Los Olvidos | Onceava parte

Cuando llegué a Los Olvidos,  el portón estaba abierto. En la explanada sobre la izquierda del terreno había varios automóviles  estacionados desordenadamente. Había un deslumbrante  Packard convertible color marfil, un Jaguar color verde oscuro  con vestidura de...

4 de noviembre, 2020 los olvidos

Cuando llegué a Los Olvidos,  el portón estaba abierto. En la explanada sobre la izquierda del terreno había varios automóviles  estacionados desordenadamente.

Había un deslumbrante  Packard convertible color marfil, un Jaguar color verde oscuro  con vestidura de cuero color miel. No reconocía la marca ni el modelo de los otros vehículos excepto una camioneta con carrocería de madera y toldo de lona muy hermosa. Parecían autos  clásicos sacados de alguna revista, todos flamantes, como nuevos.

Don Marcelino no  me dijo que se fuera a filmar alguna película en la casa, y además,  no había camarógrafos ni nada que indicara que todo este movimiento se debiera  a una filmación en proceso.

No había reflectores ni cables ni nada de los equipos que habitualmente acompañan una producción cinematográfica. Mucho menos había camarógrafos, asistentes, maquillistas y demás equipo de apoyo que asiste a los directores de películas; ni siquiera se veía la clásica silla de tijera con el nombre del director impreso en el respaldo…

A lo largo del corredor principal estaban abiertas las  puertas de  las habitaciones, y había  algunos grupos de  personas platicando muy animadas,  cómodamente sentadas en sillones de mimbre con cojines de colores claros estampados con motivos marinos. Los meseros impecablemente vestidos,  pasaban ofreciendo refrescos a los comensales. ¡La casa se veía flamante! No podía yo creer lo que veía. Una pareja joven  muy bien vestida pasó a mi lado sin prestarme atención… No atinaba yo a decidir si entrar o no.

El dueño  llegaría hasta el día siguiente y además, no parecía posible que la casa hubiera sido remozada y  habilitada tan notablemente de un día para  otro. Estaba yo parado sin moverme, cuando detrás de mí escuché la voz de don Marcelino que venía llegando de la calle:




  • -¿Cómo le va joven, por qué no pasa? Dejé abierta la puerta por si llegaba usted antes que yo volviera; fui aquí nada más a la casa de junto a pedirle al cuidador unas tijeras de podar que le había prestado y mi mujer salió  con mis niñas al centro.

Entré con don Marcelino. La casa estaba igual que las veces anteriores: vacía.  No había coches estacionados ni comensales ni meseros… Me sentí tonto de pensar en fantasmas, porque los fantasmas si acaso, aparecen de noche, no a medio día, y no se sientan a platicar tomando refrescos atendidos por meseros ataviados con  filipinas blancas,  sirviendo con  charolas de plata…

Conforme nos dirigíamos a la terraza de los arcos, todas las habitaciones estaban cerradas y en el  corredor no había ningún sillón… Solamente se escuchaba el sonido del mar que jugaba con los riscos. Pensé decirle a don Marcelino lo que había yo visto antes que el llegara, pero no le dije nada. Preferí dejarlo así porque sin duda la  imaginación se me había desatado dando rienda suelta a mis fantasías.

  • -¿Qué tal, se cansó de la pedaleada, joven?
  • -La verdad ni tanto don Marcelino, además me detuve a descansar en varios lugares del  camino. Hice parada en la cima de la escénica, luego me tomé una nieve de limón.  Descansé tantito en la glorieta de la Diana, saludé a la dueña del Hotel El Faro, estuve viendo la casa desde la Sinfonía y luego llegué aquí poco antes que usted volviera de donde dijo.
  • -¡A poco conoce a la dueña del Faro!
  • -Uy si don Marcelino, la conocí hace como tres o cuatro años una vez que andaba yo de curioso porque fuera del Faro hay unas placas que hablan de don Carlos Barnard y del Mirador. A veces veníamos con mis abuelitos a una casa de la familia  Bunt en Inalámbrica  que tiene una vista directa sobre la Quebrada; desde ahí se veía el Faro y además veíamos  todos los clavados a la hora que quisiéramos desde el jardín… Por eso me llamó la atención El Faro, porque es un edificio bonito y ahora sé que es de la misma época del Mirador.
  • -Claro, mi joven; precisamente doña Rosita trabajó mucho tiempo en el Mirador y ahora El Faro es de ella.
  • -Pues yo conozco a doña Rosita desde hace mucho tiempo. El mundo es un pañuelo, pero Acapulco más; aunque ha crecido mucho, los de siempre seguimos siendo los de siempre…
  • -Hace tiempo que no veo a doña Rosita ni a don Alejandro.  Cuando los vuelva a ver, salúdelos de mi parte.
  • -Claro, don Marcelino.

