De Frente Y Claro | LA LLEGADA DE PABLO GÓMEZ A LA UIF

Resulta preocupante el panorama que se avecina con este cambio en la UIF. Ojalá no se acabe convirtiendo uen una espada de Damocles, para quienes no estén de acuerdo con López y la 4T,

11 de noviembre, 2021

Sin lugar a dudas cada acción y decisión de López nos sigue mostrando y demostrando que él es el único que manda en este país, reafirmando aquello que siempre se ha comentado: “En el árbol de la política, ni una hoja se mueve sin el beneplácito del Presidente en turno”. Y qué mejor manera de demostrarlo que la destitución del titular de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), Santiago Nieto, al caer de la gracia de López aprovechando el escándalo de su boda en Guatemala. 

Pero llama más la atención a quién designó para ese cargo: ni más ni menos que a Pablo Gómez. Quizás ya olvidó López lo acontecido en 1999 sobre la denuncia en relación a su legitimidad para ser candidato a jefe de Gobierno. Ya con el perdón, ahora Gómez tiene que someterse, obviamente, a las órdenes de quien es el patrón en la 4T.

LA DENUNCIA CONTRA AMLO EN 1999

Es importante conocer lo acontecido en noviembre de 1999, que está asentado en el texto “La Construcción de Legitimidad en Torno a la Candidatura de Andrés Manuel López Obrador a Jefe de Gobierno del Distrito Federal” de Andrés Téllez Parra, que encontré en la Biblioteca Virtual del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. En las páginas 332-334 habla sobre la denuncia:

La Candidatura de Andrés Manuel López Obrador a la jefatura del DF no está desentendida de los problemas propios del partido, y de los partidos políticos mexicanos en general, ya que desde que el tabasqueño fue postulado para jefe de gobierno, miembros de su partido político impugnaron su candidatura, argumentando que no cumplía con los cinco años de residencia mínima que la ley estipula para poder aspirar a algún cargo público. Tal es el caso de Pablo Gómez y Demetrio Sodi, quienes presentaron su queja ante la Comisión Nacional de Garantías y Vigilancia (CNGV) del PRD, dejando un antecedente que más adelante sería usado por los miembros de otros dos partidos para impugnar su candidatura. 

“El recurso de apelación fue rechazado por dicha Comisión. Sin embargo, sembraba la duda entre el electorado general y de manera más importante, dentro de miembros del propio partido, ya que la candidatura correría el riesgo de ser impugnada más adelante por los otros partidos, lo cual pondría en entredicho la candidatura perredista al Gobierno del Distrito Federal, en caso de que ganara la elección interna López Obrador.

“Cabe resaltar la insistencia que tuvo principalmente el diputado Pablo Gómez y de manera secundaria Demetrio Sodi, sobre el incumplimiento de los requisitos de residencia que establece la Constitución en el caso de AMLO. Entrevistado después de una comida y una vez rechazado su recurso de apelación ante la Comisión Nacional de Garantías y Vigilancia, Pablo Gómez dijo “hay muere en lo que hace a la situación interna del partido, peri si él –López Obrador- gana la candidatura de gobierno capitalino se vuelve una catástrofe, porque no se puede demostrar lo indemostrable. 

“Podemos interpretar la anterior declaración de dos maneras: en realidad el tabasqueño no cumplía con los cinco años de residencia y entonces la preocupación de los otros precandidatos es legítima, o, su preocupación es más bien política, es decir, al ser López Obrador una figura pública de renombre nacional tendría más oportunidades de ganar la elección interna , perjudicando de manera directa tanto a Gómez como a Sodi, ya que ellos eran quienes tenían más posibilidades de ganar la interna de no haber participado AMLO. 

“Durante el debate entre los cinco precandidatos perredistas al GDF realizado en el mes de noviembre de 1999, tanto Sodi como Gómez insistieron sobre la cuestión de la residencia del tabasqueño, afirmando que AMLO no estaba en los registros del partido en el DF.

