Los Olvidos | Parte 14

Después de abrir la puerta, don Marcelino me guio por el corredor en dirección a “la proa” de la casa; ahí me dijo que tenía unos encargos de qué ocuparse, pero antes de retirarse me  dijo: -Está...

18 de noviembre, 2020 los olvidos

Después de abrir la puerta, don Marcelino me guio por el corredor en dirección a “la proa” de la casa; ahí me dijo que tenía unos encargos de qué ocuparse, pero antes de retirarse me  dijo:

-Está usted en su casa…

Subí las escaleras de la primera vez, pero al llegar al piso superior, viré a la izquierda en dirección a la habitación principal: “el Mirador”. El “mirador” estaba exactamente sobre la terraza de los arcos que a su vez estaba sobre el salón de billar que finalmente descansaba sobre el “velador”.

Era un verdadero espectáculo con ventanas por tres lados dándole una vista de 180 grados dominando desde Pie de la Cuesta hasta más allá de  La Roqueta a ambos lados, y de frente,  hasta Filipinas desde donde venía a Acapulco la legendaria Nao de China.

A un lado del tocador, estaban las dos cajas de cartón que me dejó la esposa de don Marcelino para que viera su  contenido y leyera los  diarios, las cartas, las postales, o las revistas y los periódicos.

Abrí las puertas que daban hacia el mar, para que corriera la brisa libremente. Me senté en un sillón individual de mimbre y acerqué una de las cajas. En su interior estaban unos diarios,  y cuidadosamente ordenados,  varios paquetitos de cartas y postales. Tomé el primer diario que estuvo a mi alcance, lo sostuve en mis manos sintiendo su peso, la textura de su forro, el tacto de sus hojas, y su olor…




Estaba a punto de escuchar la historia íntima de alguien que había vivido aquí, visto el mismo paisaje que estaba viendo yo, que había  escuchado el sonido del oleaje contra ese mismo arrecife y jugueteado con sus sueños en esa misma  casa que hasta hacia muy poco, yo solamente había admirado de lejos. En el instante que yo decidiera abrirlo, surgirían palabras que habían permanecido calladas en ausencia de quien  pudiera leerlas y sobre todo, en ausencia de quien las había escrito… aunque tal vez no. Quizás al escuchar los secretos guardados en ese diario, sería yo confidente de quien lo había escrito,  sería un confidente llegado a través de mucho tiempo.

Estuve a punto de abrirlo al azar, pero decidí comenzar por la primera página como si alguien me hubiera pedido que leyera desde el principio, desde la primera página. 

June 29, 1942   

Dear diary, 

The sea is crashing against the rocks; the weather is gloomy and unusually cold for Acapulco, it seems like we’ll have a rainy afternoon.

I never tire of looking at the waves endlessly spraying the cliff…

I can hardly bear the sadness of being here without him and this weather doesn’t help.

When will he come again?

I have only seen him a few times but he is no longer a stranger to me.

I can sense his soul since before he could even imagine.

I would love to get lost in his eyes to discover his dreams.

A sailing boat passed by the house projecting its beautiful shape against the horizon; for some unknown reason sailing boats are alluring to me.

I don’t remember having felt like this before…

I hope the sun comes out tomorrow; I need the sky and the sea to dress in full endless blue.

M  C

(29 de junio de 1942

Querido diario,

El mar choca contra las rocas, el clima es sombrío e inusualmente frío para Acapulco, parece que tendremos una tarde lluviosa.

No me canso de mirar las olas que rocían sin cesar el acantilado …

Apenas puedo soportar la tristeza de estar aquí sin él y este clima no ayuda.

¿Cuándo vendrá de nuevo?

Solo lo he visto unas pocas veces pero ya no es un extraño para mí.

Puedo sentir su alma desde antes  que él  pudiera siquiera imaginarlo.

Me encantaría perderme en sus ojos para descubrir sus sueños.

Un velero pasó junto a la casa proyectando su hermosa forma contra el horizonte; por alguna razón desconocida, los barcos de vela me atraen.

No recuerdo haberme sentido así antes…

Espero que mañana salga el sol. Necesito que el cielo y el mar se vistan de azul infinito.

M C).

El 29 de junio era la primera entrada de ese diario de 1942.  Me di cuenta que entre algunas de las páginas  había flores resecas, y despedía un aroma de perfume de mujer apenas perceptible.

Me sorprendió que al estar cuidadosamente revisando el diario, cayó al suelo una fotografía en blanco y negro con la imagen de una pareja tomada de la  mano, viendo la puesta de sol en el hotel Mirador. Reconocí el lugar donde fue tomada la imagen,  porque estaba el famoso timón de barco con el nombre de El Mirador que adornó su terraza por mucho tiempo. Hay quienes creen que en cada fotografía se queda parte del alma de quienes son retratados. Ahora sé que es verdad.

