El jugoso negocio del narcotráfico

El crimen organizado en México es el que se origina, sostiene y nutre desde las estructuras del Estado, en particular de aquellas que teóricamente existen para combatir precisamente a la delincuencia. -Diego Enrique Osorno Cómo podemos enfrentarnos...

26 de octubre, 2020

El crimen organizado en México es el que se origina, sostiene y nutre desde las estructuras del Estado, en particular de aquellas que teóricamente existen para combatir precisamente a la delincuencia.

-Diego Enrique Osorno

Cómo podemos enfrentarnos al crimen organizado, junto con la corrupción y el narcotráfico, ha constituido una fuerza que no es paralela al Estado. Es realmente un Estado dentro de él.

-Rigoberta Menchú

La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado, los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tiragomas.

-Eduardo Galeano

Un gran escándalo ha provocado la detención del General Salvador Cienfuegos por su presunta participación en la producción y distribución de drogas, y el consecuente lavado de dinero. Sin embargo, en todos los artículos que he podido leer sobre esta noticia, no he encontrado uno que se refiera a lo más importante: la manera de disminuir el poder del crimen organizado y abatir al narcotráfico. Solo existen dos soluciones lógicas para combatir el narcotráfico. Por una parte, como dicen los estadounidenses, “follow the money”. Si se detectan e incautan los miles de millones de dólares provenientes del narcotráfico difícilmente podrán continuar operando los grupos de la delincuencia organizada. Sé que suena utópico, pero es una de las acciones que se deben tomar para cuando menos comenzar a extinguir el enorme poder de los grupos criminales, es decir, se necesita una estrategia que requiere la cooperación de los organismos financieros y la detección y supervisión de empresas mediante las cuales se lava dinero. Y por otra parte, legalizar y despenalizar, el comercio y consumo de drogas ilegales. Claro que para eso se requiere el consenso de todos los países productores, y de los consumidores principalmente de los EEUU.

Esta estrategia prácticamente se considera imposible. El narcotráfico es un negocio demasiado atractivo, pero lo primero que tenemos que considerar es para quién es este negocio más redituable: ¿para los países productores o para los distribuidores finales? Puede ser que nos llevemos varias sorpresas ¿Solamente están involucrados los cárteles, los políticos, las fuerzas del orden? o estamos olvidando a otros que por necesidad están involucrados. Aunque la mayor parte del dinero que proviene del narcotráfico se maneje en efectivo, es ingenuo creer que permanece así.

La inteligencia del Estado debe utilizarse para investigar y detectar a quienes manejan los recursos.  Si no hay recursos, no se no se pueden comprar armas ni todos los insumos para la producción y venta de sustancias ilegales, no se puede contratar a sicarios, no se puede sobornar a las autoridades que permiten el trasiego de estas sustancias y a quienes permiten la logística para el transporte a través de las fronteras para su distribución en EEUU. En cambio, desde el Calderonismo y su “Guerra contra el Narco”, la inteligencia estatal se centró principalmente en combatir al narco con armas y apresar a las cabecillas, con las consecuencias de violencia, de corrupción y salud que ello provocó  en el país. Si al mismo tiempo se despenaliza y legaliza la producción y comercialización de las drogas ilegales, esto se convierte en un negocio que por fuerza ya no será viable ni productivo. Así  se controlará y se evitarán sus consecuencias negativas.

Es un mito urbano, que el dinero producto del narcotráfico no se puede detectar, tanto el que se lava en empresas, como en el sector financiero. Pero la realidad es que nadie quiere acabar con este gran negocio, ni los productores, ni los distribuidores finales, ni los operadores, ni los traficantes de armas, ni las autoridades, ni los empresarios que se dedican al lavado del dinero, ni el sector financiero. Solo hay que puntualizar algo: quien se queda con la mayor parte del pastel, en la comercialización de cualquier producto, siempre es el distribuidor final. En este caso ya podemos imaginar cuál es el país que recibe mayores ganancias y que muy probablemente sea en donde se realiza el mayor lavado de dinero.