“Finalmente, el día de la selección interna del candidato del PRD, las preferencias electorales favorecían de manera importante a López Obrador al colocarlo muy por encima de sus otros cuatro contrincantes: Demetrio Sodi, Pablo Gómez, Marco Rascón e Ifigenia Martínez. 

“Entrevistado después de haber votado, Pablo Gómez insistió sobre la ilegalidad de la candidatura del tabasqueño; sin embargo, dijo que no acudiría al Tribunal Electoral del IFE, ya que de hacerlo su registro sería “rebotado”. Por su parte tanto Marco Rascón como Demetrio Sodi insistieron sobre los mismos argumentos de Gómez en lo referente a la residencia del tabasqueño, Ifigenia Martínez no abundó sobre el tema”.

Estimados lectores, ante esa denuncia sobre la ilegalidad de López en 1999 para ser candidato, bastaría que se hubiesen basado en la dirección que tenía su credencial de elector, la cual obviamente era de Tabasco porque allá residía López. De igual manera cabe recordar que para avalar si tenía o no cinco años de residencia en la Ciudad de México, el entonces Delegado en Coyoacán, Arnoldo Martínez Verdugo, que había sido designado por Cuauhtémoc Cárdenas en su calidad de jefe de Gobierno, le extendió a López una constancia de que llevaba viviendo cinco años en la Ciudad de México. Sin embargo, siempre hay un, pero y los cargos desempeñados por López cinco años atrás habían sido en Tabasco.

Por ello surge la gran duda. Si hubiese procedido la denuncia de Pablo Gómez y Demetrio Sodi, López no hubiere sido candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de México y tal vez, no habría llegado a ser tres veces candidato a la Presidencia de la República. ¿POR QUÉ entonces hoy, a 22 años López designa a Pablo Gómez al frente de la Unidad de Inteligencia Financiera? ¿Se le olvidó ese hecho a López? ¿Ya lo perdonó? ¿O esa acción la usará para que sea totalmente incondicional a las órdenes que le dé?

PABLO GÓMEZ SIN EXPERIENCIA PARA EL CARGO

Gómez carece de experiencia para este importante cargo. Nunca ha sido funcionario, pues solamente ha vivido de ser legislador múltiples veces, explotando haber sido de los líderes del movimiento estudiantil del 68, Pablo Gómez con una gran tranquilidad, afirmó que es “una persona que ha luchado toda su vida contra la corrupción”. Pero también reconoció que “NO CONOCE con detalle el funcionamiento de la UIF; que no confía absolutamente en nada y que iba a tratar de hacer lo mejor que pueda”.

Tampoco podemos olvidar, como lo señala Darío Celis en su columna en El Financiero, el 10 de noviembre del 2021, que sus acciones y su perfil lo catalogan como una persona radical con una gran animadversión hacia el sector empresarial, sin ninguna experiencia en el servicio público y mucho menos capacidad demostrada en el ámbito hacendario y que forma parte de la fracción más radical del movimiento lopezobradorista. Desde el lunes muchos hombres de negocios mostraron las primeras señales de preocupación por lo que puede considerarse como una potencial embestida ideológica con una poderosa arma como es la UIF.

Grave muy grave y preocupante es el panorama que se avecina con este cambio en la UIF, esperando que la UIF no sea utilizada como la espada de Damocles, para quienes no estén de acuerdo con López y la 4T, aplicando aquello de “Estás conmigo o contra mí”.

Y ya como colofón, en grave problemón está Santiago Nieto. Ahora se encuentra desempleado, por segunda ocasión así sin “agua va” como en 2017 de la Fepade y ahora en el 2021, de la UIF. ¿Cómo le hará para pagar el crédito con que compró su nueva casa, que según lo informado entre él y su esposa consiguieron 24 millones de pesos? Tiempo al tiempo. 

