Toros y toreros: la muerte visible

El lamentable deceso del joven torero de 29 años, Víctor Barrio, ha vuelto a poner en el ojo del huracán las corridas de toros; a...

19 de julio, 2016

El lamentable deceso del joven torero de 29 años, Víctor Barrio, ha vuelto a poner en el ojo del huracán las corridas de toros; a pesar de que siempre han existido detractores, nunca como ahora han estado éstas tan cerca de desaparecer. Su muerte ha sacado a relucir una vez más los diversos argumentos y posturas, por demás irreconciliables, entre protaurinos y antitaurinos, sobre todo en aquellos lugares donde se vive con mayor pasión: México, Francia, Portugal, Colombia y España.

Por un lado se encuentran aquellos que rechazan la lidia del toro en su totalidad; no hay razón o argumento alguno que logre erradicar la idea de que en ésta «un animal indefenso y desorientado es torturado hasta la muerte» como parte de un espectáculo meramente lúdico y para entretenimiento de unos cuantos.  Por otro se encuentran los aficionados que piden que la práctica continúe existiendo, atendiendo a la argumentación que se hace en torno a sus aspectos taxonómico, económico e historiográfico además del arte que representa y del interés y atención que se brinda al toro bravo.

Prefacio: Sobre la vida, especies y doctrinas

Estos son días de una enorme y muy subjetiva sensibilidad, sobre todo del lado occidental del orbe. Numerosos movimientos animalistas y ecologistas han adoptado por motu proprio la argumentación acerca de la victimización del animal y la preservación ambiental como ejes fundamentales de su discurso ético y moral.

Acorde con la doctrina judeocristiana, así como con los fundamentos de la teoría evolutiva que imperan en Occidente, el hombre es el ser superior por definición; ya sea por constituir la obra maestra de una mano divina o el resultado óptimo de la adaptación a través de generaciones, el ser humano es la cúspide de las especies animales. Como tal, todas las demás especies animales y vegetales le resultan útiles en mayor o menor medida, con muy distintas finalidades; ya sea como fuente de alimento, investigación, compañía, vestimenta, con fines medicinales y/o terapéuticos, entre muchas otros. Es el ser humano el que decide que especie le resulta útil (como las gallinas) y la separa de aquellas que no (como las plagas agrícolas).

Las corridas de toros constituyen varias de las múltiples finalidades del ser humano: como arte/práctica, taxonómica (preservación de la especie) y alimenticia. En materia ético/moral no todos están de acuerdo. En este caso particular pareciera ser el cómo (la lidia) más que el qué (la muerte del ganado bovino) aquello que resulta increpable: la muerte espectáculo, dirían algunos, distinta de aquella oculta, estandarizada y mecanizada de los mataderos. La forma por encima del fondo. Dado lo anterior bien cabe realizar las siguientes preguntas esenciales: ¿Aquello que se condena en las corridas de toros es la muerte animal, lo es la "tortura" que le precede o por el contrario, lo es el hecho de que ésta forme parte de un espectáculo público??Veamos.




El toro bravo; calidad de vida y la muerte animal.

Un militante honesto de la causa animal, discípulo del filósofo utilitarista Peter Singer y autor del best-seller Liberación animal, solía decir que: “El criterio esencial del bienestar animal, el único por el que deberíamos luchar, reside en las condiciones de vida”.

Los toros de lidia, contrario a sus contrapartes domésticas, poseen características físicas y genéticas únicas (fenotipo) las cuales han logrado perpetuarse y aún, acrecentarse ligeramente gracias a la crianza especial de esta raza de bovinos. El bos primigenius taurus, tal y como lo menciona el neerlandés Cis Van Vuure posee coincidencias en su estructura corporal, coloración y comportamiento con el hoy extinto Toro Salvaje Europeo o Uro europeo; no existe absolutamente ninguna especie semejante de la cual sólo las separan el tamaño y la longitud de sus cuernos. Las condiciones de su personalidad y carácter lo hacen único, destacando su bravura de entre los animales de su misma raza. La crianza del mismo obedece a su objetivo: la lidia. Sin ella, estaría destinado a la simple y llana inexistencia. Los esfuerzos, atenciones y costos materiales lo hacen incapaz de sobrevivir reduciéndolo a la cría extensiva para la venta de su carne. La supervivencia de la especie podría constituir un argumento en sí mismo, pero aún existen más datos interesantes que aportar al tema.

Hasta el momento del encierro un toro de lidia pasa su vida en semi libertad en dehesas de amplia extensión, deglutiendo hierbas, combatiendo (o simulándolo) con otros de su misma especie y espantando moscas con el rabo. Es cuidado y alimentado con particular esmero y se le prodigan especiales atenciones veterinarias, gozando de extraordinaria libertad y privilegios. Para el momento de la tienta han transcurrido ya entre cuatro y cinco años de su vida. Una faena dura aproximadamente entre quince y veinte minutos. En caso de acceder al indulto, el resto de su vida natural la pasará de nueva cuenta rodeado de pastos y arboladas, fungiendo como semental.

