Los Olvidos Parte 18

Los paquetitos de cartas y postales no estaban ordenados  por fecha  o remitente, sino nada más  para que se conservaran mejor y no estuvieran desbalagadas en la caja de cartón. La esposa de don Marcelino había tenido...

16 de diciembre, 2020 los olvidos

Los paquetitos de cartas y postales no estaban ordenados  por fecha  o remitente, sino nada más  para que se conservaran mejor y no estuvieran desbalagadas en la caja de cartón. La esposa de don Marcelino había tenido el buen sentido de colocar cartas y postales con suficiente espacio entre los paquetitos para evitar el moho inevitable en un encierro oscuro. Seguramente habían conservado las cajas en un sitio ventilado y fresco,  porque de otra forma no se habrían salvado  de los efectos destructivos de la humedad combinada con la sal y el calor.

Las postales no estaban mezcladas con las cartas contenidas en  sobres con bordes azul, blanco y rojo clásicos del incipiente correo aéreo de entonces. Me sorprendió percatarme  de que no solamente no despedían un olor de deterioro y encierro sino un aroma de perfume apenas perceptible pero evidente. No había yo tenido oportunidad de probar el perfume rescatado por la esposa de don Marcelino, pero imaginaba yo que sería el mismo que despedían esas cartas y postales.

Los sobres se veían en muy buen estado.  No estaban amarillentos a pesar de que las fechas de esa correspondencia oscilaban entre finales de los  años 30  y principios de los 50, es decir que tenía ante mí, cartas y tarjetas de casi cuarenta años de haber sido escritas. Todas estaban en inglés.

Pensé que Emmanuell Claymon tendría que haber entendido suficiente español por el tiempo que había pasado en Zacatecas tratando con autoridades y mineros de los que si acaso serían muy pocos los que entendieran inglés, pero difícilmente podría haber entre aquellas cartas y  postales correspondencia de negocios o trabajo.

Escogí un sobre de papel aéreo que  tenía dos sellos  que conmemoraban el 300 aniversario de la imprenta en Estados Unidos: U.S. postal stamps of 1939. Había yo estado revisando los timbres postales,  las fechas en las tarjetas, la caligrafía y las firmas; las estampillas  de ese sobre llamaron mi atención y por eso decidí abrirlo y leer su contenido.

 

                                                                            Acapulco, Saturday April 1st, 1939




Darling Jeri, 

We just arrived in Acapulco after an unbelievable but tiring flight.

After three stopovers in the Gulf of Cortes, Manzanillo and Vallarta we finally landed in Acapulco on this beautiful Friday, shortly before dusk.

Juan Trippe the owner and president of Pan American Airways offered us one of his flying boats to fly along Mexico’s Pacific coast all the way to Acapulco.

We were quite a small party of only eight passengers, so there was one crew member for each of us (including the captain, the flight engineer and the navigator).

It took us three days to arrive in Acapulco because we stayed overnight in all three ports where we made stopovers to refuel and check that everything functioned well.

If I tell you that Acapulco is a place of unlimited alluring beauty, I would not do justice to this enigmatic hidden corner of the world.

Acapulco is still a small fishermen’s village, yet it harbors mysteries combined with history and legends.

During Spanish domination Acapulco was the gateway for silks, spices and many more merchandises and commodities carried by the Manila galleon also known as the China vessel.

The Philippines were also colonies through which Spain traded with India, China, Japan, Indonesia, Siam and many of the South Pacific islands.

As we approached the dock after landing, we could see flocks of seagulls, pelicans, herons and parrots splashing the landscape with multiple and vivid colors all around us.

We could not go nearer the pier so the harbor master sent two rowing boats to take us ashore.

Edward Atherton’s wife, Jennifer, became airsick when we crossed a brief turbulence after leaving Vallarta. 

The rest of us fared quite well all along.