 

Comentarios
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La semana anterior decíamos que la empatía verdadera de la que hablamos aquí, esa que habrá de ayudarnos a hacer un alto en la autodestrucción y retroceder ante el abismo inminente que como humanidad se abre ante nosotros, es un sentimiento expansivo que parte de la aceptación incondicional del propio yo y va ampliándose en esferas cada vez más extendidas y abarcadoras y no un sentimiento selectivo, enfocado sólo en aquellos que consideramos dignos de él.  No parece que, aun resultando muy útil, la mera filantropía –la manifestación institucionalizada de la simpatía explicada antes– resulte suficiente. 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Pero concederle a ese “otro” la condición de igual e involucrarme emocionalmente con él cuando me conflictúa su cercanía, cuando se trata de reconocer una victoria o un acierto en un adversario político, cuando debo sobreponerme a los residuos de homofobia que aún me rascan las entrañas para apoyar los derechos de los homosexuales cuando éstos sean invalidados, cuando a pesar de mis prejuicios apoyé la promoción de una mujer a un puesto de mayor jerarquía que el mío reconociendo su valía, ahí se manifiesta de verdad la empatía genuina.  La empatía que transforma personas y sociedades no es un tema de buenismo simplón, sino de auténtica aceptación y congruencia con lo que consideramos valioso en nostros –en especial si carecemos de ello– y los proyectamos y apreciamos en los demás.  Carl Jung acuñó el concepto de “sombra” para caracterizar aquellos aspectos que desconocemos de nosotros mismos, pero que se manifiestan en nuestros actos, en nuestras filias y fobias, casi siempre de forma inconsciente, proyectando en los demás aquello que no queremos reconocer en nosotros. La empatía es una forma poderosa de descubrir esa sombra: ¿por qué el otro me genera tanto rechazo?, ¿por qué no lo soporto, aun sabiendo que es tan humano como yo? Visto así, la empatía es mucho más un tema de nosotros para con nosotros mismos que de nosotros para con el otro. Reconocer el sufrimiento y la vulnerabilidad de alguien que desprecio y actuar para con él dentro mis parámetros de generosidad y justicia no es un mero acto de amabilidad gratuito, sino una manifestación de coraje y valentía, de aceptación y humanidad que nos coloca en un nivel muy distinto del que sólo aprecia y aprueba lo que lo conmueve de forma natural y distante, como las ballenas de las que hablaba Marina Keegan la semana anterior.  El problema más serio de renunciar al desarrollo de este tipo de empatía más profundo y genuino es que, al implicar fuertes conexiones emocionales, produce su opuesto, un odio y un desprecio que conducen a los escenarios monstruosos que nos han sido tan familiares a lo largo de la historia: el ahondamiento de la barbarie y la perversidad. Dice a este respeto Tzvetan Todorov: “Esta facultad nos motiva a ayudar aquellos que lo necesitan aun cuando no los conozcamos, a reconocer que los otros tienen la misma dignidad que nosotros aunque sean diferentes. Pero es también la facultad que nos empuja torturar al otro o a participar en un genocidio. Los otros son como nosotros, tienen los mismos puntos vulnerables que nosotros, aspiran a los mismos bienes, por lo que hay que eliminarlos de la superficie terrestre”. En situaciones de conexión emocional poderosa no existe la neutralidad. Mientras la empatia consciente, que trasmuta el odio en compasión, produce solidaridad y tolerancia entre dispares, la ausencia de ella conduce a la crueldad y al encono.  Suele pensarse que la falta de empatía deshumaniza, insensibiliza, pero en muchos casos, en los más graves, ocurre lo contrario. Como asegura Todorov en la cita anterior, esos “otros” que nos gusta traducir como “muy diferentes”, en realidad nos perturban por lo mucho que se nos parecen. Una gesta heróica requiere un adversario de alto nivel que desafíe nuestros valores, nuestras creencias, nuestra manera de entender el mundo y nuestro odio y resentimiento sólo merece la pena cuando quien lo produce nos significa algo. La empatía no es innata, ni se trata de un sentimiento que se tiene o no se tiene, sino que es una cualidad que se desarrolla gradualmente en función de nuestra conciencia y nuestro compromiso con el otro y el entorno que nos rodea. Y, conforme se desarrolla, es disparada o bloqueada por distintas circunstancias. En ciertos casos la identificación identitaria exclusiva con un grupo, un prejuicio, un modo de ser o una ideología produce terror hacia cualquiera que la ponga en duda. Quien se identifica en exclusiva con una idea o con una cosmovisión no puede permitirse que una mirada distinta desestructure el único mundo que supone aceptable.  