Hay emociones que no permanecen dentro de una persona. Se contagian. Saltan de una conversación a otra, de una pantalla a miles de teléfonos, de un grito en un estadio a millones de hogares. La psicología lo llama “contagio emocional”: la capacidad que tenemos de adoptar los sentimientos de quienes nos rodean hasta experimentarlos como propios (Infección emocional lo llama mi hijo Nicolás). Pocas situaciones lo evidencian con tanta claridad como un Mundial de futbol.
Durante el Mundial México 2026, el país volvió a experimentar ese extraño fenómeno que aparece cada cuatro años. Sin importar la profesión, la edad, el nivel socioeconómico o las diferencias ideológicas, millones de personas comenzaron a vestir la misma camiseta, a reunirse frente a un televisor, a celebrar cada gol como si fuera un triunfo personal y a sufrir cada derrota como una pérdida compartida, a abrazar, celebrar, bailar, incluso lanzar por los aires a personas que acabamos de conocer como si fuésemos amigos íntimos. Durante algunos días, la palabra “nosotros” sustituyó al “yo”, nunca fuimos tan mexicanos como en estos 5 partidos.
La emoción colectiva tiene un enorme poder porque fortalece el sentido de identidad. Cuando la selección nacional juega, deja de ser únicamente un equipo deportivo para convertirse en un símbolo de pertenencia. Los aficionados no dicen “ganó México”; dicen “ganamos”. Ese simple cambio de lenguaje revela que el éxito deportivo es vivido como un éxito propio, aunque ninguno de nosotros haya pisado la cancha.
La frase ¿Y si sí? se volvió un mantra que repetimos todos y que nos unía en una sensación casi de hermandad.
Sin embargo, el mismo mecanismo funciona en sentido contrario. Cuando llega la derrota, aparece una decepción igualmente colectiva. La tristeza se comparte, las expectativas se derrumban al mismo tiempo y las redes sociales se llenan de frustración, enojo e incluso búsqueda de culpables. No importa si alguien nunca había visto un partido durante el resto del año; en esos momentos también siente que perdió algo importante.
Como yo digo en este caso “No se puede Perder-ganar”, pero no logro esta vez generar empatía con la mayoría de la gente que insiste que “Lo hicimos mejor que nunca” y que sabe a triunfo.
Lo interesante es que esta capacidad para unirnos no es exclusiva del futbol. México ha demostrado, una y otra vez, que el contagio emocional también aparece frente a las desgracias. Después de los terremotos de 1985 y 2017, así como tras los huracanes que han devastado distintas regiones del país, miles de ciudadanos salieron espontáneamente a remover escombros, organizar centros de acopio, donar alimentos o arriesgar su propia seguridad para ayudar a desconocidos.
En esos momentos desaparecen, al menos temporalmente, las diferencias sociales, económicas y hasta políticas. No importa por quién votó la persona que necesita ayuda. No interesa su religión, su orientación sexual o procedencia geográfica. La urgencia despierta una solidaridad que pareciera estar dormida el resto del tiempo.
Esa respuesta solidaria demuestra que existe un enorme capital humano y emocional entre los mexicanos. Somos capaces de organizarnos rápidamente cuando percibimos que todos enfrentamos el mismo desafío. Aunque nuestra solidaridad suela ser también selectiva, todos hemos visto como somos capaces de hacer lo que sea por ayudar a víctimas desconocidas para nosotros hasta el momento en un terremoto como si fuese nuestro familiar y rodear con desprecio al indigente que se encuentra en la calle pidiendo ayuda. Compartimos el dolor como compartimos la alegría de un gol. Nos moviliza la sensación de pertenecer a una misma comunidad, pero si es un evento que nos genere justamente esto “Contagio emocional” socialmente reconocido y hasta cierto punto mediático.
La paradoja aparece cuando observamos la vida cotidiana, especialmente la discusión política. Ahí el contagio emocional también existe, pero suele manifestarse de manera muy distinta. En lugar de propagarse la solidaridad, con frecuencia se contagian el enojo, el desprecio, la descalificación y la polarización.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Un mensaje agresivo genera más respuestas que uno conciliador; una ofensa se viraliza con mayor rapidez que un argumento bien construido. Poco a poco, la identidad política comienza a funcionar como la identidad deportiva, pero con una diferencia fundamental: mientras en el futbol todos alentamos a un mismo equipo nacional, en la política muchas veces actuamos como si el adversario fuera un enemigo al que hay que derrotar y no un ciudadano con quien compartimos el mismo país. Los mismos que jugamos con el numero 12, nos dividimos enérgicamente como Fifís contra Chairos y esa diferencia es irreconocible.
Resulta curioso que las mismas personas capaces de abrazarse con desconocidos tras un gol o de formar cadenas humanas durante una emergencia puedan convertirse, horas después, en adversarios casi mortales dentro de una discusión política.
Quizá esto sucede porque las emociones compartidas simplifican la realidad. Durante un partido existe un objetivo común y claramente definido: apoyar a México. Durante una tragedia también hay una prioridad evidente: salvar vidas y ayudar a quien lo necesita. La política, en cambio, obliga a convivir con desacuerdos permanentes, intereses distintos y soluciones complejas, así como principios morales, anhelos y aspiraciones. Es más difícil construir unidad cuando no existe una meta inmediata que todos compartan.
No obstante, el Mundial deja una enseñanza que vale la pena conservar cuando el último silbatazo se apague. Si millones de personas pueden sentirse parte de una misma historia durante noventa minutos, también podrían recordar que forman parte del mismo país durante el resto del año.
La emoción colectiva no tendría que ser un fenómeno reservado para los estadios ni para las catástrofes. Sería deseable que esa capacidad de empatía, cooperación e identidad nacional sobreviviera más allá de un campeonato o de un desastre natural. Porque el verdadero triunfo de una sociedad no consiste únicamente en celebrar victorias deportivas o responder heroicamente ante las tragedias, sino en aprender a convivir con respeto cuando las diferencias parecen más grandes que aquello que nos une. Ojalá seamos casi brothers todo el tiempo, nos ayudemos y solidaricemos con la misma energía que nos divertimos y sentimos hermanos.
Tal vez el mayor reto para México no sea ganar una Copa del Mundo, sino descubrir cómo mantener viva esa solidaridad cotidiana que aparece con tanta fuerza cuando un balón entra en la portería o cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies.
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