Las drogas legales como el tabaco y el alcohol, provocan más muertes y problemas de salud que todas las drogas ilegales en su totalidad. Por dar un ejemplo, en EEUU hay aproximadamente 28  millones de consumidores de drogas ilegales y 66 millones de alcohólicos. Si el problema de la mafia italiana en EEUU se eliminó persiguiendo a los capos para enjuiciarlos por temas financieros, (como ejemplo a Al Capone se le acusó de defraudación fiscal), y finalmente se recurrió a la legalización del alcohol, ¿qué puede hacernos pensar que la estrategia que planteo no sería efectiva?

Es un hecho que en los países que legalizaron la marihuana, su consumo solo aumentó por un breve período y después se estabilizó. En 2013, Uruguay legalizó el mercado de la marihuana, desde la producción hasta la venta, y en diciembre de 2019 el expresidente de Uruguay, José (Pepe) Mujica, se pronunció a favor de legalizar el consumo de cocaína y registrar a los consumidores.  Y agregó: “¿Por qué existe el narcotráfico? Por dos cosas: porque existen los consumidores y porque lo prohibimos. Entonces lo convertimos en un negocio fantástico por la tasa de ganancia que tiene, porque todo lo prohibido cuesta mucho más”.

Pero esto no es nuevo, el premio Nobel de Economía, Milton Friedman se opuso a la penalización de las drogas desde los años setenta. En septiembre de 1989 publicó una columna en el Wall Street Journal en la que criticaba fuertemente la política prohibicionista de George H. W. Bush y sostuvo que era el momento de despenalizar las drogas, mencionando a su vez el narcoterrorismo que estaban sufriendo Colombia, Perú y Bolivia por esa causa. Poco después se sumó a esta iniciativa George Schultz, exsecretario de Estado de Ronald Reagan.

Por otra parte, Portugal aproximadamente en 2001 despenalizó el consumo de drogas incluyendo heroína y cocaína, usando a las fuerzas del Estado únicamente para perseguir a los “peces gordos”, logrando las mayores capturas e incautaciones en varias décadas. En ese país se ha logrado reducir el número de muertes a consecuencia de su consumo, aumentando el tratamiento de adictos y convirtiéndose en uno de los países europeos con menor incidencia en el consumo de drogas.

En México es una materia pendiente la legalización del mercado de la marihuana, tanto para uso lúdico como medicinal. Creo que es momento de que los legisladores estudien acuciosamente este tema. Mientras no se tome una estrategia viable, el narcotráfico seguirá causando problemas de violencia, de corrupción y de salud. Es hora de que la legalización sea una prioridad en la agenda de todos los países involucrados. Es muy claro que el narcotráfico involucra muchos intereses.

