Empezó como un lindo regalo navideño que me dio mi Tía, pero desde ese día, el vasto jardín de la casa se pobló de grandes y ruidosos sapos. Al pasar los días se expandieron por otras áreas, incluso, algunos sapos lograban introducirse a mi coche y un par llegó hasta mi regadera. Escandalosos y de apariencia desagradable, no hacía su población más que crecer. Pese a que las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto, más de uno llegó a pasearse por la sala y la cocina.
Eso no fue todo, unas imágenes pasaron por mi mente durante recurrentes veces al día en el lapso de esos inusuales meses. Las imágenes eran de un hombre-monstruo-sapo-obeso. Cada vez se presentaban más en mi mente durante el día. Todo lo anterior sucedía, hasta que un buen día reconocí al personaje en cuestión, el de mis ya casi alucinaciones, era ni más ni menos que el pintor y muralista mexicano Diego Rivera. No tuve duda de su identidad.
Hasta ese momento tomé una decisión que resultó ser la solución definitiva. Prendí una fogata en el jardín, y no, no arrojé ahí a ningún batracio, que los había, ya multiplicados exponencialmente al momento, tan es así que se posaban sobre mis pies mientras caminaba y croaban a mi alrededor. Lo que terminó a parar a la hoguera fue el regalo hecho por mi tía: un libro a todo color y de gran formato de la vida y obra del mismísimo artista Diego Rivera.
Al minuto de quemarse el libro, había muchos menos sapos. Yo veía cómo se alejaban y metían entre los matorrales del jardín o sencillamente desaparecían. Adiós también a los malos sueños, pesadillas recurrentes de ranas gigantes que me acosaban sin cesar. Al juntar las cenizas del libro aquel y arrojarlas al contenedor de basura ya en la calle, salió volando de ahí una paloma blanca, sola y sin rumbo, que alzaba el vuelo hasta desaparecer de mi vista.
Solo rescaté una hoja del mencionado libro a todo color de un óleo de unos hermosos magueyes en un descampado. Enmarqué esa hoja y la colgué cerca del comedor, y ahora tarde a tarde me bebo frente a la tranquilizadora estampa un fino mezcalito oaxaqueño, no sin admirar el maguey que creció en el jardín, luego de unas pocas semanas de la inusual quema.
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