Camino de milagro. Esta muleta me da movilidad es el sostén único de mi pierna derecha. Si estoy con vida, obró en mí un milagro más, sin duda.
Mi gatito anaranjado un buen día amaneció en los amplios jardines de la casa, echado en un puente donde abajo hay un gran lago artificial dónde cultivamos lirios y criamos ornamentales carpas multicolores.
Ante mi atónito asombro, me acerqué al escuchar sus ronroneos en altos decibelios, como si de una motocicleta potente se tratara. ¡Cuál sería mi sorpresa al atestiguar su tamaño gigantesco, vamos, un león o un tigre de bengala eran seres diminutos a su lado!
–”Michi hermoso, mi Orange, ¿qué te pasó?” – le pregunté, ante lo que siguió un manotazo que me mandó a volar a unos tres metros de altura y a unos cuatro de distancia. Aterrado, ahora sí, corrí, pero a los pocos pasos y apenas metido en medio de una maceta grande con helechos, me pescó con sus enormes garras, parecidas a filosos garfios, de ahí me adiviné en su boca los colmillos y demás dentadura hoces blancas que se movían en todas direcciones, haciéndome sentir como en una lavadora gigante.
Me acordé de mi navaja suiza que estaba dentro de un bolsillo trasero de mis jeans. La saqué y con movimientos rápidos y repetitivos me vi de pronto tirado en la banqueta del otro lado de uno de los muros del jardín que dan a la calle, lleno de una masa viscosa verde. Orange me había escupido y se había echado a correr. Alcancé a verlo subir la montaña mientras la tierra temblaba. Sin duda me quiso comer cual lagartija y prevaleciendo su instinto, sin importarle que yo mismo lo recogí de un basurero, lo alimenté desde recién nacido, le di cariño, techo, alimento y todo tipo de tolerancias.
No sé ya qué sucedió después, de hecho para mi familia y los noticieros yo había tenido un lapsus de locura, quizás por exceso de café (que los médicos al salir del hospital luego de una semana, me prescribieron la prohibición de consumirlo más).
Agradezco a Dios el continuar con vida, así sea con ciertas limitantes físicas, pero debo confesar que lo que quizá me tenga más triste sea sentirme como en aquella canción de MECANO al leer un importante diario en su encabezado de nota roja: “Asaltantes con mortales armas hechizas dejan malherido a vecino de la zona del desierto de los leones, al tiempo que su hija llega, apenas a tiempo, para su oportuno auxilio”.
A Orange, por cierto, nunca nadie lo volvió a ver jamás, pero cada que desaparece un perro de la zona, no puedo evitar pensar en la posibilidad de que él haya bajado a hacer de las suyas.
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