Debate de demolición

En un debate de demolición los participantes se esfuerzan por denigrar o ridiculizar el punto de vista de cualquiera que mantenga una postura distinta a la suya.

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El objetivo consiste en invalidar al oponente, ganar la contienda a partir de la destrucción y humillación de la contraparte. Las ideas importan poco o nada. Se dedica casi la totalidad de la energía, no tanto en exponer razonamientos propios, sino a la ejecución de estrategias que permitan descalificar cualquier argumento del opositor.

Los tiempos que corren han dejado de ser de ideas, valores y metas homogéneas. Lo que entendemos como “discurso dominante” está formado por una amalgama de fragmentos confusos y muchas veces discordantes entre sí. 

Lo que genéricamente se conoce como “progresismo” está compuesto por una serie de corrientes ideológicas tan diversas que en muchos aspectos se contraponen y se combaten mutuamente, y sin embargo en la narrativa dominante se consigue, cuando así conviene a los intereses de quienes impulsan según qué discurso en según qué momento, generar la impresión de que se trata de lo mismo, de un cuerpo homogéneo de reivindicaciones que se constituyen un gran cuerpo de verdad inapelable que opera como la materia prima de la que se construirá el futuro de nuestro planeta.  

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Al mismo tiempo, cualquier idea o argumento que no vaya en el sentido de esa corriente dominante pero inaprensible se descalifica a priori sin que siquiera se abra la posibilidad de discutirse.

Por ello el debate de los temas específicos, sin censurar ninguno, resulta fundamental para discernir qué parte tanto del discurso dominante fragmentario como de las diversas narrativas que chocan con esa corriente hegemónica podrían resultar constructivas para un futuro que se muestra desafiante y complejo.  

En este escenario suelen imponerse dos tipos de debate. Ambos tienen manifestaciones funcionales y exacerbadas. 

Debate de demolición

Aquí el objetivo consiste en invalidar al oponente, ganar la contienda a partir de la destrucción y humillación de la contraparte. Y el público, ávido de que la sangre llegue al río, lo considerará mejor en tanto más brutal haya sido la carnicería que tuvo lugar en la “arena” del evento. Esta es la forma más exacerbada de debatir porque se experimenta realmente como una lucha, una guerra, un combate pugilístico que hay que ganar a cualquier precio. El adversario debe ser derrotado, aniquilado de ser posible, dejado en ridículo, enmudecido. Se trata de una contienda de suma cero y de todo o nada, donde para que uno gane, el otro tiene que perder.

Las ideas importan poco o nada. Se dedica casi la totalidad de la energía, no tanto en exponer razonamientos propios, sino a la ejecución de estrategias que permitan consolidar argumentos ad hominem, falacia que consiste en crear la ilusión de que el oponente, en tanto que carece en su persona de la calidad ética y moral suficiente, ninguna cosa que afirme puede ser verdadera. Este tipo de descalificación casi nunca está relacionada con los contenidos a discutir sino que va dirigida sin pudor contra el individuo en lo personal. Se trata de “desenmascarar” al oponente ante el público de devaluarlo de tal modo que nada de lo que exprese merece ser atendido. 

En un debate de demolición los participantes se esfuerzan por denigrar o ridiculizar el punto de vista de cualquiera que mantenga una postura distinta a la suya y para ellos suele utilizar pruebas o bien tramposas, que no vienen al caso en la discusión, o bien tan estridentes que capturen la atención del oyente e impidan seguir cualquier desarrollo lógico de ideas. 

Esta dinámica suele conducir a un espectáculo muy atractivo para el espectador, pero que carece de sustancia, lo que lo vuelve estéril en términos del tema concreto a tratar. El ejemplo más consumado de esta variante se ve con claridad en el debate político, en especial el que tiene lugar en tiempos de campaña. Los candidatos asisten no para hablar de forma seria y profunda de posibles programas de gobierno y contrastarlos con el del oponente sino directamente a destriparse, metafóricamente desde luego, con la aspiración máxima de terminar la contienda evaluado por el espectador como el tuerto en tierra de ciegos. 

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Esta forma de supresión del oponente pudo ser eficaz en un mundo donde se pensaba que existían verdades incuestionables y permanentes. Hasta hace pocas décadas, para cualquiera era evidente que entre dos argumentos, cuando menos uno era falso. Si dos discutían, sólo uno podía tener razón. 

 

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