Era Covid: la maldición de los tiempos interesantes

La humanidad entera encara un mismo desafío monumental. Corresponde reflexionar y llegar a acuerdos constructivos. Sin embargo, hay pocos motivos para el optimismo. Lo que era una oportunidad universal de cooperación, terminará en recuperaciones desiguales. Se acepta...

21 de agosto, 2020

La humanidad entera encara un mismo desafío monumental. Corresponde reflexionar y llegar a acuerdos constructivos. Sin embargo, hay pocos motivos para el optimismo. Lo que era una oportunidad universal de cooperación, terminará en recuperaciones desiguales.

Se acepta de forma universal el origen chino de la irónica maldición: “¡Ojalá vivas en tiempos interesantes!”.

Los “tiempos interesantes” se caracterizan por el cambio, por la incertidumbre, por la agitación, por la pérdida, por la muerte, por la devastación; pero también por la aparición de nuevas oportunidades, nuevos aprendizajes, nuevas formas potenciales de transformación que, si son aprovechadas, podrían derivar en saltos evolutivos para nuestra especie.

Ejemplos de “tiempos interesantes” hay muchos: la aparición de los grandes imperios de la antigüedad, la Revolución Científica, La Revolución Francesa, la Revolución Industrial, la Independencia de los Estados Unidos, las dos grandes guerras del siglo XX, el movimiento cultural de 1968, por citar sólo algunos.

Cada uno de estos “tiempos interesantes” le cambió en alguna medida la cara al mundo. Sin embargo esta Era Covid en que vivimos posee ciertas características inéditas, lo que lo hace un momento histórico sin precedentes.

Global y simultáneo




Nunca, durante ninguno de los hitos históricos del pasado, el mismo problema había afectado simultáneamente al mundo entero.

En todos los casos anteriores los hechos significativos ocurrieron en algún sitio específico y, debido a su importancia, la onda expansiva llegó a influir en gran parte del mundo. Sin embargo, en este caso, por primera vez en la historia humana, los cinco continentes, y todos los países del mundo, experimentan al mismo tiempo un reto común.

Incluso la famosa pandemia, la peste negra, ocurrida en el siglo XIV, provocada por la bacteria Yersinia pestis, y que arrasó con más de una cuarta parte de la población del mundo, no fue realmente global. Dicha epidemia se expandió poco a poco por toda la civilización conocida, pero nadie en euroasia sabía de la existencia del continente americano. En este caso el aislamiento material y la falta absoluta de contacto evitó la llegada de la bacteria a tierras americanas, y de paso nos da prueba fehaciente de que, en las pandemias, el distanciamiento social efectivamente funciona.

Cambio súbito

Una segunda característica exclusiva de la Era Covid, consiste en que, en todos los casos anteriores se había tratado de un proceso que se fue desarrollando de manera gradual.

Incluso la comentada peste negra tuvo un proceso de desarrollo y expansión a lo largo y ancho de euroasia que requirió de más de veinte años. Mientras que la pandemia provocada por el Covid-19, tuvo en alerta sanitaria, parálisis industrial y económica, suspensión del tráfico aéreo y aislamiento social al mundo entero en un lapso no mayor a tres meses.

Ni siquiera eventos recientes, como podría ser la crisis financiera de 1929 o el estallido de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron un impacto tan inmediato, tan extendido y tan generalizado en la población del mundo entero como la crisis actual.

El final del discurso único

Esta peculiaridad de nuestra época no surge propiamente como consecuencia de la crisis por Covid-19, sino que se ha gestado a lo largo del último siglo. Sin embargo, combinada con las dos características anteriores, y con lo apremiante y transformador de los tiempos que vivimos, se convierte en una dinámica fundamental para comprender el presente.

Si bien, como decíamos, por primera vez en la historia, todas las naciones del mundo encaran el mismo reto de manera simultánea, la manera en que cada Estado, e incluso cada persona, le hace frente a esta crisis es diversa y plural. Si analizáramos las acciones llevadas a cabo por cada nación, veríamos un crisol de reacciones y políticas de lo mas variopinto.

