“Ni de política (electoral) ni de fútbol”

¿Conoce usted amigo lector porqué en nuestro país emergió la máxima que reza...

19 de enero, 2016

¿Conoce usted amigo lector porqué en nuestro país emergió la máxima que reza: “En la mesa no se habla ni de política ni de futbol"? (Ni de religión completa la frase anterior, pero como ése es un tema que ya traté con anterioridad, avoquémonos en los dos primeros). Fácil, nos autocensuramos puesto que incapaces realizar un elemental y mínimamente objetivo análisis crítico, apelamos a nuestra emoción. Evolutivamente hablando, nuestro espectro emocional (miedo, cólera, alegría, etc.) nos ha permitido vivir (y sobrevivir), pero no mucho más. La interpretación, abstracción y el análisis corresponden a procesos psicológicos diferentes y las acciones y decisiones que de ellos emanan son también muy distintas. Pero vayamos por partes; seguramente alguna vez se ha preguntado ¿por qué en México siguen siendo mayoritariamente votados los partidos históricos a pesar de la crítica? En el mismo sentido ¿por qué determinados equipos de futbol mantienen su base de aficionados aún sin ganar un solo título en décadas? Bueno, esto se debe fundamentalmente a que en ninguno de los casos resulta una decisión ligada al pragmatismo y al análisis racional; constituye por el contrario un asunto de emoción, vivimos ambos fenómenos a través del sentimiento, del entusiasmo desmedido, a través del fervor.

La Política y el futbol en nuestro país, tal y como mencionaba anteriormente, se han convertido a través del tiempo en tópicos ajenos fundamentalmente al raciocinio y se han constituido como asuntos de pasión, mucho más vinculados con emociones y sentimientos. Increpamos, refunfuñamos, insultamos, reímos y nos lamentamos con cada victoria y con cada derrota. Disfrutamos en realidad esa dualidad víctima/victimario, de héroe y enemigo, de contrincantes a veces más próximos y otras mucho más dispares,  esa rivalidad añeja entre posturas, colores e ideologías. No resulta sorpresivo entonces que para una enorme mayoría de connacionales el fenómeno del partidismo se viva con la misma intensidad con la que se vive el deporte de las patadas; se es perredista, priísta, panista o de morena con la misma pasión con la que se es americanista, puma, tigre o rayado (dejando de lado, claro está, a grupos o individuos que se benefician directamente de los partidos políticos, que más bien serían a modo de analogía los dueños o accionistas de los equipos). Así también y con la misma intensidad se defienden los ataques contra ellos, con la misma pasión se defienden a ultranza las críticas (que dictan ya sea la estadística o la actuación) contra tal o cual partido (equipos finalmente), que bien podría resultar una postura sensata con connotaciones intrínsecamente positivas. Se hace desde el fervor. Los partidos y actores políticos conmueven y emocionan (en el término estricto de la palabra) puesto que a través de ellos descargamos nuestros sentimientos y emociones, los amamos y odiamos no por lo que son en realidad sino por lo que representan para nosotros.

El momento del sufragio, a modo de analogía, resulta en nuestro país equiparable a un encuentro futbolístico, a una final digamos, de cuyo desenlace nos mantenemos atentos y expectantes; unos con el anhelo del fanático, otros simples villamelones deseando la derrota de aquél conjunto que nos resulta deleznable. Pero eso sí, todos pendientes del resultado final. Bien podemos decir que nuestro país ha logrado asimilar al día de hoy la oferta democrática (y partidista) exitosamente y con pasmosa rapidez, considerando lo reciente de nuestra alternancia. Durante el proceso, buena parte de la ciudadanía ha elegido un bando, un equipo por el que siente natural afición (colores, ideología, diría Villoro) y se mantiene ahí, inconmovible (el denominado voto duro) a ellos, fanáticos, entusiastas de uno y otro bando, el discurso de rojos, azules, amarillos y morenos se encuentra dirigido sin importar lo oficialista, anacrónico o simplemente inviable que pudiera resultar. En el mismo sentido, las propuestas mil veces repetidas se ciclan y reciclan hasta el hartazgo, ad nauseam: Reducir los índices de pobreza, austeridad, mejorar el acceso a servicios, etc; cualquier actor (el que sea, volante por la izquierda, derecha o centro al área) utiliza también los mismos recursos retóricos, pero al final, los aficionados siempre estarán ahí, apoyando incondicionalmente, en los momentos buenos y también en los malos (que usualmente son más). Ahora bien, ¿qué hay de los demás?

