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Consideraciones Éticas para el Siglo XXI

Existen dos componentes para la gestación de ideas y acciones extremas e intolerantes: la convicción de que se posee la verdad absoluta y ejercer una ética equivocada en función a esa verdad que se cree tener.  Cada...

24 de febrero, 2023 Consideraciones Éticas para el Siglo XXI

Existen dos componentes para la gestación de ideas y acciones extremas e intolerantes: la convicción de que se posee la verdad absoluta y ejercer una ética equivocada en función a esa verdad que se cree tener. 

Cada religión, en especial aquellas que han alcanzado un verdadero poder terrenal a partir de su mimetización con el Estado, han llevado a cabo esfuerzos ingentes a través de los siglos para imponer sus doctrinas y “demostrar” que encarnan la única y absoluta verdad.

En oriente aún hoy sucede así con los Estados Islámicos, y en occidente, los influjos de las ideas católicas más ortodoxas aún están profundamente arraigados en la población creyente.  

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Estas creencias terminan por manifestarse en los más brutales prejuicios que al materializarse dan lugar a actos irracionales, pero también en la discriminación cotidiana hacia la mujer, en el rechazo a las formas de sexualidad distintas y en un sin fin de manifestaciones de lo humano que son descalificadas sin más como consecuencia de prejuicios que ni siquiera se sabe que se tienen.

Esta “verdad absoluta” que pretende encarnar cada religión, cada ideología política, moral, cultural deriva en el intento –muchas de las veces no tan pacífico- por imponer esa visión como única al mundo entero, asumiendo esa imposición como un mandato divino, nacional o humano con el que se debe cumplir.

Aquí tenemos el primero de los componentes para la gestación de ideas y acciones extremas e intolerantes: el convencimiento absoluto de que se tiene razón, y que por lo tanto quien piensa distinto carece de ella y hay que combatirlo, porque la responsabilidad moral de un buen ser humano consiste en defender la “verdad” contra quién sea. En mi opinión es una máxima inatacable, defender la “verdad” es un mero acto de sentido común. El problema es cuando esa “verdad” es subjetiva e imposible de demostrar, así que ante la falta de convencimiento debe usarse la fuerza o cualquier otro medio de coerción que consiga ese objetivo tan noble. 

A éste se une un segundo componente: la acción ética. Parece un contrasentido pero no lo es. Una ética equivocada, o una interpretación equivocada de una ética correcta, es la vía más corta para la injusticia, porque deja en quién la comete una profunda y genuina satisfacción al haber actuado –desde su perspectiva– de un modo impecable y correcto. 

El primer recurso que tenemos a mano es el imperativo categórico que Kant construyó a partir de una profunda, seria y bien intencionada reflexión: obra de tal modo que puedas querer también que tu máxima se convierta en ley universal.

Desde un cierto punto de vista su lógica resulta impecable. Y lo sería sin duda si todos los miembros del planeta poseyéramos los mismos valores y abrazamos la misma ética. Pero en el mundo en que vivimos la afirmación kantiana es extraordinariamente peligrosa, porque basado en ella Andres Behring Breivik, o cualquier otro extremista, puede llevar a cabo los actos más atroces y además sentirse satisfecho por haberlos cometido.

Al tamiz del tiempo podemos encontrar en la premisa kantiana dos errores fundamentales. El primero, el de pensar que lo que es bueno para mi es bueno para todos y el segundo, la idea de que es posible determinar normas de comportamiento y de pensar que puedan catalogarse como “ley universal”.

Luego del renacimiento, la revolución científica y tecnológica dejaron durante siglos la sensación de que era posible encontrar “verdades universales” y “certezas absolutas”. Sin embargo hoy, ni siquiera en el ámbito científico puede pensarse en que se ha encontrado un conocimiento definitivo. Las fronteras inalcanzables de un universo curvo y relativo, así como los terrenos insondables del mundo subatómico donde todo parece, más que una realidad sólida y contundente, una tendencia energética variable e incomprensible aún, no deja espacio para abrazar absolutos y certezas definitivas. Presos en una “realidad” así, donde ni siquiera podemos estar seguros de que aquello que nos parece sólido al tacto, de veras lo sea, quién podría asegurar que es el dueño de la verdad. 

Para las normas de comportamiento y el enfrentamiento con la diversidad racial, cultural e ideológica, las cosas funcionan de manera similar. Se comprende que en un mundo construido geopolíticamente por un conjunto de entidades nacionales más o menos cerradas, pudiera pretenderse fijar normas morales y éticas para todos los miembros del grupo, pero un mundo que parece irreversiblemente marcado por la apertura, la comunicación global, multiculturalidad y la mezcla de razas y religiones, esto resulta inoperante. Por si esto fuera poco, en la actualidad comenzamos a padecer las consecuencias de un nuevo problema que en aquellos ayeres de entidades cerradas no existía: el efecto destructivo que el hombre ejerce sobre su entorno.

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De este, en relación con lo ya expresado, lo abordaremos la semana próxima. 

 

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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