A un mes del regreso a clases presenciales

El ciclo escolar 2021-2022 inicia con gran incertidumbre por la pandemia. En esta coyuntura, Israel Aparicio hace un balance costo-beneficio del regreso a las aulas escolares.

7 de octubre, 2021 A un mes del regreso a clases presenciales

Se cumplió un poco más de un mes del regreso a clases presenciales en el país luego del inicio de la pandemia. La decisión de regresar a las aulas fue polémica, llena de incertidumbre y con un pronóstico reservado ante la imposibilidad de conocer la evolución mundial de los contagios y sus nuevas variantes. México fue el país en el que los alumnos estuvieron confinados por más tiempo, lo que provocó un riesgo real de un rezago educacional de toda una generación.

El pasado 30 de agosto las escuelas públicas de educación básica y media regresaron a los planteles que permanecieron cerrados por más de un año. Con el miedo natural ante lo catastrófico que ha sido los enormes niveles de contagio por Covid-19, miles de estudiantes retornaron de forma voluntaria a los planteles educativos, en muchos casos en un sistema híbrido.

En un ambiente de incertidumbre ante la tercera ola de contagios con la contagiosa variante Delta como predominante, la difícil decisión del regreso a clases privilegió la salud mental de los alumnos. Cifras alarmantes del INEGI, reportaron el aumento en 37 por ciento en los suicidios infantiles ocurridos durante el confinamiento de 2020, con mil 150 casos fatales de niños. Las difíciles condiciones de la pandemia elevó el suicidio infantil como la tercera causa de muerte en este grupo de edad. Esto se debió a los altos niveles de depresión y el miedo natural a enfrentar un contagio familiar con un final incierto.

Si bien hasta el momento, son relativamente pocos los casos de contagios y de cierre de escuelas, el escenario educativo es angustiante ante la proximidad del invierno donde se espera que la pandemia  se agrave o se estabilice para irse controlando. Reportes preliminares indican que la matrícula escolar disminuyó con respecto al año previo a la pandemia. 

Si bien las medidas sanitarias en los salones, llevadas a cabo lo mejor posible, requieren de la presencia de pocos alumnos por salón; también es cierto que la crisis económica de las familias afectadas por la pandemia aumentó la deserción escolar. Muchos estudiantes se vieron en la necesidad de incorporarse al mercado laboral informal para apoyar económicamente a sus familias.

Apoyados con las secretarías de salud estatales, los protocolos de salud indican que de darse un contagio se debe informar a las autoridades sanitarias para buscar controlar dicho brote. Se intenta ser rígido en no permitir el ingreso a los alumnos con notorias enfermedades respiratorias, pero siempre existen padres pocos solidarios y desconsiderados con la comunidad estudiantil. 

Se intenta que autoridades, sindicados y los padres de familia estén involucrados para llevar a buen puerto la difícil decisión del regreso a clases presenciales. Siguiendo los casos exitosos de países del mundo, se sabe que el tener áreas ventiladas, aun en el frio invierno, ayuda a disminuir el riesgo de respirar un ambiente contaminado propicio para contagiarse. Mantenerse abrigado en clase, con las ventanas y puertas abiertas, e incluso el uso de micrófonos y bocinas desinfectadas para una mejor acústica, han sido medidas benéficas en países europeos que lidiaron con la pandemia en los tiempos que las vacunas aún estaban en experimentación.

En México los alumnos en etapa preescolar y los de educación primaria por momentos olvidan los protocolos de seguridad al comer sus alimentos, pero contrasta que están poco tiempo en las aulas y acuden en días específicos, eso sumado a la disminución de la plantilla escolar, ha permitido que hasta este mes, los contagios puedan ser aislados. Aunque se sabe de lugares donde los contagios han sido comunitarios y han requerido del cierre de planteles y la implementación de protocolos para el seguimiento de infectados. 

Con indicies de vacunación aún insuficientes, sin posibilidad de inocular infantes, la población mexicana no tiene aún un esquema completo que le proteja de una infección o reinfecciones. Si bien es cierto que la variante Delta provocó una acelerada inmunidad de rebaño, al contagiar a amplios sectores de población, la letalidad fue preocupantemente alta. Como se sabe, la inmunidad natural producto del contagio es insuficiente para evitar una nueva reinfección, por ello se requiere de la aplicación de un biológico que refuerce los anticuerpos existentes y se logre la denominada inmunidad mixta.

En medio de una crisis mundial económica a largo plazo, todo crecimiento económico está atado a la capacidad de los distintos gobiernos de vacunar a sus ciudadanos para reducir al mínimo posible los contagios, así como dar respiro a sus sistemas de salud, que están colapsados y sus trabajadores sanitarios exhaustos. 