Lo mismo ocurre con aquel cuya autoafirmación patológica le impide validar los modos de ser y de pensar distintos al propio. Tanto la pertenencia ciega y recalcitrante como el individualismo exacerbado son obstáculos para que esa empatía real se manifieste. El problema es que sin ella, nuestras esperanzas como especie se reducen drásticamente.  Es demasiado lo que nuestro desarrollo presente y futuro depende de la empatía. 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No se espante, estoy usando la hipérbole como recurso narrativo, pero el decreto es ilegal y voy explicar las razones. El pasado lunes 22 de noviembre se publicó este decreto en el Diario Oficial. El texto ordena que los proyectos y obras del gobierno federal (aeropuerto Felipe Ángeles, refinería Dos Bocas, Tren Maya y lo que el presidente añada y quiera) son declarados de “interés público” y “seguridad nacional”, “estratégicos” y “prioritarios”, y por tal motivo se “blindan” contra trabas administrativas. El presidente invoca la facultad reglamentaria que le confiere el artículo 89 constitucional en su fracción primera. ¿Qué lugar ocupa este “decreto” dentro de la jerarquía normativa nacional? Como usted sabe, el pináculo del sistema jurídico es la constitución y los tratados en materia de derechos humanos. 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Personalmente veo con beneplácito el Tren Maya, tengo dudas sobre Dos Bocas y me parece un capricho la cancelación del aeropuerto de Texcoco, que supuestamente se canceló por tremenda corrupción, pero no hay nadie en prisión por esos hechos, sino, al contrario, muchos de los contratistas que construían Texcoco, además de ser prolijamente indemnizados, ahora están participando en los mega proyectos presidenciales. Pero eso es otro tema. Lo que me interesa destacar es el desprecio al Estado de Derecho que supone este “decretazo”. El presidente Obrador es muy dado a “decretar”. He visto decretos malos y chirriantes, como aquel de 23 de abril de 2020 (en su momento lo comenté), según el cual, para salir avante en la pandemia, se iban a crear “por decreto” al menos dos millones de empleos para antes de que terminara aquel año. Todos sabemos que no se crearon esos empleos. Al contrario, se perdieron millones. Aquel “decreto” fue producto de la fantasía y muestra lo ridículo que puede llegar a ser el presidencialismo mexicano (no lo digo por Obrador, sino por todos los presidentes mexicanos que son siempre abusivos y ególatras: nacionalizan por decreto, privatizan por decreto, “crean” empleos por decreto, regulan la paridad por decreto, se dan a sí mismos honores, pensiones y seguridad por decreto… etcétera).  Yo entiendo que el presidente Obrador sienta frustración al ver cómo las trabas administrativas y los amparos ralentizan sus proyectos, y tampoco soy tan ingenuo para pensar que muchas de esas trabas y amparos son utilizados por quienes se oponen a dichos proyectos, con la intención de que fracasen y para hacer ver mal al presidente. Pero la forma de combatir este, digamos, “boicot jurídico”, no es un “decretazo” al estilo de república bananera que rompa la jerarquía normativa. Ahí está la normatividad que rige la administración pública federal, y todas esas leyes no pueden ser pasadas por alto a través de una circular o acuerdo del presidente, pues la facultad reglamentaria nunca permite al jefe del ejecutivo ir más allá de las leyes. Y no solo este “decreto” va más allá de las leyes federales, a las cuales de facto deroga, sino también se alza contra la constitución. Mire usted que por mandato constitucional toda obra, todo proyecto, toda acción, todo lo que haga el gobierno federal debe ser absolutamente