El proyecto Florida, la parte de atrás de Disneylandia

El proyecto Florida, la nueva película de Sean Baker, director de Tangerine, es un duro análisis a la América que Trump no quiere que veamos.

20 de abril, 2018

El proyecto Florida, la nueva película de Sean Baker, director de Tangerine, es un duro análisis a la América que Trump no quiere que veamos

La llegada de Walt Disney al cine, literalmente marca un antes y un después en la cinematografía y en la sociedad misma. Indiscutiblemente de la visión millennial que pudiera tenerse de él (que si es machista, racista, etc.), lo cierto es que era un visionario. Fue el primero que vio el potencial de espectáculo en la animación y supo capitalizar como nadie sus creaciones – o de los miembros de su equipo creativo. Además, como sociedad, se volvió algo aspiracional el ser una princesa. La lógica de Disney es al mismo tiempo, la forma en que los norteamericanos ven, de una u otra forma, lo que debe ser la vida. Los hombres son valientes, nobles y capaces de todo por el amor, mientras las mujeres son princesas que deben ser constantemente salvadas por su príncipe. Si alguna mujer es independiente o rebelde, automáticamente se transforma en la bruja, la madrastra malvada. Hay que tener en cuenta que la nación norteamericana nació de la migración de lo peor del Reino Unido. De Europa llegaban los criminales que buscaban esconderse, los pobres que buscaban una mejor vida, los “palurdos”, gente bruta, tosca y sin educación, que de ninguna manera podrían llegar a ser de la realeza en Inglaterra, al llegar a “el nuevo mundo” encontraron una nueva vida y crearon su propia versión de la nobleza, que sin embargo, no les permitía ocultar su vulgaridad. De esta manera, siempre han sido vistos como unos “nacos” en su madre patria, y por lo mismo, la imposibilidad de ser reyes o reinas, príncipes o princesas, les ha pesado demasiado. Quizá, en las animaciones de Disney, se encuentran los reflejos de esa obsesión. Para muchos, el ir a Disneyland o a Disneyworld, los parques temáticos que creó el empresario y animador, es lo más cercano que estar en un castillo. En estos días en que se espera con ansias el estreno de Avengers: Infinity War (2018, Joe y Anthony Russo), que se dice será la película más taquillera de la historia y que representa la cara más espectacular y heroica del estudio del ratoncito (Marvel Studios es propiedad de Disney Studios), El proyecto Florida (The Florida Project, 2017, Sean Baker) es quizá la manera de poder ver esa cara oculta que intenta cubrir la casa de Mickey Mouse.

Tomando como locación la parte externa de Disneyword, en Orlando, Florida, la cinta cuenta la historia de una niña que vive en uno de los moteles destinado para turistas pobres que no pueden pagar los costosos complejos turísticos del parque, pero que debido a sus bajos costos, se han vuelto lugares de residencia para pobres. Se narra la relación de la pequeña con el mundo que la rodea (su madre adolescente que se dedica a vender perfumes pirata y se prostituye ocasionalmente, los niños que viven en el lugar y el encargado del motel, que es víctima constante de sus travesuras). A diferencia de lo que podría parecer por el cartel de la cinta, la forma en que son presentados los personajes no es para nada paternalista. Los chamacos son groseros y a veces llegan a ser antipáticos, pero no por eso son menos tiernos e inocentes.

El ritmo de la cinta es un poco lento y a veces muy contemplativo, el guión en realidad parece fragmentado en una serie de viñetas que aparentemente no tienen otro objetivo que mostrar la forma en que viven los seres que habitan el colorido motel. La fotografía, en un hermoso 35 mm., obra del mexicano Alexis Zabé (y que fue una de las mayores ausencias en la pasada entrega del Óscar), presenta un mundo fantástico, lleno de colores, que por desgracia, oculta lo gris de la existencia. Cada personaje representa la cara contraria de los prototipos de Disney; la niña no es ninguna princesa, su madre, la reina, es su cómplice y enemigo, más cercana a veces a la madrastra malvada, mientras que Bobby Hicks (un más que extraordinario Willem Dafoe), el encargado del lugar, es el rey, el padre que se encarga de cuidar a la princesa que no es princesa y que al final hace lo que considera mejor para ella. Todos los personajes son víctimas de la realidad. Las brujas crueles, en forma de trabajadoras sociales, amenazan con romper la burbuja en que vive la pequeña protagonista, que prefiere huir hacia el mundo de fantasías que ha construido el inefable Walt.

A pesar del tono cómico que tiene la cinta, fuera de ser una comedia, es un agridulce melodrama que, como apunta la youtuber Gaby Meza, muestra “la cara más triste de Disneylandia”, la parte de atrás del “american way of life”. Lo que se ve en pantalla son los white trash, la gente más desamparada de los Estados Unidos, lo que Donald Trump quiere que no veamos con su muro. Resulta irónico que mientras en unas cuantas hectáreas se vive constantemente en el sueño de la nobleza – que sólo pudo vivir la norteamericana Grace Kelly y que al volverse Grace de Mónaco, se transformó en una pesadilla – , afuera se vive en la pobreza más dolorosa que existe.

Una cinta que vale la pena buscar antes que desaparezca de la cartelera, divertida y dolorosa.




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