El espíritu mercantilista de las farmacéuticas en la venta y distribución de las vacunas ha incrementado la desigualdad gigantesca entre los países desarrollados y los países pobres, siendo ésta la principal razón del surgimiento de cepas más fuertes y contagiosas. La falta de empatía y de criterios sanitarios provocaron el acaparamiento del biológico en países que pueden inocular varias veces a la totalidad de sus poblaciones, en detrimento de la lógica distribución mundial, con la finalidad de evitar nuevas olas de contagio que afectan directamente a toda la población del mundo.

En una lógica inverosímil y trágica, ciudadanos con acceso privilegiado a las diferentes tipos de vacunas, optaron por no aplicarse el biológico debido a razones políticas o por una incompresible moda antivacunas que ya derivó en consecuencias mortales que pudieron evitarse. Es demencial cómo en Estados Unidos miles de contagios y muertes se seguían produciendo cuando el acceso a las vacunas era posible hasta en los centros comerciales, aeropuertos, en promociones de establecimientos comerciales de productos diversos que iban desde la mariguana lúdica hasta la compra de armas de fuego.

El regreso a clases era necesario en medio de la catástrofe sanitaria y económica, desafortunadamente no existe certidumbre en cómo se dará el transcurso del ciclo escolar, los altos niveles de contagio hacen que cada aspecto de la actividad cotidiana, se convierta en un riesgo potencial para todas las familias, incluida la asistencia a la escuela para estudiar.

 