I am eager to meet Henry Ralph who will show me the plot of land that meets the qualities I am looking for to build our home; he has told me it is a spot with incredible vistas to the Pacific where you command an uninterrupted view to the north beyond the Quebrada cliffs all the way to Pie de la Cuesta, and southwards endlessly over and beyond the island known as La Roqueta.

He told me that at the top of that salient known as Explanada, there is a constant breeze that would spare the need of fans if the right architectural orientation takes proper advantage.

Imagine a house whose cooling system is no other than the crosswinds that prevail at the top of those cliffs.

I haven’t seen you for less than a week and I miss you dearly!

You and Matilda must come with me the next time; we can stay a few weeks either at El Mirador or at Flamingos which happen to be quite near the place Henry Ralph is going to show me.

I have sort of a premonition about that spot; I am strongly attracted by the idea to build our house in such a special location. 

I am sure it will be possible to place a long distance call to hear your voice once I unpack and settle down in either hotel.

Give my love to Matilda for me.

I love you so very much.

Ever yours,

 E 

Estaba yo absorto en la revisión de estos tesoros cuando escuché pasos que se acercaban;  dejé por un momento las postales que estaba revisando para saludar a don Marcelino que estrechó mi mano.

¿Cómo va con esto joven?

Caray, don Marcelino, es toda una aventura. Siento que viajo a  través del tiempo a épocas de las que me ha hablado mi abuelito, mi mamá, mi tío Carlos que vive aquí en Acapulco, doña Rosita, y muchos amigos que vivieron en ese entonces y me comparten sus recuerdos. Pero esto no son anécdotas ni referencias de terceras personas sino la expresión de sentimientos,  vivencias,  descripción de emociones, recuerdos y confidencias de protagonistas directos. Son ellos mismos los que hablan repitiendo las palabras que ustedes recataron y que están atesoradas en esas dos cajas.

Lo bueno es que usted entiende inglés joven,  porque nosotros no. Lo que sí leímos desde que los encontramos, son los periódicos y las revistas que están en la otra caja. 

Por cierto, don Marcelino, quería decirle que el otro día que me prestó usted la fotografía de la pareja que estaba en el Mirador, se la enseñé a Doña Rosita.

¿Y ella supo quiénes eran las personas del retrato?

¡Cállese!  ¡No me lo va ni a creer! Ya sé  quién es la  joven de la fotografía…

¿Quién es?

La hija del dueño original de aquí.

¿Se lo dijo Doña Rosita?

¡Claro, don Marcelino! Pero no solo eso. Me dijo que ella la cuidaba cuando era todavía niña y además todavía la quiere mucho, pero mucho de verdad.

¿De veras?

¡Se lo juro! Doña Rosita me dijo que no la había vuelto a ver desde el día en que le tomaron ese retrato en el Mirador.

¿Y el joven que se ve con ella, quien era?

No hubo ni chance de preguntar, y la verdad, no me importaba mucho.

¿Y eso?

No sé, pero cuando vuelva al Faro seguramente me lo dirá doña Rosita. Pero quiero decirle algo y espero que no se vaya  usted a enojar conmigo.

¿A quién mató? 

A nadie, don Marcelino,  pero lo que pasa es que no me atreví a pedirle la foto a doña Rosita. La tenia sostenida con las dos manos como si estuviera abrazando a su hija.Ni siquiera se percataba  de que yo seguía  ahí con ella. Verla sosteniendo esa foto era como ver a alguien que se abrazara muy fuerte con una persona verdaderamente querida  con la que se hubiera reencontrado después de haber perdido la esperanza.

¿Entonces Doña Rosita se quedó  con la foto?

Sí don Marcelino, es lo que le quería decir y para colmo de males, no la pude duplicar porque se me olvidó pasar a la foto Germana que está en la esquina del Oviedo en el centro.

Ni se apure joven.  Nosotros ni sabíamos que existiera ese retrato y además,  si para doña Rosita significa tanto, no tiene caso pedírsela para regresarla al cajón donde nadie la ve.