Creí  que íbamos a platicar en la terraza de los arcos, pero Don Marcelino me dijo que quería ensenarme un rincón que seguro me iba a gustar mucho.

  • -Sígame por aquí, joven. Nada más camine con cuidado porque el sendero  está algo descuidado.

Hacia el lado izquierdo de la explanada de acceso a la casa, había una veredita no muy inclinada que descendía hacia el acantilado. Después de bajar algo así como cincuenta o sesenta metros llegamos a una rotonda enmarcada por una banca de piedra recubierta de losa rojiza, y adornada por piezas de barro similares a tejas,  en los huecos entre la cubierta de losa y el piso, que formaban un dibujo de celosía, muy frecuente en las casas de Acapulco de esa época.

El mar  rompía  mucho más cerca, pero las olas no golpeaban tan fuerte que no se pudiera escuchar una conversación. Nos sentamos tranquilamente, y don Marcelino comenzó diciéndome:

  • -Ya nos ha visitado varias veces, joven, ¿Qué le va pareciendo la casa?

Se suponía que las preguntas las iba a hacer yo, pero la pregunta casual de don Marcelino me pareció una buena forma de ir entrando en materia.

  • -¡Caray, don Marcelino! Llevaba yo años viendo la casa desde lejos y desde distintos sitios. La había visto desde la casa Ralph en Inalambrica,  que tiene vista al mar abierto y justo de  playa Angosta. Como usted sabe,  Los Olvidos remata el extremo izquierdo de la Angosta, viéndola desde la Inalambrica.
  • -Así es joven – me dijo don Marcelino, haciendo una pausa para que siguiera yo diciéndole…
  • -Otras veces había yo pasado en bicicleta pero nunca bajaba yo por la Sinfonía,  sino por el hotel las Palmas porque bajaba yo por la avenida Casablanca hasta la Costera y de ahí hacia Flamingos;  pero al regresar de Flamingos una vez me detuve sin fijarme para arreglar algo de mi bicicleta y pude ver Los Olvidos desde el otro lado. Al principio de la Explanada vi una casa blanca muy bonita y también grande pero Los Olvidos siempre me atrajo y ha llamado mi atención porque es verdaderamente única.
  • -La casa blanca que usted dice, joven, es de una familia Bourás que la siguen teniendo. Ellos, según sé, conocían bien al primer dueño de aquí. Las dos casas fueron construidas más o menos al mismo tiempo y las terminaron con diferencia de pocos meses.

Entonces interrumpí a don Marcelino y le dije: 