público y transparente, y solo podrá ser reservada información por razones de interés público y seguridad nacional (artículo 6, A, I). Este “decretazo” es un cheque en blanco, pues faculta al presidente para decir de manera discrecional y sin rendir cuentas a nadie, cuáles de sus obras, acciones y proyectos son de interés público y seguridad nacional, no solo Felipe Ángeles, Dos Bocas y Tren Maya, sino prácticamente cualquier obra o proyecto que el presidente quiera. El “decreto” es una estaca clavada en el corazón de la transparencia, y, por tanto, un salvoconducto a la corrupción, que, según el presidente, es lo más horrible que existe en el planeta. El presidente dice con mucha frecuencia algo que sus seguidores recitan de memoria: “al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie”, pero el “decreto” mismo está al margen de la ley, y de facto ensalza a Obrador por encima de la ley. Es cuestión de tiempo para que la Suprema Corte de Justicia lo declare anticonstitucional.  Y para terminar, ¿se ha preguntado por qué México está desde siempre estancado, sumido en la violencia, la corrupción y la pobreza? Si es usted simpatizante de Obrador, en automático dirá que por culpa de los conservadores neoliberales, y si usted es de los que no soporta a Obrador dirá, también en automático, que es por culpa de él. A ese nivel está la discusión, la obcecación y la polarización. La historia de México muestra una y otra vez que siempre hay culpables del fracaso perenne: los realistas en la Independencia, los conservadores en la intervención francesa y en la Reforma, los extranjeros, terratenientes y empresarios en la Revolución; la oposición durante el régimen priísta; y ahora los malvados neo-liberales. Es muy fácil señalar culpables cuando tus políticas no funcionan. Insisto, no lo digo por el actual presidente, sino por todos.  En mi opinión, y ya escribiré sobre ello más adelante –estoy preparando un texto grande y sustancioso–, el verdadero problema de nuestro país es el régimen presidencial. 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Tengo la impresión de que la auténtica empatía duele por sí misma a quien la experimenta, y mucho más que un acto de bondad natural o altruista que nos deja con una cálida sensación satisfactoria, se trata de un decisión consciente que por su propia naturaleza, nos resulta conflictiva y hasta lacerante.  Sólo somos capaces de empatizar de verdad con aquello que nos conmueve, con lo que nos produce un escozor emocional, con aquello que está vinculado de un modo u otro con nosotros, aun cuando la conexión no sea evidente. Salvo humanos excepcionales, es muy difícil experimentar empatía de verdad con lo distante, con lo que no me toca y estoy convencido que el acto más auténtico de empatía es para con aquel que me resulta difícil aceptar plenamente.   Dice Rousseau que “la compasión y la crueldad dependen de la facultad que tiene un individuo de imaginar el efecto de su actitud sobre otro1”.  Esa conciencia de lo que nuestros actos producen en los demás es la forma más básica de la empatía y cuando hay distancia física o emocional, dicho efecto es casi inexistente. Tratar como un igual a alguien a quien ya veía como un igual desde antes, no es realmente empatía. Pero concederle a ese “otro” la condición de igual e involucrarme emocionalmente con él cuando me conflictúa su cercanía, cuando se trata de reconocer una victoria o un acierto en un adversario político, cuando debo sobreponerme a los residuos de homofobia que aún me rascan las entrañas para apoyar los derechos de los homosexuales cuando éstos sean invalidados, cuando a pesar de mis prejuicios apoyé la promoción de una mujer a un puesto de mayor jerarquía que el mío reconociendo su valía, ahí se manifiesta de verdad la empatía genuina.  La empatía que transforma personas y sociedades no es un tema de buenismo simplón, sino de auténtica aceptación y congruencia con lo que consideramos valioso en nostros –en especial si carecemos de ello– y los proyectamos y apreciamos en los demás.  