Eso mismo pensé que diría usted.

Pues le atinó joven, ¿ya ve?

¡Qué bueno, don Marcelino! No quería que pensaran ustedes que abuso de su confianza.

Eso no es abusar. Si para doña Rosita significa tanto, ahí es donde debe de estar esa foto. ¿No me dijo usted que fue como un reencuentro?

Así es.

Pues entonces ni se preocupe; esa foto está con quien tenía que estar.

 

Comentarios
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despacho para poder  “hacer mi tarea” como me aconsejó Doña Rosita Salas. Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener. - La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice. - Gracias Don Marcelino; yo le digo.  No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué.  - ¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos? - No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja. - Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo. - No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo? - Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros… - Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica. - No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado. Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas. - ¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas? - Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué. - No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera... - Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café.  - Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo. En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…" ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos - Parte 30" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-30" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-21 09:09:44" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 14:09:44" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64305" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } [1]=> object(WP_Post)#4482 (24) { ["ID"]=> int(64624) ["post_author"]=> string(2) "60" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-28 09:11:16" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-28 14:11:16" ["post_content"]=> string(8035) "Francis Bacon nació en Dublín (Irlanda) el 28 de octubre de 1909 y fallece en Madrid (España) el 28 de abril de 1992. El día de hoy se cumplen 29 años de su deceso. Fue un pintor de estilo figurativo idiosincrásico, caracterizado por el empleo de la deformación pictórica y gran ambigüedad en el plano intencional. Autor de 584 pinturas y de alrededor de 600 dibujos.  Considerable ambivalencia puede además ser detectada en comentarios suyos, tales como “quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas, como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba» o «acaso algún día logre capturar un instante en toda su violencia y toda su belleza”. Estilísticamente, a lo largo de su carrera Bacon recurrió tanto al surrealismo como al expresionismo, mas su obra pertenece a aquello que se denomina Nueva Figuración o Arte Neofigurativo, tendencia de posguerra que retoma la figura humana pero a su vez también la distorsiona. ​Bacon posiblemente sea el representante más destacado de la mencionada tendencia.  A la pintura de Bacon también se la considera en términos de "Arte Existencialista". Y, si bien todas las designaciones mencionadas son pertinentes en el caso de Bacon (y a veces incluso complementarias entre ellas), lo cierto es que la pintura de Bacon suele por lo general resistirse a ser clasificada. Y ello no es accidental: a lo largo de su carrera como pintor, Bacon declaró no pertenecer a ningún movimiento artístico, sin por otra parte alinearse o identificarse con ninguno de ellos.  