El factor de diferenciación del lado opositor  que parecía prometer mucho y que permitía pensar en que Acción Nacional, Revolución Democrática, Verde Ecologista, etc. resultaban opciones más convenientes o atractivas, es actualmente casi nulo. Atrás quedaron las divergencias ideológicas y los elementos discernibles, tan es así que muchos de los actores que el día de hoy vemos posando felizmente en cualquiera de los equipos resultan ser jugadores surgidos de la cantera de otro (traspasos de jugadores priistas al PRD, perredistas a Morena, del PAN al PRI, etc.) el sistema de juego, sus formas, maneras y estructuras de poder han permeado, devorado y mimetizado a sus actores, que parecen únicamente interesados en mantenerse vigentes, en seguir jugando, en buscar un nuevo y atractivo contrato (cartuchos quemados, dirían algunos entendidos en el ámbito del futbol). Y ante la duda y a falta de algún aspecto atractivo, competitivamente hablando, no resulta tan sorpresivo el que muchos se decanten por el equipo más ganador históricamente, el que siempre está metido en las últimas instancias. Sí, ese partido del “Ódiame más”, que aman algunos y detestan muchos otros pero que al final sabe cómo plantarse en el terreno de juego y cómo ganar los partidos importantes, dirían en el argot deportivo: “un equipo acostumbrado a jugar finales”. ¿Sabe de quien hablo tanto política como futbolísticamente? Simple.

La política en nuestro país pues, como acoté anteriormente, resulta ser un asunto enormemente emocional y el lenguaje electoral así lo entiende. Si no puede convencer a aquél que aún no es entusiasta de algún equipo por la vía intelectual, a la que el mexicano es en general poco proclive, apela entonces a nuestro espectro emocional. Habrá notado que muchos, pero muchos de los lemas y eslóganes partidistas en época de elecciones versan sobre ideas esencialmente básicas tales como: Ya ganamos, Rayo de Esperanza, Peligro para México, Renovación, Movimiento de Regeneración, etc. No es en absoluto algo casual, apelan a nuestro innato optimismo, a nuestra aversión, a nuestra ira, a nuestro miedo. Los partidos son manipuladores emocionales con pericia y para lograr sus objetivos, sus candidatos deben parecernos cercanos y solidarios, humanos. Si durante su gestión, actores y partidos nos resultan lejanos y ajenos, el período electoral es una época de presunta reconciliación, de sentimentalismo político; la imagen sonriente del que va a ser votado, numerosos spots donde aparece compartiendo con su familia, la marcada denostación del oponente, del acérrimo rival. Es el momento perfecto para vendernos su renovada temporada, sus nuevas adquisiciones, sus nuevos técnicos y sus nuevos directivos.

Los debates no nos resultan interesantes en sí mismos por los planes de acción, propuestas y análisis que en ellos se enuncian, por el contrario, resultan atractivos para observar el cúmulo de descalificaciones, de respuestas viscerales, de acciones y reacciones de aquellos involucrados. Y poco más. Pasadas las elecciones por supuesto, partidos y actores vuelven a un ambiente colmado de solemnidad y a la lejanía cupular. Pero no sólo es su oferta (y discurso) lo que resulta similar, también lo es la calidad de su actuación. Considerar que alguno es mejor (o habrá de serlo) per se es por decir lo menos, inadecuado. Pero eso en realidad importa poco, si usted le va a la escuadra azul, roja o a la amarilla, probablemente sus pifias del pasado quedarán en el olvido y con ansiosa expectación, esperará verla triunfando en la próxima final.




El problema esencial radica en que si el futbol implica un espacio de esparcimiento, una catarsis e incluso una “semanal recuperación de la infancia”, como bien enuncia Javier Marías, la política representa algo totalmente distinto. Lamentablemente, ni como parte del bando del aficionado ni como simples espectadores hemos sido capaces de exigir los resultados que esperamos; aún menos en cuanto a gestión política se refiere. Lo que es más, ni el quehacer político ni el ámbito futbolístico son ejemplos excepcionales de nada, ni sus prácticas, manejos, cotos de poder y radio de influencia,  sino por el contrario son muestra y extensión de nuestra idiosincracia. Cómo nos involucramos en ambos temas también lo es. Nuestras emociones no son capaces de prever, de escudriñar, de analizar ni de proyectar;  generan acciones y reacciones ante estímulos tanto internos como externos, sólo eso y nada más. Como mexicanos analizamos y criticamos (racionalmente) poco pero sentimos, sentimos mucho y ello nos ha obligado a adoptar el pasivo rol del fanático que consiste en esperar, anhelar y confiar en que la próxima temporada resulte mejor. Ya tendremos tiempo para, a modo de catarsis, mentarle la madre a los jugadores (actores políticos), a los equipos (partidos) e incluso al árbitro (las instituciones electorales). Porque en nuestra democracia como en nuestro futbol, si emerge triunfador MI equipo es un victoria justa y merecida, sino bueno, probablemente sea culpa del árbitro, del equipo rival que tiene más recursos, o más apoyo, o un sinnúmero de razones más, ¿qué no?

Ante la inminente llegada de nuevas elecciones, en este 2016 ¿dónde se sitúa usted estimado lector, como un analista, en las gradas como parte de la porra (o barra) o en casa como siempre y llano espectador? ¿No cree que ha llegado la hora de abandonar un poco la emoción y el fervor  y darle mayor prioridad al análisis y a la razón? Porque como bien sabe, de esto depende en buena medida el futuro del país.

Nos leemos en dos semanas. 

Comentarios

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enero 1, 1970

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