MÉXICO ES UN PAÍS DE C*****S

Después que comenzó la pandemia de COVID-19 y en vista del inminente cierre de las salas de cine, entré en un bloqueo literario, no por...

17 de abril, 2020

Después que comenzó la pandemia de COVID-19 y en vista del inminente cierre de las salas de cine, entré en un bloqueo literario, no  por falta de ideas sobre qué escribir, sino por la falta de ganas de hablar sobre productos menores que están esparcidos en Netflix, Cinépolis Click y demás servicios. El aislamiento y la escaza calidad de la oferta ha hecho que algunos colegas se dediquen a reseñar lo que vieron hace años (por lo general, cintas clásicas norteamericanas, pero no muy antiguas), recomendar lo bueno que ya pasó en cartelera pero que está disponible para rentar, así como lo poco que vale la pena del material exclusivo de ciertas compañías stream. La posible muerte de la sala oscura (que ojalá la boca se me haga chicharrón) me llevó a reformularme si vale la pena seguir haciendo textos sobre cine y si en verdad lo que me mueve es el amor a la narrativa cinematográfica o al fenómeno de sentarme en una sala oscura a ver lo que se proyecta en su pared frontal.

Así que a diferencia de los críticos, decidí dejar la vida de sueños que se convierte en imágenes en la pantalla de plata y enfocarme en las películas que ocurren en las calles o, en este caso, en las casas durante la cuarentena. Y mientras me planteo del todo si seguiré difundiendo la calidad cinematográfica y de series, un evento inesperado me hizo darme cuenta de que lo que me sobra es necesidad de escribir, aunque no sea de filmes y fantasías.

Tengo un conocido de origen alemán que desde los años sesenta vive en el país. Él nunca se había expresado mal de México, por el contrario, desde que lo conozco siempre nos ha descrito como “su casa”. A pesar de que constantemente viaja a su tierra madre, se queda aquí porque es en donde está su vida. Y sin embargo, en estos días se ha sentido enfadado por todo lo que ocurre, porque como a todos, la crisis del coronavirus nos está partiendo la madre. Ayer, platicando con él (con la respectiva sana distancia, aclaro), me dijo algo que él mismo reconoció que en sus casi noventa años nunca había pensado: “México es un país de culeros”.

Sus palabras rezumbaron en mi cabeza y todavía lo hacen. Fue el mismo día en que Eugenio Derbez se volvió tendencia por denunciar en un video las carencias del IMSS de Baja California, que leí sobre una doctora que al entrar a su clínica fue bañada con agua con cloro por dos adolescentes, y que supe que Sergio Aguayo se ofendió porque leyó los polémicos lineamientos – que, por cierto, recomienda la OMS – sobre cómo deberán priorizarse los recursos de salud en caso de una emergencia, mismos que hasta ahorita no han sido aprobados. Y sí, entre otras noticias y cosas que leí, me percaté que quizá mi amigo alemán no está del todo equivocado.

México es definitivamente un país lleno de culeros y desgraciadamente, el caos de la pandemia y el confinamiento han servido para sacar a la luz lo peor de nosotros.

Empezando con los que están hasta arriba de la pirámide. Nuestros gobernantes y exgobernantes, comportándose irresponsablemente (como culeros). El presidente en la necia, pensando primero que no pasa nada y ahora preocupado porque lo está rebasando la enfermedad y la realidad económica. No ha tomado las medidas que se esperarían en una situación como la que vivimos (y no hablo del apoyo a los grandes empresarios, que finalmente no debe ser su prioridad) y ha permitido que muchos gobernadores y políticos actúen como se les pega la gana. Parece que sus actos están pensados más para justificar su necedad que por una estrategia social. Y qué decir de Felipe Calderón, quien parece olvidar que él ya estuvo en la silla y no lo hizo para nada bien. El “ironías” (porque cuando fue presidente prefería el Bacardí), dejó al país con una deuda impagable, con un tapete de muertos que podría llegar hasta la Patagonia y con un deshonroso primer lugar de embarazos no deseados, obesidad y diabetes. Él pasó por una crisis similar en 2009 cuando apareció el H1N1. Critica la lenta actuación que supuestamente ha tenido la 4T ante el avance de la enfermedad y se le olvida que él anunció la existencia del brote de influenza cuando ya había muchos contagiados. Reprocha el no eximir a los empresarios de los impuestos cuando él hizo exactamente lo mismo y no solo eso, sino que inventó otros nuevos para tratar de cubrir los gastos de la pandemia, aunque dicen los que saben que lo gastó en depurar su imagen, el muy culero. Otra cosa que critica es que algunos opinólogos y analistas financieros prevén que el país entrará en la peor crisis de su historia y cuando él estuvo al frente la caída económica fue mayor al -6 que pronostican para AMLO. Y qué decir de los políticos, gobernadores y funcionarios, que inventan y difunden noticas falsas, que mienten, roban y demás culeradas (chequen al “Cuau” haciéndose menso mientras Morelos se hunde en la violencia o Samuel García inventando noticias falsas sobre el coronavirus).