Carl Jung acuñó el concepto de “sombra” para caracterizar aquellos aspectos que desconocemos de nosotros mismos, pero que se manifiestan en nuestros actos, en nuestras filias y fobias, casi siempre de forma inconsciente, proyectando en los demás aquello que no queremos reconocer en nosotros. La empatía es una forma poderosa de descubrir esa sombra: ¿por qué el otro me genera tanto rechazo?, ¿por qué no lo soporto, aun sabiendo que es tan humano como yo? Visto así, la empatía es mucho más un tema de nosotros para con nosotros mismos que de nosotros para con el otro. Reconocer el sufrimiento y la vulnerabilidad de alguien que desprecio y actuar para con él dentro mis parámetros de generosidad y justicia no es un mero acto de amabilidad gratuito, sino una manifestación de coraje y valentía, de aceptación y humanidad que nos coloca en un nivel muy distinto del que sólo aprecia y aprueba lo que lo conmueve de forma natural y distante, como las ballenas de las que hablaba Marina Keegan la semana anterior.  El problema más serio de renunciar al desarrollo de este tipo de empatía más profundo y genuino es que, al implicar fuertes conexiones emocionales, produce su opuesto, un odio y un desprecio que conducen a los escenarios monstruosos que nos han sido tan familiares a lo largo de la historia: el ahondamiento de la barbarie y la perversidad. Dice a este respeto Tzvetan Todorov: “Esta facultad nos motiva a ayudar aquellos que lo necesitan aun cuando no los conozcamos, a reconocer que los otros tienen la misma dignidad que nosotros aunque sean diferentes. Pero es también la facultad que nos empuja torturar al otro o a participar en un genocidio. Los otros son como nosotros, tienen los mismos puntos vulnerables que nosotros, aspiran a los mismos bienes, por lo que hay que eliminarlos de la superficie terrestre”. En situaciones de conexión emocional poderosa no existe la neutralidad. Mientras la empatia consciente, que trasmuta el odio en compasión, produce solidaridad y tolerancia entre dispares, la ausencia de ella conduce a la crueldad y al encono.  Suele pensarse que la falta de empatía deshumaniza, insensibiliza, pero en muchos casos, en los más graves, ocurre lo contrario. Como asegura Todorov en la cita anterior, esos “otros” que nos gusta traducir como “muy diferentes”, en realidad nos perturban por lo mucho que se nos parecen. Una gesta heróica requiere un adversario de alto nivel que desafíe nuestros valores, nuestras creencias, nuestra manera de entender el mundo y nuestro odio y resentimiento sólo merece la pena cuando quien lo produce nos significa algo. La empatía no es innata, ni se trata de un sentimiento que se tiene o no se tiene, sino que es una cualidad que se desarrolla gradualmente en función de nuestra conciencia y nuestro compromiso con el otro y el entorno que nos rodea. Y, conforme se desarrolla, es disparada o bloqueada por distintas circunstancias. En ciertos casos la identificación identitaria exclusiva con un grupo, un prejuicio, un modo de ser o una ideología produce terror hacia cualquiera que la ponga en duda. Quien se identifica en exclusiva con una idea o con una cosmovisión no puede permitirse que una mirada distinta desestructure el único mundo que supone aceptable.  Lo mismo ocurre con aquel cuya autoafirmación patológica le impide validar los modos de ser y de pensar distintos al propio. Tanto la pertenencia ciega y recalcitrante como el individualismo exacerbado son obstáculos para que esa empatía real se manifieste. El problema es que sin ella, nuestras esperanzas como especie se reducen drásticamente.  Es demasiado lo que nuestro desarrollo presente y futuro depende de la empatía. Si algo debemos aprender de la pandemia por Covid-19 –para aplicar dicho conocimiento después, en la solución al cambio climático, la desigualdad, la violencia global y un largo etcétera– es que de los grandes problemas de la humanidad, o salimos todos o no sale nadie… y sin el desarrollo consciente de la empatía, la suerte estaría echada.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Citado en: Todorov, Tzvetan, El miedo a los bárbaros, Primera Edición, España, Galaxia Gutenberg–Círculo de Lectores, 2014, Pág. 39" ["post_title"]=> string(42) "La empatía como motor evolutivo (parte 2)" ["post_excerpt"]=> string(196) "La auténtica empatía duele por sí misma a quien la experimenta. 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