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sorprendo a nadie si afirmo que estamos sumergidos en una cultura del éxito, del logro, de anteponer el estatus, las posiciones de prestigio y los bienes materiales a los impulsos y las necesidades del ser. Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. 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Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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Estos cambios rompieron el orden, el frágil equilibrio social. El primero, causado por la “economía líquida” (Bauman), aquella que desvanece toda certeza para el hombre común, es decir, un trabajo estable, ingresos seguros y suficientes, desmantela o debilita la seguridad social, como acceso a servicios de salud y de educación dignos, seguro de desempleo, pensión e invalidez. Ese mundo se fue al consagrar la libertad del capital, productividad y competitividad como los valores. El hombre hecho pieza desechable del engranaje económico. Me recuerda Tiempos Modernos de Chaplin. Los temores ocasionados por la precariedad económica han encendido las alarmas biológicas de las personas y activado su instinto de sobrevivencia. Ante este peligro y la amenaza de perder estabilidad y estatus, el estado de ánimo social es dominado por el miedo, que se manifiesta como agresividad, irritación, intransigencia, intolerancia... también de solidaridad y empatía. Amor y odio. Afecto, pasión, apego; y rencor, antipatía y animadversión. Es así como se han puesto los sentimientos a flor de piel. Y la revolución tecnológica ha potenciado el poder de los sentimientos. Los likes y emoticones han construido sociedades de internautas que se identifican, se dan sentido de comunidad y pertenencia. Y creen dominar con emoticones ese mundo. El mundo virtual se ha convertido en refugio de quienes comparten sentimientos. Articula sus identidades porque “sustituye el juicio por el prejuicio”, dice el consultor electoral Antoni Gutiérrez-Rubí, y sentencia: “Pensamos lo que sentimos” (Gestionar las emociones políticas). Ya decía Pascal: “El corazón tiene razones que la razón ignora”. Las razones del corazón son un lenguaje diferente que trasciende a las palabras cuando tocan la fibra de las emociones y llevan a la acción, mientras las razones llevan a conclusiones, según el neurólogo Donald Calne, al diferenciar el distintivo entre la razón y la emoción; por cierto una añeja polémica filosófica. El redescubrimiento de las emociones y su impacto en la gente, potenciado por las redes sociales, ha impulsado a ponerlas en el centro de la política y de las campañas electorales. Las posibilidades que abren las tecnologías de la información para segmentar y virtualmente personalizar el mensaje, así como abatir los costos de las campañas electorales, favorecen que el debate y la comunicación política se trasladen a las redes sociales. Y, en particular, que en estos ámbitos reinen las emociones sobre las razones. El papel tan importante que juegan en la vida social hoy en día ha hecho que se recurra a las neurociencias y a la biología para comprender la función fundamental que tienen las emociones en el desarrollo de la razón. (En tanto, radio y TV tienden a perder protagonismo, al menos por ahora. La prensa escrita tal vez sea reservada para el análisis puntual y profundo). Esta es la propuesta que hace Antoni Gutiérrez-Rubí en su libro Gestionar las emociones políticas, que he citado en este espacio. La neurociencia coloca a la poesía y al arte, a la risa y a la ironía, en el corazón de lo propiamente humano y en el arma más poderosa de la humanidad para enfrentar el determinismo que parece reducirnos a máquinas que hacemos siempre lo mismo (como revelan los algoritmos) y a reacciones neuroquímicas que echan por tierra el libre albedrío o capacidad para elegir a voluntad y libremente. Quizá ahora entendemos los límites de estos conceptos filosóficos, pero también los resquicios que nos libran de ser reducidos a meros zombis. Así, la Universidad de Bergen, Noruega, reunió en un estudio a un grupo de matemáticos y de psicólogos que demostraron empíricamente que la simetría y la claridad, que son lo que la conciencia humana concibe como hermoso y bello es lo verdadero. Belleza y verdad se hermanan (tomado del libro citado). Octavio Paz decía que la poesía es otra forma de acercarnos a la verdad y el conocimiento. Hoy estas verdades son trasladadas al campo de la política para escapar de la tiranía y tratar de elaborar un programa político que hable a los sentimientos de las personas, que las emocione y las incite a la acción para salvar a la democracia y reformar el sistema económico y político, de manera que nuevamente el hombre y sus necesidades sean los ejes de la política. Escribe Antoni Gutiérrez-Rubí: “(…) Estamos en un momento altamente voluble e incierto. Entender las emociones profundas, comprender los miedos, atender las sensibilidades. No hay otro camino si se quiere que la política democrática pueda canalizar los humores sociales en objetivos políticos”. El autor, quien asesoró a Gustavo Petro para que triunfara en las elecciones presidenciales de Colombia, analiza tanto el potencial de las redes sociales para favorecer el cambio como sus riesgos. Observa que el like le gana la partida al think. La superabundancia de información propicia que nos ocupe con afán la búsqueda de la novedad al grado que dejamos de pensar para buscar. Es