra mayor bonanza petrolera de nuestra Historia, y más, por si esos ejemplitos fueran ya poco, la pérdida de nuestra mayor divisa luego de la Revolución mexicana: la PAZ SOCIAL.
En fin, que debe ser triste el caer en la cuenta que se ha esfumado entre las manos toda una vida enarbolando banderas equivocadas, y a diferencia del caso de la película “Adiós Lenin”, que trata de un joven y su amigo, que ante la cercana muerte de la madre del primero, una mujer que dio su vida por el credo comunista en la Alemania oriental (RDA), justo en los días de la caída del bloque comunista, y donde el muchacho en cuestión, con la ayuda se su amigo, realizan toda clase de peripecias, incluido un noticiero hecho por ellos mismos y unas amistades, todo con el fin de que la madre no muriera con ese pesar agregado, el darse cuenta que los ideales por los que vivió se iban a la basura. La última escena de ese largometraje es el de una estatua monumental de Vladimir I. Lenin recién arrancada del piso y que un helicóptero de carga la traslada hacia algún complejo de tratamiento de chatarra. Bien, en la película el personaje principal muere sin darse cuenta de eso que tanto daño moral le habría provocado, quizás más que sus padecimientos físicos mismos. León Krauze ni nadie, a diferencia, tienen cómo engañar al señor Enrique, sencillamente se tiene que comer cruda esa realidad: su famosa “Democracia sin adjetivos’ para México, fracasó, y difícilmente lo pudo hacer de una forma más estrepitosa.
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