Por generaciones hemos transitado con remedios fallidos y algunos aciertos; misiones del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo plantearon fórmulas que fueron implementadas por gobiernos receptivos y atentos a la experiencia de otros. La producción despertaba como esencia y único camino para atender el rezago social; se crearon fondos especiales en Nacional Financiera, en el Banco de México, se recorría los rincones del país, se idearon formas un tanto paternales para incrementar la producción agropecuaria. Se intentó un poco de todo en tanto se despegaba de la función de Estado para sustituir importaciones y anunciar al mundo el acero mexicano y sus perecederos por igual. El cauce irremediable, sustentó una hegemonía de partido, pero al mismo tiempo brindaba instituciones, estabilidad, crecimiento económico y paz social. Si esto fue hegemonía y la hegemonía derivó en abuso, la condición humana hizo su aparición sin duda, pero también formó profesionales de la administración pública. Tal vez esa sea una respuesta a tanto interrogante en la vida moderna de la nación.
Algo fue herencia para el paso a una democracia que tentaba las bondades de la oferta de gobierno, sin alterar la paz social; llegaba la hora de ofrecer institucionalidad y formalidad al proceso de cambio. Hasta el 2018. Ahí se detuvo el proceso institucional. El totalitarismo pos revolucionario inscrito en la memoria histórica conservó disciplina y otros valores también inscritos en ese tránsito de formación de nación que suscribía un tratado comercial con las potencias del norte, país y gobierno que el mundo respetaba en sus compromisos internacionales y en una seriedad soberana. El México beligerante de la década de 1910-1920, enseñaba al mundo una civilidad y una contención de libertades y preceptos de formalidad y convivencia.
México encontraba el camino del desarrollo a pesar de la vastedad de su territorio y las diferencias territoriales marcadas unas por su arrojo y otras por su rezago. Se encontraban políticas programáticas y sectoriales; el arduo camino de la infraestructura alcanzaba metas insospechadas en las carreteras, en los puertos, en las presas y en las montañas y costas. A la distancia, se juzga siempre el crecimiento para ocultar la marginación; tal vez por existir siempre o simplemente por existir a la sombra del progreso. La pobreza existe y ha existido siempre, como síntoma irremediable de la persecución de la riqueza. La riqueza reúne acepciones diversas; sin ella no se crea ni se forma capital nuevo, sin riqueza no hay progreso, no hay reinserción de capital para reactivar el capital mismo. Pero surge la eterna contradicción, la formación de capital crea brechas en la distribución del ingreso; por un lado la retención de utilidades es necesaria para la reinversión y por otro, el premio del riesgo se acumula en los promotores del capital. Si la igualdad es una utopía, la desigualdad es una malformación del progreso.
La Revolución Industrial de hace dos siglos resolvió todo menos la pobreza. La pobreza se convertía en lastre social y curiosamente no invadía el terreno de la economía, dado que la economía era incluyente del proceso del crecimiento económico en materia de empleo. No bastó el empleo porque éste traicionó el crecimiento aparejado con metas desbordadas de ambición industrial en el pleno empleo. Como ejemplo, la Gran Recesión norteamericana de los años treinta. Entonces, la pobreza existe y no es del todo imborrable. Se intentaron combinaciones en la socialdemocracia para asistir a las clases marginadas al tiempo de atender la producción y el crecimiento de las economías. Países con población escasa y sin crecimiento demográfico lograron cierto equilibrio. México dista de esa circunstancia y a este día tenemos un problema serio en el combate a la pobreza. Por principio, el sistema totalitario en ciernes, con este populismo inserto, no es el totalitarismo de partido de décadas pasadas, es una fórmula devastadora de instituciones y con un centralismo sin par. Trata de operar sin márgenes y sin acotaciones de voz ciudadana, de modo que sus acciones son impuestas y sin orden.
Hoy, este populismo enfrenta una tesitura que el socialismo ya ha encarado: la insuficiencia de recursos; la invasión a lo acumulado ya se agotó, se agotó en un sexenio perdido en innumerables atropellos que todos conocemos. La simulación no quiere perder su rostro y hoy pretende hacernos creer que de la pobreza se han salvado trece millones de almas, cuando más de cuarenta millones no acceden a la canasta básica. La simulación viene acompañada de mediciones inexactas en un salario mínimo que disfraza su supuesta bonanza en una inflación que anula dos veces la percepción anunciada. Una institución seria fue anulada y suplantada por otra manejada por el régimen para dar esta noticia falsa.
El mensaje de esta farsa surge en medio de escándalos de dispendio de adscritos a una supuesta austeridad republicana y a otros pronunciamientos pueriles y falaces como una economía moral que el mundo no conoce. La pobreza es lacerante y ofensiva, lo ha sido siempre, pero las formas para cubrirla o soslayarla de esta administración resultan burdas e insostenibles.
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