Si la calidad de vida no es el aspecto a considerar aquí, ¿lo es entonces la muerte animal, en sí misma, la que ha generado el nacimiento de los movimientos animalistas y antitaurinos?

Tengo mis dudas; según datos de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) 5,000 millones de pollos, 1,388 millones de cerdos, 2,715 millones de patos y 1,169 millones de conejos son sacrificados en condiciones mucho más oscuras, carentes de tan entusiasta interés mundial por su bienestar año tras año. Pero de su proceso de crianza (calidad de vida, si es que podemos llamarla así) y posterior sacrificio se habla poco.

La impresionante cifra de 18 millones de perros son sacrificados anualmente alrededor del mundo por distintas razones, 10 de los cuales corresponden a la demanda gastronómica de la republica China. Tan sólo en la Ciudad de  México y acorde con cifras de la Secretaría de Salud, 3 mil perros son sacrificados semanalmente, la mayoría de ellos por medio de la electrocución o golpeados hasta la muerte ante la falta de barbitúricos y de espacio imperante en los Centros Antirrábicos, acorde con lo que relata Víctor Hirales de la asociación Derechos sin Fronteras.

Por otra parte, alrededor de 70,000 toros de lidia mueren al año en actividades relacionadas con la fiesta brava; menos de la mitad de los cánidos sacrificados en la capital mexicana.

Sobre la tauromaquia y la faena

La corrida de toros se ha construido sobre las bases que representa el encuentro entre un hombre particular, el torero y un animal también particular, el toro de lidia. Para los entendidos en la materia, la fiesta brava está repleta de momentos de extraordinaria belleza plástica, de arrojo, valentía, bravura e intensidad. Es parte de una cultura que ha inspirado e influenciado la obra de Goya, Hemingway, Picasso y García Lorca.

Adentrarse en materia taurina, hablar de tercios, ruedos y subalternos entre otras muchas cosas es un mundo complejo que no a todos interesa. Tampoco resulta éste un ensayo sobre la historia de la fiesta ni el desarrollo de la lidia. Sin embargo, bien cabe mencionar varios aspectos puntuales referentes al evento, sobre todo aquellos que resultan más polémicos: el castigo del toro y su muerte.

Los elementos que componen la denominada "tortura" del toro bravo, cosa que muchos puntualizan en distintos análisis, no son azarosos ni tampoco producto de la indeterminación. No existen durante el transcurso de la faena más allá de dos momentos específicos perfectamente estudiados (el tercio de varas y el tercio de banderillas) en los cuales intervienen elementos ajenos al animal y al torero: la pica y el banderilleo.

Ambos actos poseen una finalidad distinta de lastimar al animal y se realizan acorde con un protocolo específico. Resulta importante el mencionar que no se ve afectada parte alguna del toro durante el castigo que no sean el lomo y el morrillo (parte situada entre la nuca y la cruz). Cualquiera que observe a un toro de lidia ya sea de cerca o por medio de fotografías, notará que el morrillo es una zona voluminosa (carnosa) de cobertura grasa particularmente notoria en el animal; con toda intención es justamente en su parte posterior donde va la puya, con el fin de atemperar la embestida, medir su bravura y descongestionar el estado de excitación del toro sin que quepa el riego de lesionar ningún órgano ni arteria mayor. El sangrado que conllevan la puya y el banderilleo proviene de ramificaciones sanguíneas anexas, el cual, le permite continuar con la faena sin que exista una afectación sistémica.

Pero aún hay más; el Departamento de Fisiología Animal de la Facultad Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid ha comprobado (a través de la medición puntual de la cantidad de cortisol producida por el organismo) que el toro de lidia sufre más estrés durante su transporte y/o contención que en el transcurso de la lidia. Lo anterior obedece a la segregación de una cuantiosa cantidad de beta endorfina, hormona y neurotransmisor endógeno que actúa como moderador del dolor, reduciendo la transmisión y eficacia de los estímulos sensoriales. De nueva cuenta se trata de un animal único, mismo que ha evolucionado y ha adaptado su respuesta fisiológica en torno a la lidia.

En efecto, el toro sangra y muere durante la faena. Hasta ese momento sus condiciones de vida (alimentación, interacción y atención) son de inmejorable calidad, como ya se mencionó antes. En el caso de los miles de millones de animales relacionados con el consumo gastronómico que perecen anualmente, el término «tortura» (tan mal empleado en estos días) se acercaría más a su significado auténtico: no son minutos sino semanas, meses y años de hacinamiento, en jaulas de dos por dos metros como en el caso de los cerdos, hinchando el hígado artificialmente a las aves o inyectándoles hormonas que les deforman; no existe animal comestible alguno que no sea sometido a condiciones semejantes con la finalidad de aumentar el goce del comensal, mientras transcurre su vida con cuidados veterinarios menos que elementales.

