Al emitir nuestro voto, consideramos cómo podría impactarnos que tal o cual individuo lleguen al poder. Jamás nos detenemos a pensar qué sería lo mejor para la comunidad. En sentido contrario funciona igual: quien aspira a gobernar elabora una serie interminable de promesas que lo llevan al poder.
En la línea de explorar los contrastes entre la democracia clásica y la actual, ahora toca el turno de analizar el tema de los intereses creados.
Se trata de un asunto fundamental que entorpece el buen funcionamiento de los gobiernos y retrasa o impide que se concreten los más elementales aspectos de la justicia social.
En la democracia antigua existía una disposición notable: cuando la asamblea del pueblo deliberaba sobre cuestiones que podían acarrear un conflicto armado con una polis vecina, los ciudadanos que vivían cerca de la frontera no podían opinar. Para los griegos era evidente que ese voto o esa opinión estaría irremediablemente marcada por sus intereses personales y no por los de la comunidad.
Este consenso comunitario demuestra, no sólo una gran sensatez y congruencia, sino una gran madurez como sociedad y una gran inteligencia como individuos.
Qué lejos estamos del espíritu de esa medida. Si lo analizamos con cuidado, nos daremos cuenta que la esencia de la democracia actual actúa justo en sentido contrario: los grandes intereses tienen un peso enorme en cada decisión que puede afectarlos.
Pero esto no sólo ocurre con los grandes “poderes fácticos”. Los propios ciudadanos nos conducimos movidos por el interés particular. Votamos el candidato que “no sé más”, sin importar los costes que esto tenga para el orden colectivo.
Antes de emitir nuestro voto, consideramos cómo podría impactarnos que tal o cual individuo lleguen al poder. Jamás nos detenemos a pensar que sería lo mejor para la comunidad en general, la verdadera depositaria de los beneficios de una buena administración. Si esto fuera así, esos beneficios terminarían por transmitirse de manera equitativa a todos los habitantes.
En sentido contrario también funciona igual. Quien aspira a llegar al poder diseña cuidadosamente una serie (a veces interminable) de promesas hacia diferentes segmentos de la población, con la finalidad de convencerlos de que si ella/él gobierna, ellos obtendrán un beneficio directo.
Estos dos tipos de comportamiento desvirtúan la esencia misma de la democracia, al menos de esa democracia primigenia que buscaba que, por medio de la participación de todos los ciudadanos en las decisiones de gobierno, se alcanzara la justicia y el bien común.
Se sabe que ningún sistema de gobierno es perfecto; sin embargo, debe reconocerse que la democracia ofrece bondades que los autoritarismos de cualquier tendencia no permiten. Por fortuna, ya nos resulta complicado imaginar a Occidente sin esas libertades que tanto tiempo y tantas vidas costaron. Sin embargo, aun queda mucho por hacer. El primer paso es encontrar la manera de que las decisiones que atañen a toda una sociedad se tomen, verdaderamente, en función al bien común. Sin duda, este es el gran reto que enfrenta la democracia actual, de cara al siglo XXI
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