Basta con observar detenidamente ciertas imágenes para percatarse de que todas capturan un instante irrepetible en la vida de alguien. Narran la historia de un suspiro efímero del  que, no obstante, queda una mínima chispa grabada para siempre. La joven pareja había permanecido tomada de la mano al interior de ese diario hasta que cayó de entre sus hojas y yo la pude ver. Por eso los devolví  de nuevo  a la intimidad de su sitio entre las páginas.

Los tres diarios tenían una cubierta de piel muy fina de color azul pálido y broches para poder cerrarlos con una llavecita que no tenía ninguno de los tres. Desde las primeras líneas supe que la dueña del diario era una mujer; una mujer enamorada.

Por un momento aparté mis ojos del diario,  vi hacia fuera el estrecho andador que dividía el tejado por  el centro y la  imaginé viendo pasar el velero frente a la casa. Pude sentir cómo me invadía su nostalgia, pero no me resistí. 

La esposa de don Marcelino había guardado los diarios y las cartas con mucho cuidado. Las cajas de cartón estaban forradas por dentro  con papel estampado de flores; en la primera que comencé a revisar, los diarios estaban  apilados uno sobre otro y las cartas, (más cartas  que  lo que había yo pensado) atadas con listones  en pequeños paquetes igualmente ordenados.

Las revistas y los periódicos estaban en la otra caja dispuestos con idéntico cuidado y orden.

El primer diario que tuve en las manos era de 1942, el segundo era de 1934 y el último correspondía a 1951. Me llamó mucho la atención un espejo de mano, con el tallo más o menos largo que las damas solían usar frente a sus tocadores para revisar que sus peinados estuvieran perfectos.

¿Cuántas veces se habría reflejado ahí  la cara de aquélla  mujer?

Me acordé de una historia en la que la protagonista atravesaba por un espejo  hacia una dimensión alterna…

No  podía; no quería yo leer de golpe las páginas del diario que tenía entre mis manos. Quería yo darme tiempo para sentir lo que ella había sentido; para comprenderla y conocerla. Volví al 29 de junio de 1942.  Traté de revivir las imágenes de aquella joven confiándole sus sentimientos a ese diario escrito con una caligrafía perfecta que más bien parecía dibujada;  las palabras escritas sin desbordarse, pero delatando sentimientos muy claros e intensos. En sus palabras sencillas alternaban la ilusión y la incertidumbre; sus anhelos y sus  temores.

Dejé el diario sobre el tocador con mucho cuidado, y me dirigí al mirador.  Sentí la brisa sobre mi cara y cerré los ojos un instante para disfrutarla. Al pie de Los Olvidos, el mar jugueteaba con el  acantilado yendo y viniendo intermitentemente. Volvió a mí la imagen del hermoso velero que ella había visto pasar y que se quedó fondeado en el  muelle de sus palabras en  ese diario, a la espera de zarpar de nuevo, pero con ella a bordo.

Puse la fotografía de la pareja en su lugar y cerré el diario lentamente, luego lo dejé en la caja y salí de la habitación. Descendí la escalera con calma. Me detuve frente al barandal del corredor frente al jardín donde las  palmeras se mecían suavemente murmurando sus secretos. Redescubrí el sendero que serpenteaba a lo largo  del jardín por el que salí de Los Olvidos la primera vez; luego seguí bajando  hacia la terraza de los arcos para ir a despedirme de don Marcelino.

Ya me voy Don Marcelino; ¿puedo venir de nuevo?

Claro que sí, cuando quiera. El patrón casi no viene, y siempre nos manda avisar con un sobrino suyo que vive aquí en Acapulco.

En el camino de regreso a mi casa, iba yo pensando en ese 29 de junio de 1942 preguntándome  a quien pertenecían  las iniciales M.C.