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Lo cierto es que, debido a la individualidad subjetiva de cada uno en interacción continua con la realidad material, nadie experimenta la misma combinación y en la misma proporción de cada uno de los contextos que habita. Y por eso entre individuos que habitan el mismo contexto pueden existir diferencias monumentales, como las ideológicas y políticas, que pueden llevar incluso a guerras civiles, donde luchan individuos que comparten infinidad de contextos, pero que los interpretan y experimentan de formas radicalmente distintas. Sin un desarrollo apropiado y funcional de la empatía estas diferencias tienden a polarizarse cada vez más.  Pero no solo los contextos influyen en nosotros, sino que también nosotros influimos en ellos, por eso no estamos condenados a que “las cosas sean como son” sin que podamos transformarlas. Es verdad que las estructuras y contextos materiales son tremendamente sólidos, pero no son inamovibles. 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El que en menos de un año hayamos sido capaces de desarrollar una batería de vacunas aceptablemente eficaces y haya sido posible la fabricación, distribución y aplicación masiva y global –con todo y los errores, limitaciones, inequidades y vicios en el proceso– no tiene precedentes en la historia humana. Nuevamente se trata de un fenómeno que sólo fue posible a través del acuerdo y la cooperación entre laboratorios y gobiernos antagónicos. Esta es una muestra de que la empatía consciente es posible, de que, cuando lo que nos une es una meta en común lo suficientemente fuerte y deseable para todas las partes, somos capaces de poner de lado –así sea temporalmente– las diferencias que nos han separado durante siglos.  La voluntad no lo es todo, pero es un potente combustible cuando se une con un propósito común que se encara con transparencia, equidad y perseverancia. 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Pertenecemos a una familia, vivimos en una zona geográfica específica, formamos parte de un estrato socioeconómico, vamos a ciertas escuelas, nos relacionamos con cierto tipo de personas y un largo etcétera.   Cada uno de esos contextos, tanto los más generales como los más íntimos, aparecieron en nuestra vida sin pedirlos, desde el propio nacimiento y resultan tan estructurales de nuestra personalidad y nos particularizan y configuran de tal modo nuestra experiencia de vida que, a menos que hagamos un esfuerzo por observarlos y entenderlos, nos resultan invisibles. Lo paradójico es que, mientras los contextos a los que pertenecemos estructuran y moldean nuestra vida de un modo en apariencia más o menos determinista, al mismo tiempo cada uno, desde una individualidad única, los interpretamos de una forma tan particular y los traducimos en comportamientos tan personales, que ni siquiera dos hermanos gemelos, aun compartiendo contextos de nacimiento e información genética, experimentan la existencia –y son experimentados por sus pares– de forma idéntica, obteniendo, a lo largo de su devenir en la vida resultados distintos.  Mientras que ideologías como el marxismo le dan un enorme peso a la realidad material para determinar el curso de la historia, otras, como el existencialismo, le atribuyen un enorme peso al libre albedrío individual; la paradoja señalada en el párrafo anterior deja entrever una especie de tensión dinámica entre la realidad material y la subjetividad individual para determinar la forma en que habrá de interactuar con el mundo y las expectativas que tendrá de su existencia. Lo cierto es que, debido a la individualidad subjetiva de cada uno en interacción continua con la realidad material, nadie experimenta la misma combinación y en la misma proporción de cada uno de los contextos que habita. Y por eso entre individuos que habitan el mismo contexto pueden existir diferencias monumentales, como las ideológicas y políticas, que pueden llevar incluso a guerras civiles, donde luchan individuos que comparten infinidad de contextos, pero que los interpretan y experimentan de formas radicalmente distintas. Sin un desarrollo apropiado y funcional de la empatía estas diferencias tienden a polarizarse cada vez más.  Pero no solo los contextos influyen en nosotros, sino que también nosotros influimos en ellos, por eso no estamos condenados a que “las cosas sean como son” sin que podamos transformarlas. Es verdad que las estructuras y contextos materiales son tremendamente sólidos, pero no son inamovibles. Si conseguimos entender esta dinámica de interacción y cambio en los sistemas, tanto materiales como subjetivos podremos acelerar y reconducir las tendencias reconfigurando valores e ideologías, promoviendo la aceptación, la comunicación asertiva, la cooperación y el consenso. Pensemos en un ejemplo: si las corrientes dominantes de la política de un país están de acuerdo que la democracia es el valor superior del sistema político nacional, entonces, tanto derechas como izquierdas, tanto neoliberales como socialdemócratas tendrían, si estuvieran dispuestos a negociar y ceder parte de sus agendas, una meta común. Y este escenario no es una mera ingenuidad, pues existe una entidad como la Unión Europea que, con todas sus limitaciones y desacuerdos, ha conseguido construir un espacio común e integrado entre participantes muy diversos, muchos de ellos históricamente en conflicto entre sí (apenas en 1940 las tropas alemanas invadieron Francia).   Es por ello que dejar parcialmente de lado las diferencias y centrarse en lo que nos une, en lo que tenemos en común, en las metas compartidas será siempre el modo más eficaz de conseguir una transformación constructiva y una colaboración eficaz. Los tiempos de revoluciones armadas y de pretender demoler el mundo existente para construir uno nuevo han quedado atrás, en especial por su inoperancia.  Un poderoso ejemplo de que esta vía funciona lo vivimos durante los primeros meses de la pandemia por covid-19. El que en menos de un año hayamos sido capaces de desarrollar una batería de vacunas aceptablemente eficaces y haya sido posible la fabricación, distribución y aplicación masiva y global –con todo y los errores, limitaciones, inequidades y vicios en el proceso– no tiene precedentes en la historia humana. Nuevamente se trata de un fenómeno que sólo fue posible a través del acuerdo y la cooperación entre laboratorios y gobiernos antagónicos. Esta es una muestra de que la empatía consciente es posible, de que, cuando lo que nos une es una meta en común lo suficientemente fuerte y deseable para todas las partes, somos capaces de poner de lado –así sea temporalmente– las diferencias que nos han separado durante siglos.  La voluntad no lo es todo, pero es un potente combustible cuando se une con un propósito común que se encara con transparencia, equidad y perseverancia. Sin embargo, para manifestar las condiciones que hagan posible este escenario de cooperación futuro se requiere inevitablemente de replantearnos nuevas jerarquías de valor que podamos aceptar colectivamente y sobre las que podamos pactar. El movimiento posmoderno se centró en demoler –aunque solo fuera en el discurso– toda jerarquía de valor: ninguna idea es más valiosa que otra ni ninguna cultura está por encima de las demás. En aras de un multiculturalismo bien intencionado, se buscó, al mismo tiempo que erradicar todas las metanarrativas, imponer la igualdad como valor supremo y universal (idea que es, en sí misma, una metanarrativa).  Si bien la intención era loable, el resultado ha sido catastrófico: la aceptación acrítica de que toda idea, toda costumbre y manera de entender el mundo es igualmente válida nos ha puesto en un callejón sin salida. Desde esta comprensión anarquía, democracia y tiranía son equivalentes y desde este marco teórico no hay forma de determinar cuál es ética y moralmente superior. Y en su grado máximo de delirio, propicia que el individuo construya su realidad de tal modo que solo acepta como verdadero aquello que comulga con su ideología, con sus prejuicios.  Esa igualdad irreflexiva y forzada, que se planteó en un principio como mecanismo para alcanzar la aceptación mutua, ha conducido a su opuesto: la descalificación automática y la invalidación de todo aquello que no sea mi igual. Por supuesto, desde este lugar donde la verdad del individuo está disociada del resto de los humanos no hay empatía ni cooperación posible.  Esta universalización de un nihilismo que se escuda en la supuesta defensa de la libertad y los derechos súbitamente adquiridos, se mueve en sentido contrario a la colaboración, el consenso, la participación y la empatía. Es tiempo de detenernos a mirar al otro, a escucharlo, a esforzarnos genuinamente por entenderlo, pero escuchar y validar las opiniones del otro no implica igualarlas en valor. Empatizar no significa aceptarlo todo acríticamente. Es tiempo de defender con lealtad y respeto los argumentos fundados para que priven sobre los prejuicios. Son tiempos difíciles, donde no siempre es sencillo separar la paja del trigo y en esa búsqueda de lo valioso y lo verdadero, pero ante el apremio por alcanzar acuerdos y cooperar para la supervivencia común, la genuina empatía es quizá el más valioso de los recursos a nuestro alcance.       Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(55) "La empatía como catalizadora de la auténtica igualdad" ["post_excerpt"]=> string(104) "Sin una empatía consciente y eficaz, el entendimiento entre humanos está condenado a la imposibilidad." 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