Solo Picasso representaba para Bacon la gran fuerza creadora e inspiradora, el referente artístico potente por excelencia y el punto de partida para toda posible contribución del anglo-irlandés en su quehacer plástico. En efecto, Bacon se inició en el arte desarrollando una línea pictórica postpicasiana y basándose en la vía abierta que Picasso dejó entre la figuración y la desfiguración. Bacon plasmó considerable angustia en sus cuadros. Trabajó la representación de la figura humana, pero desfigurándola y posicionándola en espacios cerrados e indeterminados. Inicialmente la pintura de Bacon involucró una enorme tensión y una imaginería rayana al sensacionalismo; con el correr de los años, la tensión gradualmente tendió a mermar en su obra y el pintor llegó a crear imágenes que continuaron en cierta medida siendo inquietantes pero que también resultaban exultantes de esteticidad.  La teatralidad y la magnificencia fueron dos factores cruciales en la producción artística de Bacon y, en buena parte, fue gracias a estos aspectos de su obra que Bacon alcanzó el éxito como pintor. Según Bacon, su arte es en gran medida autobiográfico. Pero para desarrollarlo, Bacon recurrió a un sinnúmero de imágenes provenientes de la Historia del Arte, los medios de comunicación masiva, y fotografías e ilustraciones médicas provenientes de manuales diversos. ​En no pocas de sus pinturas Bacon evoca la violencia de la Segunda Guerra Mundial, entremezclándola con vivencias íntimas suyas. En su serie de Crucifixiones (1933-1968) y en un cuadro titulado Cabeza rodeada de flancos bovinos de 1954 Bacon rememora tangencial e insistentemente aquello que lo obsesiona: la agresividad del ser vivo y aquello que él entiende como su innata e inexorable inclinación hacia la violencia. Los retratos y autorretratos constituyen una parte importante de las pinturas de Bacon, entre las que se destaca George Dyer en un espejo de 1968, obra donde el pintor sugiere la vulnerabilidad y la fragilidad del ser, que pertenece a la colección del Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid.  Bacon hizo retratos prescindiendo de poses tomadas del natural; los desarrolló a partir de fotografías; retrató por lo general a sus compañeros íntimos y amigos, también a gente famosa o por él muy bien conocida. Además de desarrollar varios retratos de Peter Lacy, George Dyer y John Edwards, Bacon retrató también a Henrietta Moraes, Isabel Rawsthorne, Muriel Belcher, Lucian Freud, Peter Beard y Michel Leiris, así como eventualmente también a HitlerPío XII y Mick Jagger. ​Así, durante la primavera de 1992 un infarto acabó con la vida del pintor.   NOTAS https://es.wikipedia.org/wiki/Francis_Bacon_(pintor)" ["post_title"]=> string(24) "Francis Bacon, el pintor" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(23) "francis-bacon-el-pintor" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-28 09:11:16" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-28 14:11:16" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64624" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18115 (24) { ["ID"]=> int(64305) ["post_author"]=> string(2) "32" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-21 07:19:08" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 12:19:08" ["post_content"]=> string(13678) "Regresé a Acapulco después de tres semanas que dediqué a atender pendientes de mi despacho para poder  “hacer mi tarea” como me aconsejó Doña Rosita Salas. Llegué una vez más a la puerta de Los Olvidos donde me recibió Don Marcelino tan amable como siempre. - Cada vez llega usted más temprano joven; ¿Cómo le va? Ahora sí se tardó un poquito más en venir, hasta lo estábamos extrañando.  - Tuve que estar en México un poquito más que de costumbre para no atrasarme y no desatender mi despacho. - ¿Qué tal se le antojaría un cafecito de olla,  joven? - Claro, Don Marcelino, a poco tiene ahorita café de olla. - Y recién hechecito. - ¿Nos lo tomamos en el escondite, Don Marcelino? - Ahí mero si quiere; espéreme por aquí  y ahorita los traigo. -Unos minutos después regresó  con dos jarros de barro humeantes. - Y en jarritos,  como debe ser. - Claro, joven, el café de olla y el ponche se toman así  o no saben igual de bien. Jarrito en mano, nos encaminamos al escondite, y una vez ahí nos sentamos sobre la banquetita que yo llamaba el redondel, listos para la plática que no habíamos podido tener. - La última  vez que anduvo usted por aquí, ya no me dijo nada del perfume; por cierto que lo recogió mi esposa,  pero si lo necesita de nuevo, nada más me dice. - Gracias Don Marcelino; yo le digo.  