Y si creemos que esta clase de personas no nos representan, ahora veamos a los que dicen que lo hacen. Los medios de comunicación que de por sí en su gran mayoría estaban molestos porque al decrecer el presupuesto de imagen de la presidencia dejaron de percibir hasta el 50% o más de sus ingresos, aprovechando la coyuntura que se vive están haciendo su agosto inventando notas falsas o modificándolas a su conveniencia, a favor o en contra de la 4T. Hace unos días, Raymundo Rivapalacio, quien hace años fue despedido de Milenio por un berrinche e inventó que fue por presiones de Martha Sahagún, difundió la supuesta primera muerte por COVID-19, misma que replicó Joaquín López-Dóriga. Desmentido poco después, un par de días más tarde publicó sobre una supuesta reunión de “funcionarios de alto nivel” de México y Estados Unidos, en el que los mexicanos rechazaron ayuda porque el virus no era para preocuparse. El asunto derivó en que el mismo Embajador de EEUU lo desmintió y no solo eso, lo remató al exigirle que “… no se le ocurre (sic) reportar que yo también fallecí del coronavirus”. Hace poco, en la conferencia diaria que da Hugo López-Gatell (que se desdice todo el tiempo sobre si usar o no el tapabocas) para reportar los avances de la lucha contra la pandemia, un periodista le formuló la pregunta más culera que se le ocurrió: “Sr. Subsecretario, dice usted que habrá más muertos por el coronavirus, si nos puede decir más o menos cuántos millones, para no alarmar a la población”. Y la lista de los que están haciendo mal su trabajo es interminable: López-Dóriga, Vicente Serrano, Enrique Krause, Hernán Gómez, Loret de Mola, Ciro Gómez Leyva, la “rata política” etc., algunos a favor otros en contra, e incluso, medios como Polemón, Sin censura, El Universal, Reforma, se dedican más a difamar o hacer loas a López Obrador, que a reportar la verdad que en teoría es lo que debe hacer el periodismo. Se trata más de desestabilizar, de confundir y sobre todo, de ganar dinero.

“El mundo se consume en dinero, el dinero, el dinero, el dinero es dinero, aprende algo dinero”, dijo ese sabio de Youtube, Mc Dinero, que tuvo una fama más efímera que la duración de su frase. Sin embargo, parece que esa es la verdad absoluta de lo que está ocurriendo. Los empresarios están divididos entre los culeros que despiden a sus empleados durante la contingencia, los culeros que no quieren mandarlos a descansar porque no es tan grave la enfermedad, los culeros que se “hincan ante el presidente” para “salvar al país” y los culeros que se encabronan porque “El Peje no quiere endrogar al país para salvar sus empresas”. Dizque se organizan para no pagar impuestos porque el gobierno no los ayuda y no tienen como pagar, mientras muchos de ellos no apoyan a sus empleados, incluso, algunos dijeron que no quieren pagar ni el IMSS, y prefieren financiar campañas de odio contra el sistema que cumplir con sus responsabilidades. Y lo más grave es que terminan afectando también a los que sí pagan impuestos, se preocupan por sus empleados y los mandaron a hacer homeoffice o a encerrarse a sus casas con sus sueldos íntegros (aunque sea lo que registraron ante el Seguro Social, en algunos casos), porque el presidente no distingue, para él solo hay buenos y malos y por desgracia, cualquiera que tenga algo de dinero es de los malos y el pueblo, los pobres, son los buenos. Y yo que vivo en un barrio muy jodido, sé que esto no es así.