la mayor manifestación de la inmediatez. Por ello la reflexión sucumbe ante las reacciones. Y advierte un fenómeno que me parece fundamental para entender la profundidad de la transformación social en el que estamos inmersos: “(…) El gran cambio: la reputación se enfrenta al ranking digital como el gran ordenador del mérito o del conocimiento”. Influencers vs los expertos. La devaluación del conocimiento frente a los mercadólogos. La tiranía del márquetin. Este nuevo régimen plantea desafíos sin paralelo a la democracia y a la vida civilizada. Ahora los influencers tienen el poder de cambiar la conversación social, el curso de la política y de los acontecimientos. He ahí la enorme importancia que tiene atender la indignación social contra el statu quo. En tanto, cabe que políticos y estudiosos democráticos aprendan a gestionar las emociones políticas para evitar el precipicio. Cuando la emoción de gusto y enojo, bueno y malo, sustituye a las relaciones causa-efecto, la manipulación de los sentimientos es el nuevo ordenador de la vida pública. Reinan capricho e impaciencia. Sociedad de infantes perennes: volubles y peligrosos. El corto plazo y la inmediatez tienden a enceguecer e impedir la planeación y la acción política de mediano y largo plazo. Un desafío para la democracia y la vida misma del planeta, amenazada por el cambio climático. Si bien Gutiérrez-Rubí no se ocupa en este libro de entender y analizar las causas que hacen que los sentimientos de las personas estén a flor de piel (que desde mi perspectiva son la precariedad e inseguridad económica, como ha ocurrido en otras etapas de la historia humana), sí es una guía útil para que los políticos democráticos entiendan la importancia de considerar los sentimientos de la gente y comprendan sus motivaciones para guiar el cambio. Es un incentivo para analizar las causas del gran malestar de nuestros días." ["post_title"]=> string(29) "Las emociones en la política" ["post_excerpt"]=> string(138) "Las emociones y la política están íntimamente ligadas en nuestros días, mientras que la reflexión racional queda en un segundo plano." 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Para un segmento cada vez mayor, lo correcto es renunciar a la expresión de las emociones, de los sentimientos y de las sensaciones más sutiles en aras de privilegiar la racionalidad y las acciones objetivas; mientras que otro segmento, con el propósito de ponerle remedio a esa desconexión, no busca “trascender” la racionalidad exacerbada sino renunciar a ella para guarecerse en una corporalidad y emocionalidad primitiva.  Por un lado empezamos a comprender que el pensamiento no alcanza para resolverlo todo –la sensación, por ejemplo, de que los humanos somos tan sólo una especie más en la biósfera y que tenemos la responsabilidad de modificar nuestra relación con el planeta en aras de mantener los equilibrios globales de la naturaleza es contraintuitiva y de ningún modo producto del razonamiento cartesiano, pero eso no la convierte en falsa–. Por otra parte percibimos como problemático el hecho de que, en efecto, estamos disociados del cuerpo, de las emociones, de los sensaciones y demás aspectos no mentales. Entonces “la solución” más simple consiste en dejar de lado la mente –que es uno de los grandes saltos evolutivos humanos– para “regresar” al cuerpo, a la emoción, a las sensaciones puras, rechazando lo que nos dice el pensamiento, como si, paradójicamente, convirtiéramos el pensamiento en un factor externo del que hay que separarse.  Esta dinámica es, en primera instancia, un autoengaño porque la mente ni se va a ningún lado, ni deja de interpretar, es sólo que ahora interpreta desde los códigos que considera más cercanos al cuerpo y la emoción, poniendo como valor superior la libre expresión de las emociones, del instinto y de lo que “el cuerpo pida”, renunciando a la reflexión y a la represión saludable de los impulsos que imposibilitan la convivencia saludable, la empatía y el respeto hacia el otro.  Como consecuencia de este movimiento de supuesta reconexión con la Gaia, con la naturaleza, con el “espíritu de las cosas” o cualquier otro eufemismo que, presentado superficialmente, resulte atractivo y dé la sensación de profundidad y misticismo, aparecen infinidad de ideologías sin sustento y legiones de gurús improvisados –cuyas credenciales son cursos y “certificaciones” que muchas veces obtuvieron en apenas una horas–, prometiendo el Nirvana sin esfuerzo.   Estos supuestos mentores espirituales se apoyan en los genuinos y legítimos impulsos que buscan la trascendencia para, en el mejor de los casos, vender humo y en el peor, cometer estafas y abusos, que más allá del quebranto económico, muchas veces causan auténtica devastación en los incautos que caen en ellos.  Amparados en supuestas terapias corporales, emocionales, sensoriales y esotéricas de todo tipo o directamente ofreciendo el suministro de sustancias psicotrópicas, por medio rituales improvisados y fuera de contexto, prometen trascender el pensamiento a través de una apertura de consciencia inmediata, capaz de igualar, en apenas una sesión, los resultados obtenidos por los monje tibetanos luego de décadas de trabajo interior o reproducir las experiencias de aquellos chamanes de la antigüedad, a quienes usan de gancho comercial para sustentar sus “terapias”. Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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