No me sentía yo en ánimo  de relatarle lo que había sucedido con el perfume, y no creo que Don Marcelino lo imaginara; sin embargo, había algo en su mirada siempre viva, que parecía decirme que sabía que algo  había ocurrido aunque no podría saber exactamente qué.  - ¿Y qué le dicen los diarios y las cartas, joven Pecos? - No he leído todo, Don Marcelino. Hasta ahora he revisado algunas entradas del diario de 1942, que comienza en el mes de junio y un diario que estaba en la otra caja, que es de 1943 y que encontré de casualidad, porque yo creía que todos   los diarios estaban en la misma caja. - Usted revise todo lo que quiera. Incluso me dijo mi esposa que a la mejor le vendría a usted mejor llevarse las cajas a su casa y leerlas sin necesidad de estar yendo y viniendo. - No se me había pasado por la cabeza la idea, Don Marcelino, si de verdad no hay problema, me las llevo. ¿Pero podría seguir viniendo? - Una cosa no tiene que ver con la otra, joven; además, si le soy sincero, creo que todas esas cosas no aparecieron  para que las leyéramos nosotros… - Caray, Don Marcelino, me sorprende  usted porque no esperaba esto, muchas gracias. Debo decirle que he estado pensando  en esta casa, y  desde cuándo comenzó a llamarme la atención. Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. Nunca había yo oído a Don Marcelino hablar de esa forma; siempre había yo pensado (y con razón) que era un hombre sensible e inteligente; alguien a quien no se le escapaban los detalles. Escuchándolo hablar así, disfrutaba doblemente; su conversación y el café de olla que era un perfecto acompañamiento. - Sé que le he dicho que la casa tiene vida, pero vida  impregnada de  nostalgia; el verla tan hermosa pero casi totalmente vacía, descuidada y sin sus dueños hace que uno imagine sus  mejores tiempos y lamente que hayan pasado de esta forma. Una vez más, siento que muchas respuestas deben estar en esas dos cajas de cartón y tal vez en otros rincones de la casa, como su baldosa, ya ve usted. Si usted se sentía atraído por Los Olvidos estando muy lejos y a pesar del tiempo transcurrido terminó llegando hasta la puerta pidiendo entrar, imagínese nosotros que viviendo aquí, percibimos la fuerza de la casa hasta imaginarla en sus tiempos de esplendor. Cuando usted vino la primera vez, mi mujer me preguntó quién era. Aun cuando nadie antes que usted había venido aquí a pedir que los dejáramos pasar para conocer la casa, siempre tuvimos la idea de que alguien llegaría alguna vez como usted llegó. La vez que yendo por el jardín encontró usted marcada la fecha de su nacimiento en una de las baldosas del caminito,  le dije a mi mujer y su comentario me sorprendió sinceramente. - ¡Ah caray!, ¿pues qué le  comentó? - Se va usted a sorprender. - ¿Qué le dijo su señora? - Mi señora me dijo: ¿te acuerdas que te lo  dije? Al decirme ésto, Don Marcelino me sonrió con afecto y picardía. Saboreaba mi reacción y su café de olla. - ¿Eso le dijo nada más? - Eso dijo para comenzar. Luego dijo que siempre había tenido curiosidad por la fecha grabada en aquella baldosa, y también me dijo que para ella, todo lo que fue guardando cuidadosamente en las dos cajas, tendría que ver con esa inscripción, y por eso cuando usted llegó pidiendo permiso para entrar, a ella lejos de sorprenderla, le pareció algo que tenía que pasar. Yo no sé quién haya grabado esa fecha ahí, pero sí puedo decirle esto: La respuesta a todas estas dudas, tiene que estar en esas cajas; todo lo que está escrito en esos diarios y en las cartas, no era para nosotros. Algunas veces llegamos a comentar que alguien tendría que leer todo eso; no podíamos imaginar que todos esos mensajes se perdieran como hojarasca al viento, o terminaran en la basura sin que las leyera quien tenía que leerlos. Joven Pecos, usted no vino aquí por curiosidad; creo que usted no sabía a qué había venido,  pero  sí  sabía que tenía que venir; ahora puede  usted  descubrir por qué.  ¿Puedo hacerle una pregunta, joven? - Claro que sí, Don Marcelino. - ¿Qué fue lo que vio en el  jardín aquella vez que llegué retrasado  y lo encontré en el corredor allá arriba? - Mientras lo esperaba en el corredor, estaba recargado en la barandilla mirando hacia el palmar sin poner especial atención en nada. De pronto escuché un sonido como de pasos sobre las hojas secas que había en el jardín, y vi a una joven caminando por el palmar, llevaba un vestido blanco y el cabello largo, un poco más  abajo  de los hombros. En ese momento llegó usted llamándome, ¡y lo echó todo a perder! Don Marcelino no esperaba que le dijera yo eso, y puso cara de sorpresa, sin saber cómo reaccionar. - ¡Es broma, Don Marcelino! Lo que pasa es que al mirar nuevamente hacia el jardín, la joven ya no estaba, y yo quería haber visto su cara; sus ojos. Pero entonces usted me dijo que no había nadie más que usted y su familia y que me había yo imaginado a la  chica. - No, joven, es cierto que le dije que estábamos mi familia y yo y que no había invitados, pero no le dije que se la había usted imaginado. Se nos había pasado el tiempo muy rápido, y Don Marcelino amablemente me dijo que tenía que hacer algunas cosas. - ¿Va a ir al mirador a seguir revisando las cosas? - Sí, Don Marcelino, ¿y sabe qué?  Si no le importa, por ahora no me quisiera llevar las cajas; preferiría seguir leyendo los diarios y ver las fotos aquí mismo; creo que es lo mejor, aunque no sé  decirle por qué. - No hay problema, joven Pecos, ya le dije que usted puede venir todas las veces que quiera... - Gracias, Don Marcelino, entonces nos vemos al ratito, y gracias por el café.  - Ándele joven, yo aquí voy a andar si se le ofrece algo. En camino al mirador me detuve en el corredor para ver el palmar, el cerro de la Pinzona se veía claramente; lo fui recorriendo con la vista hasta que pude localizar la casa Ralph; al verla desde aquí, imaginé si ella alguna vez se habría detenido en este mismo punto mirando hacia allá; qué habría estado pensando; qué habría estado sintiendo…" ["post_title"]=> string(22) "Los Olvidos - Parte 30" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(20) "los-olvidos-parte-30" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-04-21 09:09:44" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-04-21 14:09:44" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=64305" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } ["comment_count"]=> int(0) ["current_comment"]=> int(-1) ["found_posts"]=> int(20) ["max_num_pages"]=> float(10) ["max_num_comment_pages"]=> int(0) ["is_single"]=> bool(false) ["is_preview"]=> bool(false) ["is_page"]=> bool(false) ["is_archive"]=> bool(true) ["is_date"]=> bool(false) ["is_year"]=> bool(false) ["is_month"]=> bool(false) ["is_day"]=> bool(false) ["is_time"]=> bool(false) ["is_author"]=> bool(false) ["is_category"]=> bool(true) ["is_tag"]=> bool(false) ["is_tax"]=> bool(false) ["is_search"]=> bool(false) ["is_feed"]=> bool(false) ["is_comment_feed"]=> bool(false) ["is_trackback"]=> bool(false) ["is_home"]=> bool(false) ["is_privacy_policy"]=> bool(false) ["is_404"]=> bool(false) ["is_embed"]=> bool(false) ["is_paged"]=> bool(false) ["is_admin"]=> bool(false) ["is_attachment"]=> bool(false) ["is_singular"]=> bool(false) ["is_robots"]=> bool(false) ["is_favicon"]=> bool(false) ["is_posts_page"]=> bool(false) ["is_post_type_archive"]=> bool(false) ["query_vars_hash":"WP_Query":private]=> string(32) "d857c03e28de966ecadf59a38d48e957" ["query_vars_changed":"WP_Query":private]=> bool(false) ["thumbnails_cached"]=> bool(false) ["stopwords":"WP_Query":private]=> NULL ["compat_fields":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(15) "query_vars_hash" [1]=> string(18) "query_vars_changed" } ["compat_methods":"WP_Query":private]=> array(2) { [0]=> string(16) "init_query_flags" [1]=> string(15) "parse_tax_query" } }
Los Olvidos

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