Lo cierto es que, Covid-19 aparte, las épocas de discursos y verdades únicas, inamovibles y permanentes terminaron hace tiempo y es momento de asumirlo y actuar en consecuencia. Nos guste o no, los tiempos que corren han dejado de ser de ideas, valores y metas homogéneas. Digamos que el “discurso dominante” consiste en que “no hay discurso dominante”. Del mismo modo que es cuestionado el machismo y la homofobia, lo es la democracia, el capitalismo, los derechos civiles y la libertad individual, al grado que el propio concepto de “verdad” resulta cada vez más difuso, esquivo e inaprehensible.

La Era Covid, al obligarnos a la humanidad entera a encarar un mismo desafío monumental de forma simultánea, ha provocado que se pongan sobre la mesa nuestras semejanzas y aquello que todos compartimos, pero también están más a la vista que nunca nuestras diferencias. Con el hecho añadido de que tenemos el cronómetro en cuenta regresiva para alcanzar acuerdos globales que nos permitan, primero superar la crisis sanitaria actual, pero también enfrentar la crisis climática y de desigualdad social que amenazan nuestra viabilidad como especie.

Ante tal multiplicidad de retos, corresponde reflexionar acerca de los mecanismos a nuestro alcance para entendernos y llegar a acuerdos constructivos; no  obstante, la terca realidad nos muestra que, lejos de diálogo y conciliación, lo que se impone es un coro discordante de monólogos del que nadie saca nada en claro.

Esto no tiene que ser forzosamente negativo. Si somos capaces de mostrar la generosidad necesaria para anteponer el bien común a nuestros intereses personales, entonces será posible imaginar un escenario donde la polarización se convierta en diálogo constructivo y acuerdos que permitan diseñar acciones y políticas públicas convenientes para cada realidad social concreta.

Uno de los grandes problemas del mundo pre-covid estaba en la inadecuada interpretación de la diferencia y la pluralidad. Cuando se les mira desde la cerrazón del discurso único, dan lugar a racismo, a machismo, a discriminación; pero cuando la peculiaridad y las posturas distintivas son comprendidas desde de la empatía, la solidaridad y la inclusión, se convierten en diversidad que enriquece, que nutre, que complementa.

Estas tres características nos ponen en una situación inédita: por primera vez en una crisis global todas las naciones están del mismo lado, todos los países comparten objetivos, desafíos, amenazas, angustias, miedos e incertidumbres, aun cuando cada uno lo encare desde su propia idiosincracia cultural.

Por primera vez en la historia humana, un conflicto de orden global no tienen buenos ni malos. No hay batallas, porque no hay adversarios: el SARS-CoV-2 no es un enemigo, sino una circunstancia biológica. El desafío está a la vista, pero toda la humanidad está del mismo lado. Si conseguimos actuar desde la empatía y la solidaridad, el resultado de la Era Covid puede ser una humanidad moviéndose hacia un desarrollo más equilibrado y sustentable, donde además de la curva de contagio, se achate la curva de desigualdad, de injusticia y de subdesarrollo.

Sin embargo, lo reconozco, hay pocos motivos para sostener este nivel de optimismo. Si bien sería deseable que encontrásemos soluciones en conjunto, lamentablemente el desempeño de los distintos gobiernos ante el reto del Covid 19 ya comienza a separarnos en distintos bloques, lo que hace previsible que la recuperación sea desigual, según el país de que se trate.

Lo que en principio era una oportunidad de atajar todos juntos el mismo problema, a partir de las acciones de cada uno, ha comenzado una lenta, pero clara separación entre unos países y otros, lo que derivará en recuperaciones desiguales.

Es muy probable que aquellos que gestionen la emergencia sanitaria de una manera menos eficiente, que su curva de contagios y decesos se incremente y extienda, y que el impacto económico sea más profundo, tengan encima que pagar el precio de una más lenta reintegración al comercio y economía global.

Si bien es importante destacar que no todos los países comenzaron esta crisis con las mismas herramientas y recursos, también es verdad que las gestiones ineficaces, además de la cantidad de enfermos y fallecidos, incrementan los obstáculos para la recuperación interna. Más allá de ideologías, quien termina pagando la irresponsabilidad gubernamental es la población en general, y en especial de los más desfavorecidos.

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