Termino de leer una novela del autor estadounidense T.C. Boyle intitulada “Drop City”, publicada en el 2003. Se trata de una obra que penetra en las entrañas del movimiento hippie, dentro de una de sus réplicas después del original de finales de los años sesenta. Narra la vida de una treintena de personajes en su desplazamiento de la luminosa ciudad californiana de Los Angeles hacia la tundra de Alaska, donde planean asentarse en forma definitiva y vivir de la cacería y de la pesca.
Es una obra por demás interesante que aborda a profundidad la personalidad de los principales protagonistas, para analizar liderazgos, fuerzas de cohesión y rupturas que puede haber en cualquier grupo humano que convive durante un tiempo determinado. Nos revela, además, con gran conocimiento de causa, el efecto que llegan a producir los alucinógenos en la personalidad y la interacción de unos con otros. De entrada, pareciera que a través de sus líneas el autor alienta a seguir ese estilo de vida desenfadado y hasta cierto punto irresponsable, pero en realidad el mensaje es paradójico: Nos presenta una realidad histórica con la crudeza que le es inherente, como una crítica social a ese movimiento que tuvo tantas repercusiones a nivel mundial en su momento.
Me deja reflexionando hasta qué punto se repite ese “laisser fair” de los padres de aquellos adolescentes rebeldes, en los tiempos actuales con los hijos adultos que se instalan eternamente en la casa paterna para seguir bajo el cobijo de los padres y no independizarse. Lo que se conoce en círculos especializados como el síndrome del nido lleno. Tal vez los hijos contribuyan activamente a la economía doméstica o tal vez no lo hagan, pero es evidente que en lo emocional siguen ahí debido a que no se animan a independizarse y salir a correr el riesgo de enfrentar al mundo por cuenta propia.
Es interesante adentrarse y tratar de entender qué elementos obran para que esos jóvenes adultos, los sesenteros y los actuales en iguales circunstancias, opten por vivir una primavera continua y dedicarse a pasar el tiempo en actividades de entretenimiento, sin asumir la responsabilidad de procurarse una vida propia e independiente, sino que deciden continuar como hijos de familia en tanto los padres vivan, transfiriendo a estos últimos la responsabilidad de ver por su sostenimiento.
Hasta hace algunos lustros la función de la familia era una sola: Tener hijos y prepararlos para continuar con su legado. Ahora las cosas son distintas, por una parte, con la inversión de la pirámide poblacional, resultado de que las parejas tienen menor número de hijos, o no los tienen, así como a causa de la carestía, que dificulta que un recién egresado pueda hacerse de un patrimonio propio. Pero, por otro lado, hay las condiciones emocionales que no favorecen la independencia deseable en estos hijos.
Según un artículo de la AARP, de diciembre del 2021, para el 2020 un 22% de un grupo de encuestados, hombres entre 25 y 34 años vivían en la casa paterna. A partir de ese panorama habría que ver cuál es el rol de los padres, si están resolviendo al hijo todas sus necesidades, desde alimentación, lavado de ropa y de su espacio, hay que decirlo, no le están ayudando en absoluto a madurar, a sentir la satisfacción de valerse por él mismo. Y en lo económico, si le permiten seguir con ellos subvencionando todos sus gastos personales, le están cortando las alas de la iniciativa personal.
La obra de T.C. Boyle, una buena lectura para visualizar lo que sucede en un sistema que no marca límites ni responsabilidades, y que pretende manejarse a través de quimeras. Novela extensa, pero que en realidad atrapa al lector desde el primer momento.
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