Dinero Suelto

Después de dos años de esta transición de gobierno, tercera de nuestra etapa democrática, hemos aprendido que no es transparente. Hemos aprendido que crea reservas, pero no de dinero, sino de información. Hemos aprendido también que crea...

22 de febrero, 2021

Después de dos años de esta transición de gobierno, tercera de nuestra etapa democrática, hemos aprendido que no es transparente. Hemos aprendido que crea reservas, pero no de dinero, sino de información. Hemos aprendido también que crea escaparates en los proyectos que emprende y con una corta vida inaugura y celebra puestas en marcha inexistentes. También hemos aprendido de la dispersión de dos cosas: recursos que no le corresponden e ilusiones. De estas últimas habrá que separar las conceptuales de las materiales aun cuando la distinción no augure ningún progreso de sustancia. En la primera podemos situar el bienestar y en lo segundo, la pobreza.

El discurso del presidente no abandona ninguno de los preceptos enunciados. No abandona el ritmo de sus pronunciamientos para reiterar una y otra vez lo mismo que ha pronunciado en más de dos décadas. El hueco de su discurso, después de dos años en el poder ya hace mella en las metas que nunca llegaron. El eco de promesas no cumplidas, la confrontación de una voz que sonaba congruente y retadora del ayer, ahora enfrenta una realidad inmersa en la impotencia y en la precariedad del espíritu de servicio, precariedad del pensamiento transformador en una imaginaria concebida en una tribuna y no en un proyecto.

El gobierno rico pregonado y abstraído desde el rincón del anhelo, soñado e interpretado con un volumen de recursos sin fin, se ha tornado en calvario y némesis del accionar de una transformación impedida de transformar. La prisa llevó a esta transición a un dispendio sin límite y sin padrón. Interponer fases cualitativas para suplantar camino andado de otra visión de país, visión que encadenaba décadas de progreso y crecimiento, interrumpió marcha institucional y la llamó austeridad y la adjetivó como republicana como si el camino de nación no hubiera llenado los espacios de una república pletórica de heroísmo y reconocimiento del orbe.

Vino el choque frontal de las instituciones y la contemplación de un solo hombre para desterrar por un tiempo las capacidades y virtudes de una nación progresista. Será por un tiempo, porque los yerros y las desviaciones de la vida pública del país no pueden soportar el hundimiento de una nación pujante, de una nación con un andar respetado en foros de toda índole, desde el cultural hasta el científico. México no puede transitar en la incertidumbre y el capricho de un gobernante dispuesto a trastocar riqueza y valores.

Dos años nada más para que afloren faltantes con un monto de 67 000 millones de pesos en un solo ejercicio auditado, 2019; dos años para que el ejercicio del primer año ya referido desvele un costo de 331 966 millones de pesos por un despojo de un activo de la nación en Texcoco, obra singular para el continente. Dos años de dispersión de riqueza nacional repartida sin programa y sin beneficio. No existen jóvenes que construyan nada, futuro menos aún; no existen programas que siembren vida, ni existen universidades, ni programas de descentralización, y lo que más duele: no existen programas de salud pública.

Existe, si, una deuda que crece sin par y sin medida. La deuda del aeropuerto mencionada, que no existiría por ser un proyecto concebido por la iniciativa privada no representa más que una quinta parte del endeudamiento desbocado de esta transición. Del resto ha dado cuenta Pemex y los proyectos innecesarios de Dos Bocas, Santa Lucía y el Tren Maya. No olvidemos los casi 60 000 millones mensuales en los llamados proyectos asistenciales, que precisan de un ritmo constante porque en ellos está cifrada la compra de voluntades y la permanencia de este movimiento llamado MORENA.




Dos años de fórmula presupuestal dentro de un Congreso que no hace más allá de cumplir con el ordenamiento constitucional y llevar a la práctica un desorden en el derroche que acomoda la improvisación de inicio de esta transición. Los eufemismos de combate al huachicol, por carecer de gasolina, las quemas de pastizales para disfrazar la inoperancia de una CFE rebasada, los apagones por la ausencia de gas natural programado, ya desvelan incompetencia y cubren las excusas de una administración superada en sus fórmulas de inicio con símbolos que cautivaron a unos cuantos en esa austeridad reñida con la realidad de la familia del presidente y allegados al poder.

El dispendio ya está en boga, la corrupción a la vista de todos, la ineficacia gubernamental reflejada en el rezago del producto, la inoperancia del gobierno y su capacidad de maniobra anulada. Se instala un compás de espera, un compás a favor de la sociedad que rechaza esta antagónica manera de contemplar la ruptura de una forma de vida, de su economía y de su tranquilidad. No puede acabarse en dos años que nunca fueron de acomodo, que nunca lo fueron de cambio, que jamás lo serán capítulo de historia de reconocimiento y acervo.

Las redes están tendidas para la corrección de rumbo, para la rectificación y rescate del daño impuesto por una transición que no adapta su pensamiento al futuro que nos corresponde como nación y como sociedad de principios. No podemos consentir en la imposición de formas ajenas al progreso, de formas que no conllevan la convivencia en el concierto de las naciones, en la pluralidad y en la globalidad ya inserta y aceptada en nuestro medio.

Finalmente, debemos responder con orden al derroche de lo nuestro, debemos respaldar la disciplina de una Carta Magna que nos ampara como nación y debemos hacer respetar la rendición de cuentas. No podemos ni debemos tolerar el dinero suelto en manos irresponsables, en el manejo que obedece al capricho; el endeudamiento de esta transición ya compromete el 53% del producto de nuestra nación. El dinero debe responder a programas y congruencia de avance de nación; no es botín de una transformación que no transforma.

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