La gente de “a pie”, los que para el gobierno actual son “el pueblo bueno” y los “fifís”, tampoco cantan mal las rancheras. Una imagen que no se me va a quitar nunca de la cabeza y que para mí representa lo que está ocurriendo hoy, es una foto difundida por la cuenta de @LosWhitexicans. En ella, un culero, de viaje por China, se fotografía rodeado de niños oriundos. El pie de foto dice “Contrayendo coronavirus”. Esa es la forma en que serán recordados todos los mexicanos cuando se hable de la pandemia. Muchos, a sabiendas de que existían casos ya registrados en China, Japón, España, Italia y EEUU, solo porque ya habían pagado sus boletos, porque bajaron de precio o nomás por culeros, decidieron viajar. Y regresaron con la enfermedad en sus cuerpos. El siguiente escalón, los que quizá no tenían para viajar o sí, pero no lo hicieron, sabiendo que ya había casos en el país y que estábamos en la víspera de una cuarentena, fueron a congregarse en el Vive Latino, el EDC y en el clásico capitalino. Después, cuando fueron aumentando los contagios y les apareció el miedo a estar infectados, se dieron al autoenclaustramiento, antes siquiera que diera inicio la fase 1 de la epidemia. Y hoy, encerrados, desesperados y aburridos, se la pasan mentándole la madre a cualquiera que por trabajo, necesidad o por culeros, no quieren respetar la cuarentena, como si quisieran limpiarse de la parte de culpa que deben sentir por haber actuado como idiotas – y más si se piensa que el que llegara el virus al país era inevitable porque muchos viajaron por necesidad y se contagiaron–. Se  han vuelto “influencers” momentáneos, han ayudado a que haya escasez de Lysol, Clorox, Sanytol , cubrebocas N95, guantes de neopreno y que se vuelvan millonarios los culeros que comercian con la reventa de esos productos a precio de oro en Mercado Libre; son expertos en Tick Tock y ven desde los balcones de sus depas la escasa libertad que anhelan, mientras lloran porque suspendieron el concierto de Foals, qué culero.

Los que siguen, los pobres de los barrios, los “nacos” (algunos con dinero y otros de a tiro bien jodidos) y uno que otro imbécil de clase alta, creen que la enfermedad no existe o que no es tan grave, y se dedican a andar como chivas “desmecatadas” en el monte. Se van de vacaciones y se indignan porque las autoridades locales no los dejan entrar a las playas, alegando de su derecho a “libre tránsito”, sin saber ni siquiera qué diablos es eso y en qué momento se termina. Otros, se la pasan en la calle emputados porque ya no hay “chelas”, abrazando a quien se encuentran, sacando a sus hijos a pasear aunque sea al mercado porque ahí si dejan que la gente se amontone. De pronto, la vecina de mi hermana, que vive en un barrio pobre como es “San Juanico”, en Tlalnepantla, es positiva de COVID-19 y nunca tuvo contacto con ningún extranjero, vamos, ni siquiera le gusta la comida china. Empiezan los contagios entre los de abajo (que irónicamente, viven en el cerro), pronto llegarán a los pueblitos y a los lugares que se encuentran en la espalda de Dios, a los que quizá ni siquiera saben que existe el padecimiento.

Y entonces, “el pueblo bueno”, además de organizarse para saquear tiendas de conveniencia y negocios al por mayor, busca responsables. Ahora, el gobierno es el culpable porque el sector salud se está sobresaturando, porque muchos que pudieron no se confinaron ni siquiera parcialmente, y nunca respetaron la “sana distancia”. La culpa, en su cabeza, es de los doctores, de las enfermeras, que salen de los hospitales llenos de virus, y contagian a todos en el metro, los camiones o el microbús, nunca es de ellos por comportarse como culeros. Los taxis, los “Ubers” y los “Didis” (culeros que no usan tapabocas, ni tienen las protecciones que prometieron), no los quieren subir porque los pueden infectar. Y el “pueblo bueno”, decide echarles cubetadas de agua con cloro o patearlos, por irresponsables, “¡pinches doctores, culeros!”. El narco, siempre fiel, les da despensas y se dedican a robar insumos de los hospitales, que por cierto, no tienen mucho porque aunque dicen los funcionarios que les están surtiendo, siguen todos los días apareciendo reportes de que no tienen ni curitas.