Comentarios
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El portero se puso pesado con que quería una respuesta inmediata; pero la voz de Madame Sura se hizo casi un  rugido, echó chispas por los ojos y le dijo que no la presionara. El portero se impresionó mucho, aunque lo disimuló bastante bien, y le dijo que la esperaba hasta el domingo, pero no más. Yo me pasé esos días en la vivienda de la Madame, pues quería ver lo que iba a preparar para el domingo. Pero ella siguió con sus paseos por el patio, aunque sí noté que platicaba más con las vecinas, y cuando llegaba a su casa escribía algunas notas y pasaba algunos ratos pensativa. Y llegó el domingo. Precisamente, el portero había citado a los vecinos a junta para discutir alguna tontería, así que estaban casi todos en el patio, sentaditos, esperando las palabras de la “autoridad máxima”. Y a las doce en punto, cuando el patio hervía de expectación, apareció Madame Sura, que por cierto se veía más alta (aquí entre nos, se puso unos tacones enormes, que no se le notaban porque llevaba una falda muy larga) y más desmelenada que nunca, y de un salto se plantó en el estrado, frente al portero. Este como que se chiveó (Diccionario Folklórico, por favor) un poco, pero aguantó como un buen torero y hasta la miró con ojos centelleantes (se había puesto un poco de diamantina en los párpados para la ocasión). Entonces, Madame Sura hizo unos giros rápidos, en que le revolotearon todas las túnicas y trapos que se había puesto, y con voz salida de las entrañas de la tierra, dijo: -Cuidado con lo que haces, cuidado con lo que pides. Los hados te han sido favorables, pero se te pueden voltear. Y si exiges más de lo que debes, te secarás por completo, y ya no podrás regar a ninguna Flor. Ni siquiera a una hierbita. El portero se quedó pálido, porque precisamente la Flor lo estaba esperando en la portería, y venía bastante alegre y jacarandosa, y no quiso ni  imaginar lo que pasaría si se quedaba seco. Así que canceló la junta, alegando una leve indisposición, se tomó unos cuantos alipuses (te imaginas lo que son, ¿no?) y puso en acción la regadera. Sin embargo, no se volvió a acercar a la Madame; la saludaba muy atentamente cuando se la encontraba en el patio, y la dejó hacer su negocio tranquilamente, Lo que puede una amenaza bien dicha, ¿verdad? Bueno, mi amor, pórtate bien, y hasta la próxima. 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Hace un año solíamos leer por todas partes la triste lamentación al sentir que nos arrebataban la primavera con el confinamiento al que fuimos obligados por el brote pandémico, pero este año, parece como si el equinoccio nos anunciara una pizca de esperanza de que estamos al final y no al inicio de una angustiante época en nuestras vidas. Ayer 21 de marzo, celebramos el inicio de la estación primaveral y a la par, el día mundial de la poesía que según la UNESCO “conmemora una de las formas más preciadas de la expresión e identidad y lingüística de la humanidad. La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz.” Así que viene bien revisar un poco al respecto. El término poesía proviene del griego poiesis (creación) compuesta por el verbo poiein (hacer o crear) y se asocia con una raíz indoeuropea *k~ei- (hacer, construir). Platón utilizó el término inspiración para referirse a la fuente de creación del poeta como si se tratara de un don gratuito recibido. Aristóteles consideraba a la poiesis como una de las tres categorías en que dividía las actividades humanas (teoría y praxis eran las otras dos). Así que puede decirse que todo lo que la humanidad es capaz de pensar, sentir o imaginar es poesía. En literatura, el fondo de toda obra corresponde al pensamiento y la forma es el medio de transmitirlo; en la poesía, las formas pueden apegarse a la rima y métrica como el caso del soneto o bien, sin rima ni medida, en estrofas o no, y por ello, es susceptible de escapar a toda regla. El poeta francés Arthur Rimbaud la definió como una manera especial de conocimiento, una especial visión de lo desconocido, de lo inaudito, de lo inefable. En el México prehispánico se encuentran también reconocidos poetas y poetisas que poco conocemos. Miguel León Portilla escribe: “¿Quiénes fueron, cómo se llamaron, en qué forma vivieron los principales poetas, sabios y artistas del México antiguo? ¿… habrá que limitarse a decir que, a excepción del celebérrimo Nezahualcóyotl y de otros pocos poetas, la mayor parte de los textos deben atribuirse a antiguas escuelas de sacerdotes y sabios, responsables anónimos de esas creaciones?” (Trece poetas del mundo azteca, Universidad Nacional Autónoma de México, Serie de Cultura Náhuatl, 1984). De Macuilxochitzin, oriunda de México-Tenochtitlan, nacida hacia 1435, hija octava del celebérrimo consejero de los reyes aztecas, Tlacaélel y de la que nació el príncipe Cuauhtlapaltzin, comparto el siguiente fragmento de su Canto: Elevo mis cantos, Yo, Macuilxóchitl, Con ellos alegro al Dador de la vida, ¡comience la danza! 