  • -No me lo tome a mal, pero yo quisiera saber cosas de la casa; cosas que usted haya visto y oído.
  • -Si joven, y yo con mucho gusto le muestro hasta el último rincón,  y le cuento lo que sé, pero no está de más que platique también con quienes conocieron a don Emmanuell. Sé que se iba a cazar pumas a la parte alta de la bahía con Abel Ramirez que todavía trabaja como capitán de meseros  en la  perla del Mirador. Doña Rosita lo conoció porque el Señor Claymon visitaba al señor  Teddy Stauffer en El Faro. Lo que quiero decirle es que para conocer bien Los Olvidos,  no le estorbaría platicar con esas gentes además de conmigo. ¿Se acuerda lo que le dije el otro día de que aquí se han quedado grabadas muchas  cosas?
  • -Si don Marcelino. ¿Por qué?
  • -Porque  cuando vine a trabajar hace poco más de ocho  años  tenía poco tiempo de casado y no habían nacido  mis niñas. A mi señora y a mí nos encantaba la casa y nos daba tristeza verla tan descuidada. Recorriéndola nos imaginábamos cosas, cosas románticas,  como había de haber sido de bonita con mucha gente y fiestas y todo lo que le gusta hacer a la gente con casas así de grandes y bonitas, como ocurre en las películas. Yo no entiendo para qué la compro nuestro patrón, casi nunca viene y cuando viene no la disfruta, ya ve usted lo descuidada que la tiene. Nosotros hacemos lo que podemos, pero no es mucho.
  • -Oiga, don Marcelino, ¿se acuerda que el otro día me dijo usted que hay cosas que se han quedado como grabadas aquí? ¿Qué me puede decir de eso? 
  • -Pues como le dije, mi mujer y yo fuimos recorriendo toda la casa, y fue algo francamente especial, porque mi patrón nos entregó una caja grande con un  montón de llaves que luego le voy a enseñar a usted.
  • -Fuimos probándolas en las cerraduras de las habitaciones, y así fuimos sabiendo el nombre de cada habitación: el palmar, flamboyán, buganvilia, la tormenta, niña bonita, arrecife, luna llena, La Quebrada, mirador, tabachin, el tesoro y la sirena.
  • -¿Cómo es que se los sabe de memoria?
  • -No es tan difícil, joven, bastante trabajo nos costó encontrar a qué cuarto le correspondía cada llave y además ya  llevamos muchos años aquí. Nada más falta la cocina, lo que luego supimos que había sido el billar y un cuarto  muy raro que se llama el velador, que si quiere le enseño porque de verdad es extraño; está justo abajo del billar. Los llaveros son como de cuero muy duro,  con esos nombres grabados, y las llaves son como antiguas, ya las verá usted. Fuimos descubriendo que ninguna habitación tenía muebles, más que la principal  que ya no vio usted el otro día. Nos extrañó muchísimo que esta casa tan grande y con tantas recámaras, estuviera vacía. El caso es que, respondiendo a su pregunta, poco tiempo después que entramos  a trabajar aquí, nos empezaron a pasar cosas curiosas; nada así como de espantos, pero cosas raras que no tenían explicación.

Don Marcelino hizo un breve silencio y siguió: 

  • -Un día cuando ya  estábamos  descansando,  se oyó  música; música no muy fuerte,  pero como si una orquesta estuviera tocando  justo aquí afuera de nuestro cuarto. Mi mujer se asustó mucho y la verdad yo me hice como que no, pero también me dio miedo. Esa primera vez mi mujer me dijo que me asomara a ver qué pasaba, pero yo le dije que seguro había una fiesta en la casa Bourás o por ahí, pero no me quise asomar. Conforme pasaba el tiempo, era como si la casa nos fuera agarrando confianza y fuimos encontrando cosas que no habíamos visto antes. En “el palmar” encontramos un álbum muy viejo, con muchos  retratos en blanco y negro. Lo curioso es que ya habíamos limpiado ese cuarto cuando supimos cuál  era su llave, pero en esa ocasión ¡no encontramos nada! En “niña bonita” hasta arriba y atrás del closet, había unos como diarios (tres o cuatro), pero no están escritos en español; y ahí mismo había una fotografía de una joven muy bonita, dedicada a quien sabe quién, porque tampoco estaba en español; tiene hasta su marco de madera y conchas muy bonito. ¿Sabe como qué  nos parecía?  Nos parecía como esas cosas que luego arroja el mar a la playa y uno se imagina que son huellas de un naufragio o algo así. Son cosas abandonadas que dan tristeza.
  • -¿Y las conservan ustedes o se las dieron al dueño?
  • -¡Cómo cree joven! ¡El patrón las tiraría a la basura! Lástima que no está mi señora, porque si no, se las enseñaba. ¿Usted entiende ingles joven?
  • -Sí, don Marcelino.
  • -Entonces a ver si usted puede leer lo que tenemos guardado. A la mejor le interesa.
  • -¡Seguro que sí, don Marcelino!
  • -En  “la sirena”, cuando limpiamos por primera vez, ahí sí había algunas revistas y periódicos (no muchos) en que se veía Los Olvidos bien bonita, con harta gente contenta y con la orquesta de ese señor Miller. Esos periódicos y revistas sí están en español. Pero luego en la misma “sirena”,  encontramos tiempo después,  cosas que no habíamos visto ahí antes: algunas cartas, tarjetas postales, y otros retratos sueltos pero no tomados aquí en Los Olvidos sino quién sabe dónde. En el billar, que desde que llegamos estaba totalmente vacío, un buen día mi esposa se encontró  una bola azul marino con el número uno pintado  en blanco. Otra ocasión, en el mirador nos encontramos un frasquito de perfume de mujer en el espejo del baño y todavía con perfume que olía muy bonito de verdad. Mi mujer lo conserva y nunca lo ha querido usar, pero  le gusta olerlo. La casa de vez en cuando todavía nos deja cosas: cepillos, peines de carey, cigarreras,  polveras, y hasta  lápiz labial. ¿Usted cree? Lástima que no hemos encontrado carteras  con billetes…  ¿verdad joven?
  • -¿A quién no le gustaría? Ja, ja, ja, 
  • -Deje que le diga que los corredores no tienen luz eléctrica desde que llegamos a trabajar, o sea que toda la casa se queda a oscuras hasta que amanece. Nada más tenemos  luz en nuestros cuartos,  en el zaguán, y en el “tabachín”  que es la única habitación que ocupa  nuestro patrón cuando llega a venir.
  • -Él no se queda en “el mirador” que es la mejor, y esta toda amueblada. No sé por qué no la usa, aunque me lo imagino… 

