Mientras que los arquetipos platónicos son eternos e inmutables y preceden al ser humano y al resto de las especies, los arquetipos junguianos se construyen y enriquecen a partir de experiencias de todos los seres vivos. De este modo, no sólo se adaptan y evolucionan sino que se constituyen en un registro vital de todas las especies del planeta.
Aunque a lo largo de la historia han existido distintas maneras de entender lo «arquetípico», me centraré en dos concepciones en cierta forma opuestas.
Por un lado la comprensión platónica, que lo explica como las «formas ideales», los patrones creativos del cosmos que sirven para generar el orden que le permite evolucionar. Los arquetipos son esencias ideales de la cuales se derivan los objetos mismos. Se trata de las formas sustanciales de las cosas, de los conceptos, de las ideas, se trata de construcciones eternas y perfectas que existen o que están por existir. “Son –afirma Ken Wilber– los patrones creativos que subyacen a toda manifestación y ordenan el caos para formar el Kósmos1”.
También pueden entenderse como estructuras funcionales que subyacen a la conducta de un individuo, grupo o sociedad en su conjunto. Esto significa que para Platón existe un arquetipo de la «verdad», otro del «bien», uno más de la «belleza», etc., que contienen estos conceptos de manera absoluta, eterna y pura. En este caso, los seres humanos, influidos por esa esencia subyacente en el cosmos, podemos percibirlos pálidamente –como los personajes del mito de la caverna–. De este modo, tendemos a ellos pero sin conseguir reproducirlos nunca de manera plena.
Para Platón la verdad última está en la idea, en lo abstracto, que considera el fundamento y origen de las cosas. Por ello distingue dos mundos: el de las cosas sensibles y el de lo ideal, que es lo que verdaderamente «es».
Los arquetipos platónicos fueron tomados por la Escolástica, e interpretados como las formas ejemplares de todas las cosas, que habitan en forma de ideas y pensamientos en la mente de Dios. De ahí la gran influencia que la filosofía platónica tiene en la construcción del dogma católico.
En contraste, los arquetipos para Carl Gustav Jung son impresiones que se acumulan a partir de experiencias, de las impresiones que estas dejan en el inconsciente. En las propias palabras de Jung, se trata de “un depósito de memoria derivado de una condensación de innumerables experiencias similares, la expresión psíquica de una tendencia natural anatómica y fisiológicamente determinada2»”.
Desde la perspectiva de Wilber, para Jung, los arquetipos son “imágenes arcaicas heredadas colectivamente; surgen a partir de la experiencia común, diaria, normal y típica de los hombres y mujeres de todas partes, por eso hay un arquetipo de la madre, del padre, del timador, de la sombra, etc. Estas situaciones son normales para todo el mundo, en todas partes, y por eso las «impresiones» de estos encuentros durante milenios se han grabado en el cerebro, por así decirlo3”.
Los arquetipos platónicos son eternos e inmutables y preceden –y dan origen– a las cosas sensibles. Existen, por lo tanto, mucho antes –y con independencia– del ser humano y del resto de las especies. En contraste, los arquetipos junguianos se construyen y enriquecen a partir de experiencias de todos los seres vivos. De este modo, no sólo se adaptan y evolucionan sino que se constituyen en un registro vital de todas las especies del planeta. Esto implicaría una conexión entre esas memorias colectivas y los distintos individuos de cada especie. Para Campbell, “en el sistema nervioso central de todos los animales existen estructuras innatas que de alguna manera corresponden al entorno propio de la especie4”.
Si bien es cierto que la relación entre conducta innata y conducta condicionada no se ha resuelto del todo, dichas estructuras innatas, a las que se refiere Campbell, bien podrían manifestarse a través de lo que solemos llamar instinto y que resulta muy visible en el resto de las especies a partir de comportamientos y reacciones en apariencia automáticos, que «dictan» la forma apropiada de reaccionar y comportarse ante cada situación. Como explica Wilber en el caso del ser humano, “los instintos son impulsos del tronco cerebral reptiliano y del sistema límbico paleomamífero; esas son las estructuras que están «cerca de» los arquetipos, lo que les sitúa perfectamente entre las categorías de la conciencia. Sensación, percepción, impulso (instinto), imagen, símbolo, concepto, regla…, los arquetipos son en su mayoría colectivos, imágenes fundamentales que se sitúan cerca del impulso/instinto5”.
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