¿Y quién les dio las brillantes ideas de matar, lesionar y humillar a los trabajadores de salud? Los mismos que los invitaron a no estar en casa porque el virus es un mito y si existe, no les va a hacer ni cosquillas porque es un invento del Banco Mundial para controlar a los países por medio del endeudamiento o porque los fuertes pueden enfrentarse a él sin que les haga nada, los débiles son los que sucumbirán, por culeros. Sí, las queridas redes sociales.

México es hoy en día, según lo reporta la UNAM, el segundo lugar mundial en difundir noticias falsas, despuesito que Turquía. Todos los días llegan idioteces por Whatsapp; hoy mismo, bloqué a mi prima porque me tiene hasta la madre la muy culera por enviarme todos los días que debo entrar a un enlace para que el gobierno me dé $8000.00 pesos al mes como apoyo por la crisis actual. Otros, difunden los tratamientos milagrosos a base de ajo, cebolla, limón, alcohol o cloro, que ya hay muertos apilados y demás. Facebook, Youtube y Twitter se han vuelto campos de batalla, en el que todo mundo sube culeradas, algunas muy elaboradas, que buscan no sé si desestabilizar o qué demonios. Incluso, sitios como Excelsior, han caído en las fake news, al difundir que la CFE subió las tarifas de la luz, aprovechando la pandemia o Denise Dresser, que se volvió tendencia por compartir la historia de un supuesto médico del Hospital La Raza, que murió de coronavirus, pero en realidad era un actor porno. Llega un momento en que uno ya no sabe si tomar en serio o no lo que se lee y por supuesto, las noticias verdaderas son sepultadas en un arenal de falsedades irresponsables.

Y es que las redes han vuelto famosos a cientos de culeros imprudentes, como Chumel Torres, Callo de Hacha, Vampipe, Tumbaburross y demás. Hace unos días apareció en el panorama un culero de exportación, un “youtuber” venezolano que se hace llamar Soy David Show. Siendo positivo de COVID compartió un video en el que sale a la calle a comprar pizzas congeladas a una tienda de conveniencia. En el paseíto, el estúpido quizá contagió a muchas personas, pero consiguió sus inmerecidos cinco minutos de fama. Su cuenta pasó de tener 40 000 reproducciones a la barbaridad de ¡437 000! Eso en términos financieros significa un montón de dinero por la monetización. Y por supuesto, mucha notoriedad. Y mientras en Argentina meten a un idiota a la cárcel por difundir falacias sobre el coronavirus, en México, las autoridades nada más se la pasan haciendo coraje y tratando de desmentir las culeradas de tipejos de esta calaña.

Así las cosas el día de hoy. Mientras muchos se preocupan por la salud de sus hijos, de sus abuelos, de sus vecinos, el grueso de la población ha demostrado que lo que más le falta al país es de lo que nos jactábamos después del terremoto del 85: Solidaridad. Presumimos de nuestra hospitalidad (con los turistas, claro, porque nos dejan dinero), nuestra alegría, nuestro espíritu de cooperación y nos salimos a nuestros balcones de Santa Fe a cantar Cielito lindo, porque somos “bien mexicanos”. Mientras, cerramos los ojos a las muertes por violencia intrafamiliar, a los feminicidios, a la violencia generada por el narco (que son los más culeros del país) y nos preocupamos por la mala imagen que deja el Presidente ante el mundo, cuando nosotros somos iguales o peores.

Lo más triste es que nos dejamos influir por los culeros que controlan los medios, por los que nos gobiernan, por los que perdieron el poder y los que de una u otra forma se benefician de nuestro descontrol. Es muy doloroso, pero por ofensivo que suene, las palabras del anciano alemán me dejaron ver que la verdadera epidemia que vivimos es precisamente de algo que ninguna vacuna nos puede salvar; esa enfermedad mortal llamada culerismo. 

 

Para mi conocido alemán.

 

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