La derrota del proyecto político de Gustavo Petro abre una ventana de esperanza para quienes consideran que el socialismo del siglo XXI representa una amenaza para la democracia, las libertades y la economía de mercado en América Latina.
Las recientes elecciones presidenciales en Colombia ofrecen una luz de esperanza para la ciudadanía consciente de los peligros de los regímenes alineados con el Foro de Sao Paulo y su proyecto de instaurar en América Latina el llamado “socialismo del siglo XXI”. El triunfo de Abelardo De la Espriella deja lecciones importantes para la oposición frente a un proyecto destructivo para la democracia, la institucionalidad, las libertades, el crecimiento económico y el Estado de derecho. Para la ciudadanía libre de América Latina —y hoy particularmente para México— existe una prioridad política estratégica y existencial: expulsar del gobierno a los socialistas que están destruyendo al país y erradicar, hasta donde sea posible en libertad, las ideas que sostienen ese entramado ideológico.
Primero, es necesario reconocer y nombrar lo que es el Foro de Sao Paulo. Iniciativa promovida por Fidel Castro, Ignacio Lula y Hugo Chávez, se presentó como un espacio plural de partidos de izquierda para enfrentar el neoliberalismo y defender banderas de justicia, libertad, progreso y humanismo, en realidad tuvo desde su origen el propósito de construir una hegemonía socialista/comunista postsoviética, de inspiración marxista-leninista en versión 2.0. La estrategia ya no consistía en tomar el poder por la vía armada, como se intentó en los años sesenta y setenta, sino en hacerlo por la vía electoral, impulsando paralelamente una transformación radical de las “superestructuras” sociales desde la educación, la cultura, el sistema judicial y la destrucción de las instituciones de la llamada “sociedad burguesa”.
Para este macroproyecto político e ideológico se utilizaría cualquier medio disponible, legal o ilegal, ético o no. Dado que el objetivo último es la creación de una nueva sociedad y del “hombre nuevo socialista”, presentado como un imperativo histórico y moralmente superior, todo medio queda subordinado a la “Transformación” (antes “la Revolución”). Así se justifica mentir sistemáticamente para fabricar una realidad alternativa; anular libertades civiles; suprimir a la oposición; acabar con la libertad de prensa; alinear a los medios con el régimen; controlar a las fuerzas armadas y capturer todos los espacios de poder del Estado para asegurar la hegemonía socialista en el tiempo. Esto es lo que hicieron Fidel en Cuba, Chávez en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua; también lo que intentó Gustavo Petro en Colombia, aunque no le alcanzó el tiempo, y lo que han venido haciendo en México López Obrador y su sucesora.
Todos estos líderes de acción negativa han seguido el mismo guion: el discurso de polarización que opone al “pueblo bueno” y pobre contra “la oligarquía rapaz” o “las élites mafiosas” que supuestamente han saqueado a la nación; políticas públicas populistas que reparten dinero entre bases electorales mientras debilitan áreas clave del gobierno; concentración del poder en el Ejecutivo; cooptación o debilitamiento de opositores; anulación práctica de la división de poderes, la transparencia y la rendición de cuentas; uso instrumental de la democracia para llegar al poder y posterior deterioro de los mecanismos electorales. A ello se suman alianzas o “tolerancias estratégicas” con grupos criminales bajo discursos como la “Paz Total” de Petro, los “abrazos, no balazos” de AMLO o la promoción del Tren de Aragua bajo Chávez y Maduro.
Todos son estatistas, critican el lucro empresarial, priorizan la propiedad pública sobre la privada y toleran la actividad empresarial como un mal necesario. Todos repiten las mismas frases de manual: que en las universidades “enseñan a robar”; que si los pobres dejan de ser pobres ya no votarían por ellos, aunque digan gobernar bajo la consigna “primero los pobres”; que “el pueblo manda”; que “amor con amor se paga”; que no les interesan los bienes materiales, etc. Y todos descomponen la economía, frenan la inversión y el empleo, y disparan el déficit y la deuda pública.
Tiene razón la congresista española Cayetana Álvarez de Toledo cuando sostiene que el socialismo/comunismo de filiación bolchevique, incluso en sus variantes “del siglo XXI”, debe recibir la misma condena moral e histórica que el nazismo: no solo por sus crímenes contra millones de personas, sino por los efectos devastadores de los Estados totalitarios en que necesariamente derivan estos regímenes. Por ello debe advertirse contra la difusión de su ideología y de sus programas político-partidistas, aunque hoy se disfracen con nombres como “humanismo” o “progresismo”, como ocurre con la 4T. Aunque la elección colombiana del 21 de junio fue cerradísima —con apenas 250 mil votos de diferencia— y reflejó la polarización que estos regímenes generan, la victoria de De la Espriella deja lecciones relevantes si se quiere rescatar al país: unir a toda la oposición democrática; convertir la elección en un plebiscito entre democracia con economía de mercado y dictadura socialista; y ofrecer propuestas claras frente a los problemas más graves que generan estos regímenes: crisis de seguridad, incertidumbre económica, polarización política, corrupción acentuada y creciente conflictividad social. Ojalá la oposición mexicana aprenda de esta experiencia colombiana.
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