Una mirada hacia “la cortina del nopal”, indispensable

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29 de julio, 2020 cortina del nopal

En 1956 el pintor, escritor y escultor José Luis Cuevas publicaba un manifiesto denominado “La Cortina del Nopal” en el cual se exhibía, ya sin tapujos, las inquietudes de la llamada “Generación de la Ruptura”, donde Cuevas, Gerzo y Tamayo eran, quizás, sus exponentes más visibles. De esta manera se posicionaban abiertamente contra las corrientes en boga en México: la escuela Mexicana de Pintura y el Muralismo Mexicano, impulsado por José Vasconcelos.  Ambas corrientes se centraban en exaltar nuestra identidad nacional a los ojos impresionados del mundo entero.

 La “ruptura”, en cambio,  fue un proceso lógico y natural: México se insertaba de lleno en el concierto de las Naciones, y el arte y la cultura se veían influenciados por esto.  Por ello, “La Generación de la Ruptura” vino a enriquecer y a complementar el panorama cultural existente que se encontraba ensimismado en sus convulsiones (Revolución y la pandemia de gripe).

Hoy, en un entorno no muy distante al de los años revolucionarios, donde en los inicios del siglo 21 han vuelto a manera de jinetes del apocalipsis, la guerra y la peste juntas, y en donde el mundo entero se está replanteando y poniendo diques a una globalización que se tornaba ya atroz para el planeta e inhumana (aún antes de la pandemia los fenómenos del BREXIT y Donald Trump así lo evidencian), México no puede ni debe ser la excepción. Ya en el nuevo T-MEC hay cláusulas que van encaminadas a una circunstancia de mejoras para los trabajadores y las empresas nacionales de Canadá, EEUU y México. El Covid-19 acelerará los beneficios del bloque trilateral más que de otras potencias comerciales lejanas.

En cuanto a la Cultura, el retorno a algo no muy distinto a la “cortina del nopal” se vislumbra como un imperativo, no de aislarnos tampoco, eso sería absurdo e incluso imposible, pero si de tener una mirada más introspectiva a lo que somos mayoritariamente, al México profundo, al más admirado por propios y extraños, pero inexplicablemente el México olvidado, ese de Rulfo, ese al que el Presidente Andrés Manuel López Obrador le habla y por el cual trabaja, el mismo al que la hoy oposición no entiende y acaso ni siquiera ve, ni lo hizo mientras era gobierno. De ahí que AMLO sentencie, seguido, que la mejor política exterior es la interior.

Una política pública cultural encaminada a exaltar todos nuestros valores  vendría como una bocanada de aire fresco a la vida nacional, reafirmaría nuestra identidad, raíces y futuro, sin que lo extranjero se vuelva un lastre. Solo por poner un ejemplo: si uno va a la zona arqueológica de Palenque, en Chiapas, verá que selo está explorado 5% de lo que fue la antigua Ciudad, que los múltiples cerros que se ven ahí no son sino pirámides cubiertas por el monte y la maleza sin que nadie sepa cuántos saberes y tesoros guardan en sus entrañas. Esa es la riqueza de nuestro subsuelo de la que casi nadie habla, y que seguro nos relanzarían como un país de moda. Y si de divisas hablamos, para la industria turística sería, en una analogía poco extraña, como el oro negro que aún esperan por nosotros y nuestro futuro los grandes yacimientos recién descubiertos.

