Los Olvidos Parte 12

Sin darnos cuenta se nos oscureció la tarde  en el club de yates. Al ir pardeando se hizo presente la algarabía de cientos de aves que regresaban a sus nidos en los árboles entonando un coro muy...

9 de noviembre, 2020 los olvidos

Sin darnos cuenta se nos oscureció la tarde  en el club de yates.

Al ir pardeando se hizo presente la algarabía de cientos de aves que regresaban a sus nidos en los árboles entonando un coro muy parecido al de los  miles de canarios, gorriones, y quien sabe que otros pájaros que se posan en los cables que cruzan de lado a lado la calle de Escudero en el centro de Acapulco.

Mi hermanita Lourdes no se quería salir de la alberca y la verdad, nosotros tampoco teníamos demasiada prisa por regresar a la casa.

Pedimos otra  ronda de cubas y  la conversación se encaminó casi sin darnos cuenta hacia Los Olvidos.

  • -¿Qué tal llegaste de cansado a ver a don Marcelino?
  • -Fíjate que ni tanto porque me lo tomé con calma. Hice varias paradas y la verdad es que disfruté del paseo.
  • -¿Qué tal te fue en Los Olvidos?
  • -No sé ni por dónde comenzar, jefa.
  • -Cuando salí de ver a Doña Rosita en el Faro, me detuve en la Sinfonía que es el sitio desde donde la casa se ve mejor que de cualquier otro punto.No sé si debí ser arquitecto, pero la casa me fascina. He visto muchas otras casas en Acapulco, casas muy bonitas y lo que tú quieras, pero Los Olvidos  tiene algo distinto de todas las demás. ¿Quieres que te cuente algo rarísimo?
  • -¿Ahora qué,  niño?
  • -Nada jefa. Siempre crees que te voy a contar alguna atrocidad. Llegué a Los Olvidos poco antes de las dos de la tarde; el día había  estado soleado con el cielo azul y el mar resplandeciente.
  • -¿Y que tiene eso de raro?
  • -Tiene de raro que vi cosas muy poco comunes  que no me checan para nada.
  • -¿Qué cosas?
  • -Cuando llegué a Los Olvidos, el portón estaba abierto de par en par…
  • -¿Y luego?
  • -Luego la casa estaba llena de gente y de automóviles antiguos pero flamantes, como nuevos. Fuera de cada habitación del corredor de la planta baja,  había sofás y sillones de mimbre muy bonitos con gente cómodamente sentada que platicaba muy quitada de la pena. También había meseros superelegantes que iban y venían con charolas cargadas de copas y vasos; la casa se veía como nueva, como si la estuvieran inaugurando apenas hoy.
  • -¿Y eso qué tiene de raro?
  • -Tiene de raro que yo me quedé parado en el portón sin decidirme a entrar y  cuando llegó don Marcelino de ir por unas tijeras de podar, me distrajo al saludarme y cuando volví la vista hacia la casa, estaba vacía y no había ni un alma.
  • -Te lo habrás imaginado; y no sería nada raro porque has oído muchas cosas de esa casa además de las anécdotas de tu abuelo y de tu padre, y mis historias;  y tú  con tu imaginación y la ayuda del escenario, no me parece raro que lo hayas podido  imaginar todo.
  • -Ay mamá;  ¿pero imaginar sonidos, automóviles, invitados, voces y chocar de copas y vasos?

Entonces mi mamá me dijo:

