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OTRA HISTORIA DE FICCIÓN…  MUY REAL. La premonición (cuento)

Lo que nos traerá el mañana, / sólo lo sabremos / cuando llegue ese mañana. -Haruki Murakami

2 de abril, 2026 OTRA HISTORIA DE FICCIÓN… MUY REAL. La premonición (cuento)

Me deslicé por mi patio trasero y ahí estaba la imagen, en una esquina. Sólo yo podía contarla. Así lo ensayé. Es mi voz, mi historia, son mis palabras y mi tono. Comparto, pues, mi intimidad, a pesar de la distancia que guarde el lector con el espíritu de mi texto.

Fue un caluroso día de julio cuando un sueño interrumpió, como un presentimiento, mi paz. 

Antonio, sus hijas, mis hijos y yo caminábamos por una marina. La belleza de yates, veleros y algún barco de turistas que se abría camino hacia las fauces del Océano Pacífico, se mezclaban bajo un sol abrasador con nuestros vasitos rellenos de dos o tres bolas de helado artesanal, unos de mazapán con coco, otros de yogurt con frutos o mango con maracuyá. Nuestro andar era “paseador”, sin prisa. 

Llamó mi atención una melodía que con notas agudas salía de una flauta, la típica flauta escolar, supongo. Al escuchar la música pasó un bote tan cerca de nosotros que pudimos distinguir en su popa a un “marinero músico” que vestía una camiseta a rayas horizontales blancas y azules, de cabello castaño con rizos, un sombrerito de tela negra lo coronaba. Su pierna derecha estaba recargada en el casco del barco y sus manos muy dispuestas tocaban los acordes del instrumento musical. 

De repente una ola apareció de no sé dónde, con un movimiento huracanado sacudió el bote y el flautista salió volando. Apenas alcanzamos a escuchar un ¡aaaah! que habrá durado dos segundos. La flauta desapareció con el “marinero flautista” cuando cayeron al mar. Grité a Antonio que se ahogaba aquel muchacho, no había terminado mi grito cuando ya se había arrojado a las fauces del violento mar y sin pensarlo lo seguí para intentar rescatarlo. 

La siguiente imagen del sueño fue todavía más extraña. El flautista estaba amarrado por debajo del casco del bote, brazos y piernas extendidas. Su cabello flotaba, suspendido de un lado a otro. Vi las manos de Antonio que intentaba desamarrarlo de un pie, me hizo una señal, entendí que le debía dar respiración de boca a boca. Al voltear a ver la cara del marinero ¡era Antonio!, uno y otro, el que estaba atado y quien hacía todo lo posible por desatarlo.

Desperté desorientada. En la oscuridad de la habitación se dibujaban figuras abstractas que caminaban por paredes y techo. Después de un rato y varias pestañadas empecé a ubicarme. Escuché a lo lejos el roce del mar con la arena, apenas un murmullo. Antonio dormía a mi lado arropado por un letargo que me invitó a apretarme a su espalda, rodearlo con brazos y piernas. 

A la mañana siguiente, apenas tuve una taza de café frente a mí, le platiqué la historia del “marinero flautista”. 

—Collete, ¿crees en los sueños premonitorios?— se dibujaba una sonrisa burlona en su rostro.

—¡Claro que no!— yo sí solté una carcajada. Pero desde lo más profundo de mis recuerdos se asomó la figura de mi abuela. Mamá Elena era una mujer rellenita, encantadora, siempre chapeteada en extremo, arreglada desde temprano recibía en su tienda a clientas antiguas y nuevas atraídas por las novedades que le llegaban de Estados Unidos, ropa para niños, niñas y mujeres de todas las edades y tamaños. 

Mamá Elena tenía un don. Era algo así como una médium, pero de las buenas, buenas. Nunca quiso trabajar abusando de esa virtud; sin embargo, cuando alguna persona afligida o atormentada acudía a ella, se lo tomaba muy en serio. Siempre era en el antecomedor que estaba aislado del resto de la casa junto con la cocina. Se sentaba frente al “paciente”, y mi tío René, el mediano de cinco hermanos, se posicionaba atrás de mi abuela por si acaso. Tan sólo un papel y una pluma, el “paciente” empezaba a hacer preguntas, siempre dirigidas a la persona que había perdido y deambulaba en cualquier mundo. Mamá Elena cerraba los ojos, tomaba la pluma y anotaba las respuestas, lo sorprendente era que la letra con la que escribía las respuestas coincidía exactamente con la del difunto, en ocasiones hasta el idioma era distinto. Mi abuela sólo escribía y escribía. Cuando terminaba la charla, abría los ojos repentinamente y se encontraba con el “paciente” llorando o feliz, según hubiera sido la conversación.

Dejó de hacerlo cuando yo era pequeña y empezaba a hacer preguntas.

—Pues yo sí— me dijo Antonio.

No lo sé. Fue un sueño. Y ¡zas!, sucedió. La ex de Antonio buscaba la forma de ahogarlo.

 .  .  .

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Diana Carrillo Liceaga
Diana M. Carrillo L., originaria de La Paz B.C.S. Estudié la carrera de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. De vuelta en Baja California Sur viví en Cabo San Lucas en donde fui socia fundadora y directora editorial de la revista Tendencia el arte de viajar por Baja California Sur cuya finalidad es, hasta el día de hoy, promover el estado de B.C.S. desde sus virtudes culturales, naturales y turísticas con la colaboración de destacados historiadores y empresarios. Decido renunciar y regreso a la Ciudad de México en el año 2014. Realicé la Maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm y actualmente curso con la Universidad de Salamanca, y de manera virtual, el Máster en Escritura Creativa. He realizado una certificación con la misma universidad en Literaturas Digitales y Escritura con Inteligencia Artificial. Correo: [email protected] Instagram: @dianacarrilloliceaga Facebook: Diana Carrillo Liceaga
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