En el mismo sentido, la pesca con caña constituye un prestigioso deporte en los países anglosajones, dotada de parafernalia y ritos propios donde muere un animal tras una brega mucho más larga y carente de condiciones equiparables. Y aunque bien conocida, dicha práctica no genera el mismo rechazo ni se tacha de sádicos a quienes la practican con rutinario entusiasmo, quizás por ser una práctica silente y en la cual no corre la sangre. Durante la temporada de caza del zorro en Inglaterra miles de animales mueren a balazos sin que el cazador ingiera su carne o vista su piel. Al parecer la sensibilidad que está presente para con el toro bravo no resulta extensivo para todas las demás especies.

Toros, toreros y aficionados

La lamentable muerte del joven torero estaba dentro del cálculo lógico de probabilidades. Como la de Francisco Rivera "Paquirri" o Manuel Rodríguez "Manolete" antes que ellos. El toreo es una práctica que conlleva riesgos naturales al encontrarse quien lo ejecuta expuesto en todo momento al animal, carente de protección de cualquier índole. La acometividad del toro es parte fundamental de la faena; acabar con la vida de un animal pasivo o desprovisto de la posibilidad de defenderse es algo que corresponde a las rutinarias actividades de la industria alimentaria o a la caza deportiva. Sin embargo ni la muerte del toro ni tampoco aquella del torero constituye (o debiera de) motivo o razón de alegría y/o regocijo, independientemente de aquello en lo que se crea.

Entusiasmarse por cualquiera de las dos refleja en mayor medida ciertas taras mentales que un genuino interés o aprecio por cualquiera de las partes. A la suerte de combate/arte/espectáculo que constituye el toreo, tratando de explicarlo, acuden un astado cuyo peso oscila entre los 400 y los 500 kilogramos indócil e insumiso y un ser humano armado únicamente con una muleta y una espada, dotado uno de instinto y otro de raciocinio. El resultado es impredecible. El toro bravo puede salvar la vida (tras la cual jamás volverá a pisar un ruedo) del mismo modo que un torero puede perderla transcurridos escasos minutos. Es posible, probable y pasa en ambos casos.

Con respecto a aquellos que disfrutan el toreo, no conozco ni he conocido jamás a ningún entusiasta que goce con la muerte del animal (como si lo hacen con la del torero múltiples voces antitaurinas/animalistas anti humanistas) ni a nadie que partiendo de esta particular afición lleve a cabo o piense en actos similares en cualquier otro ámbito de su vida; todo lo contrario, muchos de ellos son criadores de caballos o fieles devotos de la compañía canina. En absoluto constituyen el perfil sádico y ajeno al bienestar animal que muchos detractores quieren o insisten en creer. Por una parte aman al toro bravo y por otra, enaltecen y aprecian su lidia.

La muerte visible

Tanto para bien como para mal las corridas de toros están ahí, a la vista de todos, desde su inicio hasta su desenlace; sus maneras, formas, protocolos y ritos pueden ser observados por cualquiera que desee adentrarse en ellas, ya sea desde una perspectiva positiva, negativa o mínimamente neutral. No es, en absoluto, una práctica oculta ni disimulada. Creer en aquello de "Lo que no se ve, no existe" resulta llanamente hipócrita y muy actual, sobre todo considerando los datos expuestos con anterioridad.

¿Es entonces toda violencia ejercida contra un animal condenable y debe ser evitada por inmoral? En caso de una repuesta afirmativa, muchas otras actividades deberían gozar de un mayor o al menos semejante escrutinio. Es un hecho insoslayable que el toreo se encuentra impregnado de sangre y violencia, pero ninguno de los dos resulta un objetivo en sí mismo ni es más multitudinario o feroz que otras prácticas o actividades cotidianas menos visibles.

Proponer (o exigir) un alto total a la violencia que ejercen los seres humanos sobre los animales suena legítimo y generoso aunque bastante utópico, sobre todo si nos atenemos a que aplicado de forma integral y definitiva, involucraría áreas tales como la cautividad zoológica, la gastronomía, la investigación, las prendas de vestir, los deportes como la caza y pesca deportiva, la eliminación de determinadas plagas de insectos e incluso el trato que se brinda a numerosos animales domésticos alrededor del mundo entre muchos otros rubros y consideraciones. Aplicado de cualquier otro modo no resulta sino algo selectivo y sesgado. La abolición de las corridas de toros ha generado un ruidoso movimiento de fariseos, enormemente manipulador, en el que sólo el evento en sí mismo se encuentra bajo la lupa y de éste, determinadas partes. ¿Cuántos de sus miembros estarían dispuestos a llevar la premisa del cuidado animal hasta sus últimas consecuencias?

A título personal debo decir que seguiré argumentando en favor de las corridas de toros sin que ello implique involucrar o acercar al toreo a quienes les incomoda o repugna la violencia y la sangre que éstas conllevan, cosa por demás respetable. Sin embargo creo igualmente respetable el puntualizar, detallar y explicar aquello que involucra y envuelve la lidia, lo que implica y comprende este evento único, tratando de brindar perspectiva y contexto a entusiastas y detractores por igual. 

Nos leemos en dos semanas.

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