  • -¿Sentiste algo extraño,  algo que te inquietara o te pareciera feo u oscuro?
  • -No, para nada.
  • -No es por ser burlona ni escéptica, pero no creo que hayan sido fantasmas porque esas cosas ocurren de noche, se supone. Y además no tenían aspecto de muertos vivos, ¿o sí?
  • -¡Al contrario! De hecho, una pareja joven (como de mi edad) pasó a mi lado y ni me pelaron, pero se veían vivos, contentos y saludables. La chica por cierto, bastante más guapa que su galán… 
  • -¿Te fijaste hasta en la novia del “fantasma”?– me dijo mi mamá en tono de broma.
  • -Pero me faltó decirte algo más. Don Marcelino y su esposa, han ido encontrando cosas que no vieron cuando empezaron a trabajar ahí. En una habitación totalmente vacía que acababan de limpiar, encontraron unos álbumes con fotografías viejas en blanco y negro; también fueron encontrando cartas, tarjetas postales, revistas, pero luego además, cepillos,  peines,  retratos enmarcados, y hasta un perfume que la esposa de don  Marcelino no utiliza pero que le gusta su aroma y así lo conserva. Me ofreció ensenarme todo eso cuando vuelva yo a visitarlos. También me dijo que recién llegados a trabajar, una noche que ya estaban descansando  él y su esposa, clarito escucharon música de orquesta como si estuvieran tocando afuera de su cuarto. Me dijo que se asustaron un buen.
  • -No es para menos, niño. Yo  hubiera salido corriendo y no hubiera vuelto ni a palos.
  • -Debajo de la terraza principal, hay un gran salón de billar también vacío, y adivina qué…
  • -¡Dime!
  • -Ya lo habían limpiado varias veces y sabían que estaba totalmente vacío.
  • -¿Y  luego?
  • -Luego un día escucharon el chasquido clásico de las bolas de billar y doña Adelina (su esposa)  bajó a ver, y se encontró justo al centro del  salón  una bola azul con un número uno.
  • -¡Ah caray! Ya me estás pegando las ganas de ir a tu dichosa casa encantada.
  • -Cuando quieras, jefa. Doña Rosita la del Faro te mandó decir que la visites cuando quieras porque seguro te conoce, y pueden platicar a gusto. Podríamos pasar a verla un día  cuando salgamos de Los Olvidos.
  • -Me estoy sugestionando con tus olvidos, niño. De repente estoy tarareando “Night and day” que hace treinta años que no escucho.  Yo conozco esa canción  y me encanta. Sí; a ti te encantan todas las cosas del pasado; de mi pasado y del  pasado de tu abuelito; por eso te echas esos viajes en bicicleta que me dejan con el alma en un hilo, como cuando mi papá se venía a Acapulco en su motocicleta Indian vestido de cuero de pies a cabeza como el famoso Barón Rojo, hasta que se derrapó y chocó por Puente de Ixtla y mi mamá le prohibió seguir con sus aventuras. De verdad tengo ganas de ir contigo a conocer Los Olvidos; es una casa justo de mi época y me extraña no haberla conocido entonces,  porque las gentes que veníamos  a Acapulco éramos casi siempre las mismas y nos conocíamos todos. Es una lástima que no tenga luz en los corredores porque se vería preciosa iluminada y llena de vida. Sin luz eléctrica cuando llega la noche, debe parecer una gran sombra cernida sobre la península oscureciéndola y aislándola; algo así como un barco hundido en la profundidad del mar. No se me ocurre nada más triste.
  • -No me la quiero ni imaginar– le dije.
  • -Tu descripción me puso la carne de gallina.

Nos quedamos en silencio al mismo tiempo, y mi mamá se paró a llamar a mi hermanita para que nos fuéramos a la casa.




Pusimos la bici en la parte trasera de la camioneta y yo manejé el camino de regreso.

Yendo por la costera, ¡tenía yo la impresión de que hacia muchísimo tiempo que no la recorría!, pero la había yo cruzado a todo lo largo apenas por la mañana; sin embargo, no podía yo evitar sentir que había pasado muchísimo tiempo desde la última vez… Al llegar al punto de la escénica poco antes de la cima,  donde deja de verse Acapulco,  aminoré el paso y miré por el retrovisor.

En el horizonte más allá de la bahía, el crepúsculo seguía vestido de distintas tonalidades de rojo y plata; comenzaban a asomarse algunas estrellas y la península de las playas daba el aspecto de una gran sonrisa. Daba la impresión de que sonreía, que me sonreía a mí. 

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