Era Covid: los riesgos de la educación a distancia

La formación educativa principalmente se adquiere a través de la inteligencia cognitiva, pero no basta. El uso de plataformas digitales es indispensable como solución temporal, pero no como una nueva manera de educar.  Pensar en la educación...

2 de octubre, 2020

La formación educativa principalmente se adquiere a través de la inteligencia cognitiva, pero no basta. El uso de plataformas digitales es indispensable como solución temporal, pero no como una nueva manera de educar. 

Pensar en la educación como una mera transmisión-recepción de conocimiento o información es tener un concepto muy estrecho de ella. La educación, entendida como la etapa formativa más importante de la vida, implica muchísimo más. 

Independientemente de que haya quien piense que al nacer somos una hoja en blanco y que la totalidad de nuestra personalidad se construye con lo que vivimos o aquellos que piensan que venimos al mundo con ciertas condicionantes grabadas en nuestra psique, lo que no tiene discusión es que venimos libres de experiencias vitales y que son a partir de ellas como se construye materialmente nuestra existencia: de la combinación de tiempo y actos (de acción u omisión) es de lo que está hecha nuestra personalidad. 

Lo que entendemos como “nuestra vida” es la interpretación que hacemos de nuestras experiencias y la base de éstas es siempre la interacción. Ésta puede ser con un “otro” ser humano, que puede ir desde nuestros padres hasta la gente con que entablamos charla en la sala de espera del aeropuerto. También ese “otro” puede tratarse del entorno: la naturaleza, nuestra ciudad, las instituciones que dan estructura a nuestra nación, el agua de la regadera y un casi infinito etcétera. Y por último, ese “otro” incluso puede corresponder con algún aspecto interno de nostros mismos: la manera como interpretamos y procesamos un hecho, una emoción o un pensamiento; la forma con que nos relacionamos con nuestra ira, nuestra creatividad, nuestro erotismo. De todo esto está hecha la vida y en ninguna época de nuestra existencia estas interacciones son más importantes que durante la etapa formativa, en la cual, sin ninguna duda, está incluida la educación escolar.

En nuestros años de escuela forjamos amistades y enemistades, experimentamos emociones de todo tipo, nos vemos forzados a socializar, a convivir, a ceder, a defender nuestra individualidad y pertencias, lo mismo que a compartir. Es durante este periodo que aprendemos a acatar las reglas de convivencia y a rebelarnos, a jugar en equipo y a tratar de marcar el gol del triunfo, a seducir y repeler. La lista de dualidades que debemos aprender a gestionar durante esa etapa de nuestra vida podría alargarse por muchos renglones, y todo esto está siendo puesto en riesgo como consecuencia de las medidas sanitarias que la Era Covid está imponiendo a las generaciones en formación.   

Siendo estrictos, la educación verdadera se adquiere, sin duda, a través del uso de la razón y la inteligencia cognitiva, pero también nos educamos con el cuerpo, con las emociones, con la gestión de nuestros impulsos, con nuestra inteligencia social –indispensable para construir y fomentar relaciones sólidas, saludables y duraderas–. Nos educamos desde el ocio, desde las prácticas deportivas, desde las actividades extracurriculares y gran parte de lo anterior no es susceptible de ser recibido desde el aislamiento y mediante una pantalla, por bien desarrollada que esté tecnológicamente la plataforma que utilicemos. 




No se puede negar que ante los retos sanitarios de la Era Covid –en especial en aquellos países donde los programas educativos presenciales están suspendidos–, el uso de plataformas digitales es indispensable para que los alumnos puedan continuar con sus programas académicos, pero alertando que se trata de una solución temporal y no una nueva manera de educar, en especial a los más jóvenes. 

Sin duda, estas plataformas poseen grandes ventajas –podemos, por ejemplo, escuchar en directo a un maestro invitado que esté en el otro extremo del mundo–, y sería absurdo no aprovecharlas, pero sabiendo que como herramientas que son, sirven para ciertas cosas, pero no para otras. Así como estas herramientas son geniales para abordar los tiempos de crisis, también es verdad que no son saludables si se sostienen de forma indefinida como único instrumento de educación. 

En primera instancia, la Era Covid pone en peligro la transferencia de información y conocimiento. Sin duda, es posible diseñar programas educativos que, desde las plataformas digitales existentes –y muchas otras que deben estar en desarrollo–, comuniquen información de todo tipo con eficacia y donde el alumno pueda retroalimentar con sus aprendizajes dicho sistema; sin embargo, aunque técnicamente esto es posible, mantener la atención y el buen desempeño del estudiante poco habituado a concentrarse de ese modo, resulta un enorme reto para los docentes, lo que en general obliga a reducir los programas y simplificar los contenidos. 

Estas medidas, lógicas y necesarias para lidiar con el presente, producirán en el mediano plazo enormes lagunas de conocimiento. Además, no debemos dejar de lado a la infinidad de alumnos, en especial en colégios públicos rurales, que no cuentan con las posibilidades tecnológicas y deben conformarse con transmisiones por televisión y radio que, por el momento, carecen correspondencia con los programas educativos oficiales y en muchos casos carecen también del respaldo y acompañamiento de un docente o de los materiales didácticos más elementales.   

En segunda instancia, me parece central comprender que, al mismo tiempo que el conocimiento juega un papel indispensable, la educación también es un vínculo, una identificación con la propia institución educativa, sus docentes y sus espacios materiales y culturales. La educación es socialización, un espacio de encuentro; es el espacio del “entre”; es el reto de integrarse desde el disenso; es el desarrollo de inteligencias sociales, emocionales, kinestésicas y relacionales; es confrontarse con el otro, con el mundo y así forjarse una personalidad. 

En tercera instancia, la escuela es el espacio de la comparación y el contraste, el ámbito donde se pone a prueba la comprensión del mundo que el estudiante recibe en casa. Es el lugar donde las tensiones y fraternidades familiares, donde los dogmas y prejuicios heredados se desafían a través de la socialización con un “otro” externo, ajeno a nuestra casa, a nuestras costumbres particulares y donde se mezclan los primeros ingredientes del caldo de cultivo del que habrá de surgir la visión del mundo particular del individuo. 

El uso de plataformas digitales resulta muy útil y constructivo entendidas como herramientas o complementos educativos, pero serían altamente perjudiciales, en especial en las primeras etapas de formación, si terminaran por ser el mecanismo principal del sistema educativo. 

La verdadera educación no consta solo de conocimientos técnicos sino también de atender las emociones, las dinámicas relacionales, el entorno familiar; implica el desarrollo de múltiples habilidades, de las cuales quizá la más importante es la empatía, la capacidad de entender discursos ajenos, de ponerse en los zapatos del otro, la capacidad de relacionarse con el que piensa diferente, la capacidad de comunicación, de articular discursos coherentes para arropar las ideas propias y poder contrastarlas con las ajenas, la capacidad de compartir espacio, afinidades y diferencias en un entrono de respeto y aceptación. El conocimiento por sí solo puede ser un gran tesoro, lo mismo que un pretexto para aislarse y disolver vínculos.

El gran desafío que la Era Covid pone ante nosotros en este campo está en encontrar estrategias para evitar que la educación nos convierta en islas; en diseñar caminos para convertir a las generaciones futuras en habitantes de amplios continentes llenos de diversidad, de contacto y de interacción constructiva y nutritiva. Que la educación no sirva como especialización en el uso de la tecnología sino como mecanismo natural de encuentro que nos permita habitar un mundo compartido y no compartimentar la vida a la manera de los recuadros de una pantalla de Zoom. 

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