A don Marcelino se le escapó una de esas sonrisas pícaras que ya le iba conociendo.

  • -El “tabachín”  es  la de junto a la pérgola, hasta arriba y atrás, donde me escuchó usted hablarle la primera vez que vino a la casa.
  • -Pero usted me dijo que se han quedado grabadas cosas en la casa. Hasta me dijo de sonidos, imágenes,  presencias y juramentos incumplidos de amor, conversaciones y hasta  música. 
  • -Así es, mi joven, pero gracias a Dios no es diario ni todo al mismo tiempo. La casa, como le dije, tiene vida.  Será de ladrillos y vigas, pero yo creo que las cosas tienen su alma, por decir. Por ejemplo, de repente oímos pasos, siempre ligeros, como si apenas pisaran, pero la única parte de la casa donde se oyen, es por el jardín. A veces, mi mujer y yo nos quedamos mirando hacia donde estamos ahorita,  y algunas tardes, ya para ponerse el sol,  muy de pasada, parece que estuviera un hombre aquí parado mirando hacia el mar sin moverse ni voltear ni nada. La música se escucha rara vez,  pero muy apenas,  clara pero no cerca. Otras ocasiones, hemos creído escuchar murmullos como si alguien hablara allá por los arcos. La casa nunca nos ha dado miedo, lo que sí nos ha dado, es tristeza, y nunca hemos sabido por qué. ¿Cuándo viene a Acapulco  otra vez, joven?
  • -¡Cuando usted me diga, don Marcelino! Yo vengo a cada rato, casi todos los fines de semana y luego hasta me quedo varios días. 
  • -Le pregunto por si quiere venir cuando se haya ido el patrón para que le enseñemos las cosas que le dije.
  • -Por supuesto, don Marcelino.  Me encantará ver los álbumes, los diarios, las cartas y todo lo que han ido encontrando.
  • -Bueno joven; pues dese una vueltecita la otra semana, porque el patrón va a estarse ocho días por aquí. 
  • -Está bien Don Marcelino; gracias.

Nos encaminamos tranquilamente hacia el zaguán; eran pasadas de las cuatro y media. 

Nos dimos la mano, le dije que saludara a su señora de mi parte,  y me regresé hacia playa angosta para evitar la subida hacia Flamingos, porque estaba algo cansado ya.

Llegué al club de yates y ya me estaba esperando mi mamá en el bar.

  • -¿Quieres tomarte algo antes de irnos?
  • -Si jefa; una cubita de las tuyas…
  • -Condenado escuincle, no te vayas a aficionar.
  • -Caray jefa, tú me la ofreciste.
  • -Fermín, dele a este escuincle una cuba sin ron…

Nos reímos de su bromita y nos quedamos platicando un rato, mientras se ponía el sol y regresaban los veleros porque había habido regata.