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Es por ello que el día de hoy en esta columna, haremos honor al Dr. Gianluigi Colalucci, el restaurador más importante del siglo XX, quien el martes 29 de marzo falleció a los 92 años. Mucha gente se puede preguntar cómo se han mantenido centenares de obras del trecento, quattrocento y cinquecento italiano en los Museos Vaticanos. La gran labor no fue del artista, si no, pongamos de ejemplo al fresco de Leonardo da Vinci, ubicado en la Catedral de Santa Maria delle Grazie, en Milán, mundialmente conocido por se la representación más famosa de la escena bíblica de la Última Cena, donde gran parte de los pigmentos y detalles de la obra han desaparecido por tanto una mala técnica usada por el florentino y por la mala calidad de la conservación y restauración de la obra a lo largo de los siglos.  Por otro lado, en el costado derecho de la Basílica de San Pedro, se encuentra la obra pictórica más grande del mundo (abarcando más de 1,100 m2), y cuya restauración, que terminó en 1994, además de ser altamente controversial, les dio una luz nueva a los frescos diseñados por el artista (que para mi es el más grande de todos los tiempos) Michelangelo Buonarroti. Estos frescos, se pensaba, eran opacos, dramáticos, basados en la técnica popularizada en el manierismo “chiaroscuro” y con pocos matices lumínicos, pero cuando el Dr. Colalucci fue nombrado por el Papa Juan Pablo II en 1980 para realizar la restauración más dramática de dicho siglo, se encontraron escenas bíblicas llenas de colores, nítidas, brillantes y absolutamente majestuosas debajo de capas de suciedad y restauraciones pasadas que no beneficiaron a la obra. Un ejemplo clásico para observar el dramatismo de este contraste es la Gioconda del Louvre (oscura, con un tono ocre, sucia) y la del Prado, esta última estando bien conservada y restaurada por el museo español (llena de colores, justo como la vio da Vinci). El Dr. Colalucci puede ser un desconocido por varios lectores de esta pequeña columna hasta el día de hoy, pero en el mundo del arte es un punto de inflexión sobre la forma de restaurar obras tan complicadas (porque recordemos que un fresco es una técnica difícil de hacer, basada en huevo y pigmentos orgánicos, y la ubicación del de Miguel Ángel no es para nada fácil de acceder por su elevación a más de 13.4 metros del espectador), y tan importantes por su valor religioso, artístico y cultural (¡quién no conoce el detalle de la mano de Adán aproximándose a la mano de Dios!), y por ello se merece el más alto respeto del mundo entero. Además, caben mencionar en esta columna varias maravillas que se encuentran en la Sistina, como las decenas de símil a la anatomía humana ubicadas a lo largo del fresco, como la forma de cerebro que se encuentra en la escena de la creación, donde Dios, su manto rojo y sus ángeles forman una silueta casi perfecta de un encéfalo humano, o el parecido exacto de la sibila libia a la de la primera vértebra cervical (llamada “Atlas). Finalmente, quiero hacer la invitación al lector a cuatro cosas: La primera, poder visitar la magnífica réplica de la Capilla Sixtina que viaja por todo México (y que al día de hoy se ubica en Cancún), o una réplica bastante semejante pintada por Don Miguel Macías, ubicada en la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, localizada en la Colonia Moctezuma, de la Alcaldía Venustiano Carranza; segunda, la lectura de Miguel Ángel y yo, libro del Dr. Colalucci sobre la restauración de la Capilla; tercera, a la lectura de varios artículos que se ubican en la parte inferior de la columna, donde se realizan detallados análisis de las pinturas miguelangelinas; y cuarto, a ver las próximas videocolumnas que empezaré a realizar y varios de mis compañeros colaboradores han estado realizando en la plataforma (https://www.youtube.com/watch?v=Lyd8CG0Yo7o) . Referencias:
  1. Colalucci G. Michelangelo Buonarroti: Restoration of the Frescoes on the Vaulted Ceiling and the Last Judgment in the Sistine Chapel. Conservation Science in Cultural Heritage 2016;16(1):89-108.
  2. Colalucci G. On the Science of Art Restoration. World Futures 1994;40(1-3):133-134.
  3. Colalucci G, Plasencia A. Touching the Soul of Michelangelo. MIT Press Scolarship Online 2017; May(1).
  4. Grassi E, Palumnbo P. Seen/Unseen: Michelangelo master of camouflage and deception. Progress in Neuroscience 2013;1(1-4):117-123.
  5. Verlicchi A. Hidden anatomy in the Sistine Chapel ceiling: an overview. Progress in Neuroscience 2013;1(1-4):124-127.
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CARTAS A TORA 220

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