El Banco Central de Suecia no da puntada sin hilo. Especialmente desde que se abrió al nuevo mundo económico cuando otorgó el Premio Nobel de Economía al recientemente fallecido Daniel Kahneman en 2002. Este galardón a un psicólogo marcó un punto de inflexión, dando paso a nuevas perspectivas interdisciplinarias.
Pero el cambio no fue instantáneo. Por ejemplo, Muhammad Yunus, el banquero de los pobres, recibió el Premio Nobel de la Paz en 2006 en vez del de Economía, como sin duda merecía.
Desde aquellos años, es patente cómo el mundo se ha transformado de forma radical, con burbujas especulativas (analizadas por Robert Shiller, Premio Nobel en 2013) y crisis financieras (estudiadas por Ben Bernanke, galardonado en 2022). Y también cómo la pobreza (investigada por Esther Duflo, Premio Nobel en 2019), el cambio climático (abordado por William Nordhaus, premiado en 2018) o el género (explorado por Claudia Goldin, galardonada en 2023) se han convertido en aspectos tan importantes para la economía como para merecer el Nobel. El sistema económico está ante una crisis de identidad.
Los Nobel de Economía 2024
En este contexto –en el que la Academia Real de Ciencias de Suecia lanza mensajes de calado– se sitúa el Premio Nobel de este año a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson.
Entre sus muchas publicaciones destacan ¿Por qué fracasan los países? (Acemoglu y Robinson) y 13 Bankers: The Wall Street Takeover and the Next Financial Meltdown (Johnson y James Kwak).
Estos libros, además de ser entretenidos, critican los principales problemas que afronta nuestra sociedad, respectivamente desde el plano de la política fiscal y de la política monetaria, poniendo de relieve cómo las instituciones y las políticas económicas son determinantes para la prosperidad y el bienestar social.
Las líneas de investigación
Acemoglu, del MIT, y Robinson, de la Universidad de Chicago, han centrado su investigación en la decadencia de las naciones y en cómo las instituciones tanto políticas como económicas influyen en el destino de los países.
¿Por qué algunas naciones ricas en recursos naturales permanecen sumidas en la pobreza mientras otras, con menos recursos, prosperan? ¿Cómo las decisiones políticas afectan la eficiencia en la asignación del gasto público? ¿Cómo influye la concentración del poder en manos de unas pocas élites en la formulación de políticas fiscales que perpetúan la desigualdad? ¿Es la falta de ética la causa de la emisión descontrolada de deuda pública y de la corrupción gubernamental?
Por su parte, Simon Johnson, también del MIT, ha analizado en paralelo el peso que tienen los mercados financieros en la economía global. ¿Cómo influye la concentración de poder en manos de grandes instituciones financieras en la estabilidad económica? ¿De qué manera la influencia desmedida de Wall Street sobre las políticas gubernamentales afecta la efectividad de la política monetaria? ¿Es posible que las élites hayan capturado el sistema gracias a la creciente regulación? ¿Qué papel juegan los bancos “demasiado grandes para caer” en la perpetuación de las crisis financieras? ¿Se está poniendo con ello en riesgo el futuro de nuestro sistema?
En pos de una prosperidad compartida
Estas son algunas de las preguntas fundamentales a las que estos economistas han respondido de forma contundente. El sistema está ante una crisis de identidad, tan cerca del paraíso tecnológico como del infierno de la decadencia. Frente a esto, los trabajos de Acemoglu, Robinson y Johnson traen esperanzas.
Sus investigaciones destacan la importancia crucial de construir instituciones inclusivas, para todos, que promuevan el crecimiento económico y la equidad social. La concentración de poder en manos de unos pocos causa desigualdad y corrupción, por lo que no queda más remedio que repensar nuestras estructuras políticas y económicas.
Si se apuesta de forma decidida por instituciones que involucren a todos los sectores de la sociedad, es posible transformar la decadencia en prosperidad compartida. Es un premio concedido a un llamado optimista para trabajar juntos por una sociedad más justa e inclusiva, donde las decisiones políticas y económicas reflejen las necesidades y aspiraciones de toda la población, garantizando así un futuro sostenible y equitativo para las próximas generaciones.
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