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En un momento en que había poca gente, los parientes se acercaron al ataúd para hablar con él. El muertito les dijo que ya no se aguantaba del baño, y ellos le dieron unas botellas para que se aliviara. Lo malo fue que no apuntó bien, y al poco tiempo empezó a oler mal. Los vecinos decían que había que adelantar el entierro, no fuera a producirse una infección que enfermara a toda la vecindad; y uno de los más metiches se ofreció a llamar a una funeraria para que pasaran a recogerlo. Ese peligro lo evitaron cortando la línea del teléfono; pero en cualquier momento usarían otra línea. Había que hacer algo, ¡ya! El hijo menor opinó que no pasaba nada, que dejaran que lo enterraran porque, la verdad, el olor aumentaba por minutos, y que ellos irían en la noche a desenterrarlo. El muertito crujió todito del coraje, que los vecinos  se asustaron y algunos hasta se retiraron, y dijo que no, que enterrarlo en pleno uso de sus facultades, niguas; que antes se levantaba del ataúd. La discusión arreciaba, y ya se oía hasta la cocina, que estaba llena de señores que custodiaban el “´piquete” para el café, y cundió la inquietud.  Entonces, la señora tuvo una buena idea, derivada de lo que acababa de decir el muertito. Así que trajo toda su tlapalería, dijo que iba a maquillar un poco a su tío, porque se veía demasiado cadavérico y, rechazando toda ayuda de vecinas obsequiosas, se puso a trabajar: le puso sombras negras en los ojos y en los cachetes, que casi parecían agujerados, ojeras moradas y un labial amarillo. Quedó verdaderamente horroroso. Y justo cuando daban las doce de la noche, el muertito se levantó, al tiempo que emitía un gruñido sordo y tenebroso. Hubieras oído el alarido que dieron los vecinos. Sobre todo, los señores del “piquete”, que hasta se olvidaron de cuidar las botellas en su prisa por salir de allí. En un segundo se despejaron la vivienda, el pasillo y las escaleras cercanas. El tío muerto se echó a reír; pero en eso se vio en el espejo del comedor, y cayó redondo al suelo del susto que se llevó. Lo dieron por muerto de verdad, pero el hijo mayor, que dizque estudia Medicina, le puso un trapo con tequila en los labios y lo exprimió. En unos segundos, el alcohol produjo su efecto, y el muertito ya se estaba preparando una cuba muy cargada. Pero sus parientes reaccionaron  a tiempo y lo subieron a la azotea, por donde lo pasaron a otra vecindad, y así lograron alejarlo de la escena del crimen. Y es que, verdaderamente, fue un crimen. La familia defraudó a los incautos vecinos, porque pasado un rato, vinieron algunos vecinos a pedir su dinero, alegando “que el tío había resucitado” y que no iba a haber entierro. Pero ellos ya habían cerrado el ataúd, bien clavado, y se lo llevaron en hombros (para no pagar a una funeraria) a enterrarlo. Que al final no lo enterraron, porque no los dejaron entrar en ningún panteón, sino que lo abandonaron en un baldío más o menos alejado. Y dijeron  que no, que el tío no había resucitado, que todo había sido una alucinación colectiva causada por la pena que se intercomunicó de unos a otros, y la cual agradecían profundamente los afligidos deudos; pero que no, que el muertito no se había levantado, y que el gruñido que oyeron  sería de algún perro de los de la azotea, y que con el ambiente de pena, los lutos y el incienso (mentira: fue un aromatizante barato que echaron para disimular la peste) habían provocado la “ilusión” de una imposible, aunque por todos deseada, resurrección. El tío volvió. Rapado, con tatuajes que le disimulaban la cara y un ojo tapado como pirata, nadie lo reconoció. A ver qué día se vuelve a morir. 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En el mítico hotel Los Flamingos ubicado en donde comienzan los acantilados de la zona poniente del Puerto, en sesión extraordinaria, la Presidente de dicha agrupación, LTS. Rosy Santiago Paloalto, entregó el pergamino a Sánchez, en presencia de algunos socios, familiares y amigos, entre ellos, el pintor y muralista guerrerense, Maestro Hugo Zuñiga Guzmán. El ya citado reconocimiento fue con motivo de cumplirse cuatro décadas de haber coleccionado piezas antiguas de origen prehispánico de diversas regiones y períodos, en el territorio hoy conocido cómo Mesoamérica, el cual abarca, en su más amplia parte, vastas zonas de nuestro país, México. En el acto, Ginés Sánchez recomendó a todo coleccionista registrar toda su colección ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Se tiene una falsa percepción de lo que este sencillo trámite implica. Estereotipos de muchas décadas hacen pensar que "el INAH decomisa las piezas". Nada más lejano a la realidad: el INAH solo busca trabajar de la mano con los coleccionistas privados, coadyuvando para llevar un control de ellas, por medio de su oficina de registro nacional de bienes muebles, ubicada en la alcaldía Coyoacán de la Ciudad de México. El destino de dicha colección, posiblemente esté en el museo de sitio que se encuentra en la cima de la Isla de La Roqueta, y consta de alrededor de 1500 piezas. 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Club Rotario reconoce a coleccionista en Acapulco

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