Era covid: ciudadanos libres mediante la transformación económica

El desarrollo económico tendría que generar espacios para que los individuos sean cada vez más libres y autónomos. Propósito imposible con educación desigual y empleos precarios.  El reto del sistema económico que nos rije consiste en reducir...

4 de septiembre, 2020

El desarrollo económico tendría que generar espacios para que los individuos sean cada vez más libres y autónomos. Propósito imposible con educación desigual y empleos precarios. 

El reto del sistema económico que nos rije consiste en reducir la acumulación para favorecer la distribución, sin fomentar el consumo desmedido.

En muchos círculos financieros, particularmente los de tendencia neoliberal, se sigue pensando que el crecimiento perpetuo de la producción como centro y motor de la economía, es la solución para abatir la pobreza y el desempleo. 

Si bien esta doctrina ha probado ser verdad hasta cierto nivel, es igualmente cierto que, llegado un punto, esta dinámica (crecimiento de la producción-consumo-crecimiento de la producción-consumo-ad infinitum) opera en sentido contrario y lo que consigue es una tendencia a la acumulación de beneficios de tal envergadura, que las distancias entre los que tienen recursos y los que no, se incrementan de forma exponencial. 

Pareciera que el desempleo es el problema central; sin embargo, el empleo precario, sin prestaciones ni futuro, también lo es. No solo se trata de abatir del hambre y la miseria –aunque como primera meta es de urgencia central–, sino de crear las condiciones para que cada vez haya más seres humanos libres, que puedan desarrollarse, tener espacios para el ocio, para la familia, para la introspección y que tengan la posibilidad real de llevar a cabo actividades profesionales que les resulten significativas y aporten valor a la comunidad. En resumen, el sentido del desarrollo económico tendría que ser generar los espacios para que los individuos sean cada vez más soberanos y autónomos y esto no se consigue con educación limitada y empleos precarios. 

El capitalismo es un sistema económico cuyo éxito es incuestionable. Quizá el problema más grave del sistema capitalista sea precisamente su enorme éxito. Mientras que en el año 1960 el PIB mundial era aproximadamente de 450 dólares por habitante, en 2019 superaba los $11 4001⁠.




La economía de mercado inventa infinidad de maneras para multiplicar el capital hasta niveles estratosféricos, pero su gran defecto ha sido no haber encontrado mecanismos para que esos dividendos fabulosos se distribuyan en la propia cadena que les dio lugar de forma más justa, equitativa y constructiva. Un obrero o campesino de una zona rural de un país en desarrollo, tiene menos comida en su mesa que su par del siglo XVI y, al igual que aquellos, continúa sin tener luz eléctrica, agua corriente y un sistema de educación y de salud dignos. 

Ese es el reto actual del sistema económico que nos rije: reducir la acumulación para favorecer la distribución, que se acorten las distancias entre los que los que tienen más y los que tienen menos. 

Con todo y su gravedad, no parece que la Era Covid conlleve al derrumbe del sistema capitalista. Y ya que el sistema no habrá de autoajustarse en situaciones de prosperidad y bonanza, justamente son las crisis como la actual los escenarios propicios para hacer pequeños cambios que favorezcan la equidad, en vez de retomar las mismas soluciones de siempre, que no han hecho otra cosa que propiciar el problema.   

Esto abre un espacio inédito para la búsqueda y, en su caso, la implementación de soluciones y alternativas más alineadas con la ecología planetaria, más sustentables, más inclusivas, y, en una palabra, más justas y equitativas, que permitan reducir las distancias de desigualdad entre los que tienen más y los que tienen menos, entre quienes tienen acceso a las tecnologías más avanzadas y quienes no, entre quienes reciben una educación y una salud dignas, contra los millones que carecen de esa posibilidad. Pero este espacio de transformación no estará abierto por siempre. Si deseamos generar algún tipo de cambio en el sistema, debemos actuar ahora. 

Sin dejar de reconocer los enormes beneficios que la economía de mercado ha aportado al desarrollo y la globalización, es indispensable aceptar que ha creado también una dinámica que produce justo el efecto opuesto a esa emancipación del individuo que asegura buscar. 

A esta falta de equidad, se suma un segundo problema. El centro de la economía de mercado pareciera estar en la producción, pero en realidad está en el consumo. Solo puede producirse más, si se vende más; por eso es indispensable que los individuos compren y compren, porque, de lo contrario, la economía colapsa. 

Con esta dinámica se busca crear nuevos y cada más productos, que deben adquirir los mismos consumidores. El capitalismo contemporáneo considera que el creciente consumo de productos y servicios es positivo porque mantiene el dinamismo de las cadenas productivas, sin considerar que, por un lado, se promueve la sobreexplotación de los recursos naturales, y por el otro se fomenta en el individuo la insensata pulsión por adquirir infinidad de productos que no necesita y que ni siquiera tenía idea de que existían.

Sin embargo, durante los últimos meses nuestros hábitos de consumo se han visto modificados. Una porción significativa de la población de cierto poder adquisitivo en adelante se ha dado cuenta de que una buena parte de las cosas que compra cotidianamente no las necesita. Mientras que el segmento mayoritario se ha visto obligado a reducir su consumo ante la carencia de recursos. El asunto es que, por una razón u otra, el consumo en general disminuyó de forma sorprendente a causa de la combinación del cierre de negocios debido a la emergencia sanitaria y el confinamiento al que la población fue sometida. 

Durante la pandemia, cada vez más personas hemos podido experimentar la sopresa de “no necesitar” lo que unas semanas antes nos parecía indispensable. Ante el descenso de ingresos personal y el riesgo de que ese quebranto se profundice durante las próximas semanas y meses, parece un momento muy propicio para una reflexión más profunda acerca de cómo y en qué gastamos nuestros recursos.  

Desde luego que la caída del consumo complicará la recuperación económica; sin embargo, un incremento artificial e irresponsable en el gasto individual, lejos de resolver el problema, estresa aun más las finanzas de las familias y alimenta la sobreexplotación de los recursos y el agotamiento de la biósfera, con los efectos climáticos irreversibles que amenazan nuestra viabilidad como especie. 

Esta carrera desenfrenada por consumir, por estar al día con el último modelo de todo, este esfuerzo por mantenerse “actualizado” en los productos que se “deben tener” para encajar en el grupo social al que aspiramos pertenecer es engañosa y solo produce vacío y ansiedad. 

Este desenfreno por adquirir aquello que la publicidad nos señala como necesidades, nos lleva al escenario planteado por Lewis Carroll en A través del espejo, cuando Alicia, al quejarse de que correr en el mundo del espejo no te lleva a ningún sitio nuevo, recibe una enigmática respuesta por parte de la Reina Roja: “Aquí, como puedes ver, tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio”. 

Esta dinámica consigue muchas cosas, pero definitivamente no nos conduce a sentirnos más libres y dueños de nuestras decisiones. Entonces, ¿qué sentido tiene perpetuarla?

Web: www.juancarlosaldir.com

Instagram:  jcaldir

Twitter:   @jcaldir   

Facebook:  Juan Carlos Aldir

1 Banco Mundial, Datos, PIB per cápita (US$ a precios actuales), https://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.PCAP.CD, Consultada 24 agosto de 2020

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