Narcos: México 2: El nacimiento del narcoestado

Cuando Netflix presentó Narcos fue precisamente el momento en que las llamadas “narcoseries” estaban en el pináculo de su popularidad. La apuesta de la productora...

21 de febrero, 2020

Cuando Netflix presentó Narcos fue precisamente el momento en que las llamadas “narcoseries” estaban en el pináculo de su popularidad. La apuesta de la productora era bastante arriesgada, ya que más que buscar un producto parecido a El patrón del mal, El cartel de los sapos, La reina del sur – que es una vergonzosa adaptación de la obra más difundida del racistoide Pérez Reverte – y demás cochinadas que son difundidas en la misma plataforma, iban por algo más cercano a Los intocables, la mítica serie de los sesenta, en la que era retratada con crudeza pero con un maniqueísmo necesario (los malos eran desalmados y los policías demasiado honestos) la era de la prohibición de alcohol durante los años 30. Después del tour de force que significaron las tres primeras temporadas, ubicadas en Colombia, abruptamente decidieron rebautizarla y volverla un spinoff que sorprendentemente, resulta superior a la predecesora.

Narcos: Mexico narra la llegada de la cocaína al país, todo gracias a la intervención de Miguel Ángel Félix Gallardo y cómo se le dificultaron las cosas gracias al arribo del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena. En la segunda temporada debe enfrentarse al desmoronamiento de su organización debido a las diferencias y rivalidades entre sus miembros, así como al hecho de que la DEA está organizando una venganza contra ellos por haber participado en el asesinato de Camarena.

Técnicamente es impecable. La ambientación de época está cuidada hasta el último detalle, así como el maquillaje y el vestuario. La fotografía y la edición hacen que cada capítulo parezca una pequeña película bastante cuidada. A diferencia de las temporadas colombianas, el reparto está conformado en su mayoría por histriones nacionales. Diego Luna, en el papel de Arellano Félix, se luce como pocas veces lo ha hecho, al grado que por momentos llega a ser tan desagradable que da miedo. José María Yazpik aunque realiza un Amado Carrillo bastante carismático, que evidentemente será el protagonista de una probable tercera temporada, aunque en realidad no aporta nada a su oficio y de pronto parece que es su personaje en Polvo (2019), su ópera prima como director. La gran sorpresa la da Mariana Treviño, quien en tan sólo un par de apariciones opaca a los sobrevalorados Jesús Ochoa y Joaquín Cosío, que parece que desde su primer papel en cine han interpretado al mismo personaje.

La dirección de parte de la obra corre a cargo de Amat Escalante, uno de los mejores y más sobrios realizadores mexicanos, que por cierto no es nada lejano al tema. Helli (2013) podría verse como la visión de los que están atrás de los que retrata en esta serie, los que debemos sobrevivir alrededor del narco y sufrir sus injusticias. Es quizá debido a su muy particular forma de ver las cosas que la producción de Netflix alcanza tintes de epopeya. A diferencia de las hechas en Colombia y de la anterior temporada, en esta ocasión el trabajo está más centrado en su parte didáctica que en la violencia. El sexo, los desnudos y la virulencia cuasi gore que definía a sus antecesoras, se esfuma casi por completo y cuando llega a aparecer, es o tan gráfica que impresiona o tan velada que estremece. Los guiones están enfocados en ponerle nombre y apellido a los culpables de que hoy en día sea casi intolerable vivir en el país y sí, aparece “el innombrable”, el “maldito pelón que vendió al país sin ninguna misericordia” y permitió que el narco tomara el control. La imagen de Salinas de Gortari aparece sin su nombre, pero sí con sus pecados. Se muestran eventos tan sonados como la venta y desmantelamiento de prácticamente todas las paraestatales, el enriquecimiento de su familia y de las de muchos empresarios que lo apoyaron. Como dato, se menciona que cuando entró a la presidencia había un solo millonario en la lista de los más ricos del mundo y que al final de su sexenio había 16. Se habla del sistema caído el día de las elecciones y, vamos, hasta del supuesto asesinato de su niñera cuando era niño. Obviamente todo esto no es gratuito y se pone de manifiesto que los narcos, empezando por Félix Gallardo, lo apoyaron para encumbrase.

Algunos críticos han comparado a esta segunda entrega de Narcos: México con El padrino II (1973, Francis Ford Coppola), por aquello del relevo del poder y la descomposición de un hombre debido a la fidelidad a la familia y al negocio; sin embargo, quizá es un poco exagerado. Y no porque desmerezca ante aquella la producción de Netflix, sino porque a diferencia de la épica de Coppola, la serie no presenta la degradación de Gallardo, ya que como ocurrió con Pablo Escobar en las entregas previas, el personaje representado por el “Charolastra” ya está corrompido desde el inicio. Narcos: México no intenta ser una glorificación del crimen organizado que azota nuestro país, sino que intenta demostrar que es un mal que debe combatirse y, además, pretende que entendamos, con manzanas y palitos, que todo se debe a la ambición y a la falta de empatía imperante en el ser humano, pero principalmente en los que nos gobiernan y los empresarios, y al hambre de grandeza que nos inculcan desde pequeños. El monólogo final de Félix Gallardo es claro y terrorífico, y nos da a entender que precisamente fue por el ansia de poder y de riqueza, tanto de los poderosos de la nación como los del país vecino, que todo se fue al carajo.

Una serie que hace reflexionar, oscura y dolorosa. No se la pierda.




Tráiler: https://youtu.be/C0tPy86Zous

 

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