Desde el punto de vista del proceso de trabajo y emprendimiento que elabora los productos, la economía es una transformación de la energía. Así lo fue en los albores del capitalismo y así es actualmente en el umbral de la economía numérica. La recesión estanflacionaria, ¿nos conducirá a una nueva artefactualidad cuya fuerza sea enteramente nueva?: no tanto ni tan poco.
No tanto ni tan poco porque la incertidumbre 2023 con su carga de crisis sanitaria y geoeconómica no anuncia el fin de la mundialización, sino el paso a una nueva fase caracterizada por los bloques comerciales y el nearshoring. Históricamente, está demostrado que la soberanía proteccionista y la autosuficiencia no aguantan una coyuntura extensa: quien más, quien menos, todas las economías nacionales adornadas con la charlatanería nacionalista capturan más pronto que tarde a diversas fuentes energéticas externas. Entre otras brutalidades, la invasión rusa a Ucrania nos ha recordado bárbaramente la necesidad de contar con un acceso ininterrumpido al petróleo, al gas, al carbón, al uranio, a la energía solar, eólica, hidrológica y al litio. Mal que les pese a los globalifóbicos, la mundialización no se acaba, sino que evoluciona.
Jonathan Swift en “Los viajes de Gulliver” cuenta la abundancia de máquinas y fuentes energéticas absurdas que no hacen otra cosa que desorientar a sus personajes; iniciando así una costumbre intelectual cultivada por otros imaginativos novelistas, poetas o panfletistas y por los demagogos vendedores de ilusiones, quienes elucubraron diversas fantasías tal como la de Julio Verne quien puso en palabras del capitán Nemo: “… de esa notable cantidad de cloruro sódico contenida por el agua marina extraigo yo el sodio necesario para componer mis elementos” habría dicho tal navegante, luego de destacar la elevada presencia de ese elemento en el hábitat natural del submarino siendo que, en realidad, jamás esta electricidad podría haber movido al Nautilus de 1,500 toneladas de peso.
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La economía numérica es energívora, por lo que el retorno al Mundo de los Imperios del Siglo XIX anunciado por la militarización rusa, también entrañará una época donde los gobiernos nacionales se empeñarán en asegurar su aprovisionamiento en recursos energéticos aunque deban reconfigurar al paisaje, colonizar territorios, o despoblar regiones enteras.
Los bitcoin devoran energía al ser generados por impulsiones numéricas enviadas a las cuentas de alguna comunidad de excavadores (diggers) quienes suministran a la red su material informático para poner en acto a las cadenas de transacciones en los pagos de cualquier clase. Aunque hasta ahora no ha funcionado por desconfianza de los posibles utilizadores, desde el punto de vista energético la economía del Salvador puede hacer del bitcoin y similares la divisa nacional porque está acostumbrada a vivir en la mayor inseguridad, siendo el costo energético de los excavadores un problema menor.
Los consumidores, en cuanto a ellos, modificarán poco a poco sus hábitos y costumbres energéticos, pero no los abandonarán completamente; por lo que al mismo tiempo que ingeriremos comida chatarra producida con un muy bajo costo energético por unidad de producto, saborearemos elotes cocinados con leña.
La privatización energética no favorece a los perceptores de escasos recursos. En el pasado, la crisis energética de Texas y la de California así lo demostraron; y en el presente norteamericano también se evidencia con el cambio climático que se enfrenta a una oferta insuficiente de combustibles fósiles. En el Mundo Occidental, todos los proveedores de electricidad barata para los hogares están intimidados por la privatización encarecedora.
Los partidarios de que devengamos Hare Krishna vestidos con túnica rosada y cabeza rapada para pregonar nuestra creencia con pequeñas castañuelas y vivir austeramente, piensan que debemos reducir drásticamente nuestras necesidades de consumo, de morigerar la entropía de la producción, de hacer de la economía mundial una economía circular que recicla el 100% de los desechos y, esencialmente, soportar estoicamente a la economía del decrecimiento y la sobriedad. Por esto y otras razones, la economía del decrecimiento es un verdadero disparate.
Las economías avanzadas en el desarrollo de la ventaja competitiva nacional aprendieron a diversificar su mercado interno, por lo que es admisible suponer que harán lo propio con las fuentes energéticas primero internas y luego externas.
Las deseconomías externas de las energías fósiles llegan hasta amenazar con la destrucción del planeta. Los peces grandes petroleros, constructores de automóviles y siderurgias prometen alegremente que ellos no emitirán más gas de invernadero aunque, en realidad, sus fuentes energéticas alternativas solo disfrazan a la emisión de CO2, o acarrean un impacto ecológico (hectáreas por habitante que serían necesarias para producir los recursos indispensables de una fabricación determinada y para absorber sus desperdicios) o, en general, implican más deseconomías externas que su contrario. Es por esto que Japón utiliza con enjundia a la energía nuclear, al mismo tiempo que China hace lo propio con respecto al carbón.
Que el hidrógeno es la energía verde del futuro es, por ahora, una falsa promesa porque su utilización en escala implica problemas técnicos no resueltos en las finanzas, en la contaminación, seguridad y eficiencia energética (que producirlo cueste menos que generarlo).
Las economías latinoamericanas están caracterizadas por el rentismo, el cual y en vez de diversificar el mercado lo cristaliza en modelos primario exportadores a fin de facilitar sistémicamente a la captura de rentas como principal forma de obtener beneficios. El México de AMLO regresa a la economía petrolizada de Cárdenas, Echeverría y López Portillo; razón por la cual no cabe duda que es adversario de la reconversión energética. La primera administración de gobierno de Lula realizó algunas reformas de Tercera Vía muy exitosas, las cuales presagiaron la emergencia de este territorio nacional y, eventualmente, la diversificación de sus fuentes energéticas; sin embargo, actualmente y a causa del empate electoral, Lula no hará reformas de ninguna vía ni, mucho menos, diversificará a las fuentes energéticas.
En el caso de que Argentina, Bolivia, y Chile logren industrializar el litio (lo cual está por verse), solamente maquillarán al modelo primario exportador cambiando a la soya, al gas, o al cobre por el litio como principal producto de exportación, es decir, que no asumirán ningún desafío energético sino que cristalizarán a su proverbial esquema rentista.
Finalmente, el desafío energético resucita a Alexander Hamilton, inventor del proteccionismo económico y soberanista confeso preocupado por el stock de divisas en tanto que primer secretario del Tesoro estadounidense; a Federico List nacido en 1789 año de la Revolución Francesa y modelizador del proteccionismo educativo que conduce a la libertad de comercio exterior; y a David Ricardo, jefe de fila de todos los economistas que consideramos a la teoría de las ventajas comparativas o competitivas como eje de la nueva mundialización numérica donde el reto del cambio energético transformará a las estructuras artefactuales en algunos casos, los menos, mediante la eficiencia adaptativa y, en otros casos, los más, mediante ineficiencia adaptativa.
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