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En los primeros años de educación escolar, los niños tienen acceso a una serie de textos literarios, la poesía entre ellos, como una estrategia de aprendizaje que permite asimilar conceptos y desarrollar la capacidad expresiva de los niños; sin embargo, los años siguientes son desérticos para el campo poético y absurdamente se crece pensando que la poesía es aburrida, difícil de “digerir” o demasiado “cursi, romántica”.  Crecemos ajenos a la labor poética tanto en lectura como en escritura y recuerdo que, en mis años preparatorianos, gracias a la excelente maestra de literatura hispanoamericana que tuve, amé la poesía. 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Es muy misteriosa. Llegó como con veinte maletas, ocho baúles y un número infinito de bultos, todos de diferentes colores y formas, algunos hasta brillantes y que parecían llenos de estrellas. No sabes cómo la miraron las chismosas de la vecindad (en una palabra, todas). Yo también. Y me metí a su vivienda, a ver qué era todo aquello. Así, a la entrada, colgó cortinas y puso luces de colores. En el centro, una mesa con una bola de cristal encima, varios juegos de naipes, un recipiente con agua, una varita (¿mágica?), una calavera, un sapo verde disecado y no sé cuántas cosas más. Enseguida me dije: Esta es una adivina, ¿Y qué crees? Adiviné. Al principio no dijo nada, y se limitaba a andar por el patio sin  hablar con nadie. Si acaso, contestaba los saludos con una inclinación de cabeza. Pero yo me di cuenta de que oía con  atención todo lo que se decía a su alrededor. 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Y al poco tiempo, ya iban a consultarle sus problemas y a pedirle que les echara la buenaventura. Ella accedía, complacida, y les cobraba por el “servicio” (porque de algo tenía que vivir; que si no, se las echaba gratis, porque le caían muy bien). En unas cuantas semanas, se hacían  colas a la puerta de la vivienda de Madame Sura (así dice que se llama, pero debe ser un nombre “artístico”). Y también venían de las vecindades cercanas. ¿Y el portero?, te preguntarás. El portero se presentó una noche, bastante tarde (para que no se dieran cuenta los vecinos) y le dijo que en la vecindad no podía lucrar; y que si lo hacía, justo era que compartiera sus ganancias con él. Y le fijó una cuota por cada persona que la visitara. Madame Sura no se inmutó, sino que entró en trance (o sea, se puso patitiesa y habló con voz ronca) y le dijo que el domingo tendría su respuesta. El portero se puso pesado con que quería una respuesta inmediata; pero la voz de Madame Sura se hizo casi un  rugido, echó chispas por los ojos y le dijo que no la presionara. El portero se impresionó mucho, aunque lo disimuló bastante bien, y le dijo que la esperaba hasta el domingo, pero no más. Yo me pasé esos días en la vivienda de la Madame, pues quería ver lo que iba a preparar para el domingo. Pero ella siguió con sus paseos por el patio, aunque sí noté que platicaba más con las vecinas, y cuando llegaba a su casa escribía algunas notas y pasaba algunos ratos pensativa. Y llegó el domingo. Precisamente, el portero había citado a los vecinos a junta para discutir alguna tontería, así que estaban casi todos en el patio, sentaditos, esperando las palabras de la “autoridad máxima”. Y a las doce en punto, cuando el patio hervía de expectación, apareció Madame Sura, que por cierto se veía más alta (aquí entre nos, se puso unos tacones enormes, que no se le notaban porque llevaba una falda muy larga) y más desmelenada que nunca, y de un salto se plantó en el estrado, frente al portero. Este como que se chiveó (Diccionario Folklórico, por favor) un poco, pero aguantó como un buen torero y hasta la miró con ojos centelleantes (se había puesto un poco de diamantina en los párpados para la ocasión). Entonces, Madame Sura hizo unos giros rápidos, en que le revolotearon todas las túnicas y trapos que se había puesto, y con voz salida de las entrañas de la tierra, dijo: -Cuidado con lo que haces, cuidado con lo que pides. Los hados te han sido favorables, pero se te pueden voltear. Y si exiges más de lo que debes, te secarás por completo, y ya no podrás regar a ninguna Flor. Ni siquiera a una hierbita. El portero se quedó pálido, porque precisamente la Flor lo estaba esperando en la portería, y venía bastante alegre y jacarandosa, y no quiso ni  imaginar lo que pasaría si se quedaba seco. Así que canceló la junta, alegando una leve indisposición, se tomó unos cuantos alipuses (te imaginas lo que son, ¿no?) y puso en acción la regadera. Sin embargo, no se volvió a acercar a la Madame; la saludaba muy atentamente cuando se la encontraba en el patio, y la dejó hacer su negocio tranquilamente, Lo que puede una amenaza bien dicha, ¿verdad? Bueno, mi amor, pórtate bien, y hasta la próxima. 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