No estoy hablando de un enemigo que no existe o que vive en otro plano. Más bien, estoy hablando de cómo se percibe al polo contrario de un conflicto una vez que estamos demasiado inmersos en él. Toda esta reflexión, por supuesto, no es propia, sino que surge del pensamiento del pensador francés René Girard, quien con gran agudeza detectó algo que ya sabíamos que existía pero que incluso hoy nos negamos a develar, o a creer que participamos en ello. Hablo del mecanismo del chivo expiatorio: en pocas palabras, la forma en la que liberamos las tensiones internas de un grupo al elegir a un culpable total del problema y deshacernos de él.
Hoy en día seguimos aplicando lo mismo. Quien haya trabajado en una oficina sabrá que cuando alguien comete un error, no importa realmente quién haya sido, sino quién termine con la papa caliente. Y a esa persona se le va a despedir, o al menos castigar. La justicia será servida y la compañía vivirá para aplicar el mecanismo otra vez.
Ahora bien, el problema del mecanismo es que es muy efectivo. Cuando despachamos al que consideramos culpable, sentimos que la justicia se hace, sentimos alivio, sentimos que teníamos razón. Digo que es un problema porque la mayoría de las veces estamos, como en el caso de la oficina, despidiendo a alguien que, si no totalmente inocente, solo era parcialmente culpable del problema; pero la retribución es total. Y lo seguimos aplicando, aunque en el fondo sepamos que no estamos siendo del todo justos.
Llevando esta lógica a un conflicto de mayor escala, la cosa no solo sigue siendo injusta, sino que se vuelve peligrosa. Es aquí cuando le damos vida a lo que vamos a llamar el “enemigo metafísico”. Lo que sucede es un doble movimiento: primero, se elige a un grupo específico como el culpable total de la crisis. Tomemos el caso del sionismo en el conflicto árabe-israelí: independientemente de las responsabilidades reales y debatibles que existen, el mecanismo convierte a “el sionista” en el responsable absoluto y total de todo —no solo del conflicto, sino del orden injusto del mundo entero. Sin considerar que necesariamente hay más actores involucrados, más historia, más capas. Pero ahí no termina, y el segundo movimiento es el más peligroso: una vez que ya elegimos al culpable, y que su expulsión o exterminio promete el retorno a un orden mítico —porque tal orden, seamos realistas, nunca existió—, lo despojamos de su humanidad y dejamos de interactuar con él como un otro. Lo desplazamos al plano metafísico. “El sionista” deja de ser una posición política identificable, con la que se puede debatir o negociar, y se convierte en una función. Ya no es una persona o grupo con quienes no estoy de acuerdo: se transforma en símbolo, en figura metafísica, en encarnación del mal. El otro deja de ser un individuo singular y se convierte en categoría.
El grave problema es que no podemos dialogar con categorías, y mucho menos si esa categoría es la de la encarnación del mal en la tierra, cuya destrucción promete el retorno a un orden primordial, mítico o legítimo.
Muchas de las personas involucradas en activismos están jugando un juego oculto —como diría Girard, oculto desde la fundación del mundo—. Puede parecerles a ellos, y a muchos de quienes los apoyan, que buscan la justicia. Pero hay que estar atentos, porque cuando la justicia pide violencia contra el otro, cuando pide su desaparición, ya no está pidiendo justicia: está pidiendo sangre y sacrificio.
La pregunta incómoda no es si el mecanismo existe. La pregunta es si usted, en este momento, en la causa que defiende, ya tiene un enemigo metafísico. Y si lo tiene, si ya dejó de ser una persona con quien no está de acuerdo y se convirtió en símbolo, en función, en encarnación de algo que debe ser destruido para que el mundo sea por fin justo —entonces el problema no está solo del otro lado.
Girard creía que reconocer el mecanismo era el primer paso para salir de él. No una promesa de paz inmediata, sino simplemente el acto de ver lo que estamos haciendo. De preguntarnos, antes de señalar, si el otro que tenemos enfrente sigue siendo un individuo singular, o si ya lo convertimos en algo que solo existe para ser culpable.
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