Ni siquiera la ciencia más dura está libre de sesgo, prejuicio o intención. Aun cuando en la teoría un «conocimiento» refiere de manera objetiva un fenómeno de la realidad concreta y demostrable, aún cuando el conocimiento no es producto de una generalización automática, sino que es objeto de comprobación empírica, la construcción de ese cuerpo teórico está influida –e incluso determinada– por aquello que creemos.
El conocimiento, al igual que la creencia y la convicción, también explica algún aspecto de la realidad, la diferencia radica en que mientras estas últimas lo hacen a partir de una interpretación subjetiva, la primera lo hace desde la dimensión objetiva de la Realidad. Desde esta perspectiva el conocimiento –en tanto conserva su validez– funciona como un referente sólido al cual asirnos y que sin él no habría forma de distinguir la realidad concreta de la subjetiva y «la verdad» se convertiría –como pretenden muchos– en un concepto inteligible.
Cada vez que sentimos una emoción solemos de inmediato interpretarla; sin embargo, esta interpretación no se lleva a cabo desde un entorno neutro e imparcial, sino desde nuestra propia subjetividad, misma que se ha construido a partir de todas las explicaciones que nos hemos dado acerca de cómo es el mundo, sean estas explicaciones verdaderas o falsas, pero siempre desde una perpectiva personal. Este proceso da lugar a prejuicios y sesgos de toda índole que constituyen la parte medular de la interpretación que hacemos acerca de lo que sentimos, mismos que el conocimiento busca erradicar para que aquello que defiende como verdadero, lo sea para todos, en cualquier tiempo y lugar.
Lo cierto es que ni siquiera la ciencia más dura está libre de sesgo, prejuicio o intención. Aun cuando en la teoría un «conocimiento» refiere de manera objetiva un fenómeno de la realidad concreta y demostrable, aún cuando el conocimiento no es producto de una generalización automática, sino que es objeto de comprobación empírica, la construcción de ese cuerpo teórico está influida –e incluso determinada– por aquello que creemos.
Pensemos en un ejemplo: hoy «sabemos» que la vasta diversidad de especies que habitan el planeta son producto de un proceso milenario de evolución. Abundan infinidad de estudios que confirman que las características que favorecen la supervivencia de una determinada especie se replican y perfeccionan en las generaciones posteriores. Hasta aquí el conocimiento. A partir de él, emerge una vertiente de pensadores que cree que en la carrera por la supervivencia se impone el más fuerte y que por lo tanto el motor de la evolución es la competencia. Por su parte, otra vertiente de teóricos cree que sobreviven los especímenes mejor adaptados y que mejor cooperan entre sí.
La diferencia parece baladí, pero no lo es. Si trasladamos estas dos comprensiones del fenómeno evolutivo a la civilización humana tendremos dos mundos muy diferentes. Si pensamos que sólo sobrevive el más fuerte, el que más recursos acapara y el que consigue imponerse sobre los demás, las cosas serán de una manera muy distinta a que si estamos convencidos de que la adaptación y la cooperación son la llave para evolucionar. Se trata de dos sistemas de creencias que, si bien parten del mismo cuerpo de conocimiento, se manifestarán a partir de distintos principios éticos, de diferentes conductas morales, de modos opuestos de entender la economía, el Estado, la relación comunitaria, etcétera, y promoverán conductas morales que inevitablemente entrarán en conflicto.
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