Condenada al fracaso y a la voz de “confesión de parte, relevo de prueba”, la alianza opositora, con miras a las elecciones de 2021, confirma la tesis del presidente López Obrador.
El acercamiento de Salinas de Gortari al PAN, desde el mismísimo 1988 era necesario. No se podía continuar con un estatismo que había fracasado, modelo que pretendía continuar Cuauhtémoc Cárdenas. Por eso lo mejor en aquel año fue que el PRI ganara. El país aún carecía del andamiaje institucional en materia electoral para unas elecciones legítimas y confiables a cabalidad, lo que, sumado a la aún tan eficaz maquinaria del PRI-Gobierno, hacía imposible otro escenario que no fuera la continuidad del partido emanado de la Revolución Mexicana y que dotó a México viabilidad cómo Nación por siete décadas, ni más ni menos.
Por otra parte, el pseudopartido político Acción Nacional era solo un amasijo de intereses reaccionarios a la mismísima Revolución. Fue fundado y formado como reacción a los intereses enquistados que la Revolución Mexicana afectó en favor de las mayorías, de la Justicia, paz y estabilidad sociales; logro que ningún país en Latinoamérica tuvo durante una larga época.
La alianza de facto se fue solidificando desde 1988 más allá de servir solamente como un hecho coyuntural. Ambos partidos enarbolaron el mismo modelo neoliberal año con año, sin, prácticamente, contrapesos. La izquierda fue ninguneada y humillada, rompiendo así todo posible equilibrio democrático. Caso contrario a España, donde, desde el principio, las fuerzas políticas tuvieron idénticas y justas posibilidades de acceder al proceso político.
La alternancia en México de 2000 a 2018 fue solo de forma, mas no de fondo; de nombres y no de proyectos. Esto ahondó los problemas de desigualdad, violencia y después, la toma del Estado por los poderes fácticos.
El PRI, a pesar de los pesares y de sus desviaciones y excesos cometidos con mayor énfasis de 1997 a 2018, tenía la posibilidad de una especie de refundación, volteando a sus orígenes y esencia. No era necesario cambiar siquiera de nombre, siglas y logotipo, sino un auténtico ejercicio de autocrítica y de recuperación de las banderas que fueron tomadas por la izquierda, muy en particular, por la encabezada por AMLO.
En fin, parece que la actual dirigencia tricolor carece de altura de miras suficiente. Con su alianza con el PAN, que por décadas fue su opositor, el PRI se va de bruces con la inmediatez de la consecución de algunos espacios de poder y dinero fácil. De esta manera, el PRI pisotea las cientos de miles de vidas perdidas en la primera revolución del Siglo XX.
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