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Antonio Carr, el joven médico, fue espectador en los últimos años del régimen de Porfirio Díaz, testigo de los lujos de altos funcionarios y de destellos de opulencia que, como un reflejo tenue, apenas tocaban las afueras del hospital. La Castañeda, diseñada como un lugar de tratamiento y comprensión, había degenerado rápidamente en un depósito para aquellos que no encajaban en la sociedad “moderna” que el régimen quería construir. La pasión de Antonio Carr se vio opacada por la crudeza de los métodos de tratamiento que contribuían a profundizar el dolor de los pacientes.
Al llegar la Revolución Mexicana el hospital no quedó exento de los cambios. Soldados heridos en cuerpo y alma, víctimas de las atrocidades de la guerra y de la pérdida fueron internados allí junto con los pacientes habituales. Las ideas de Antonio comenzaron a tambalearse; entendió que, en La Castañeda, la locura era un manto que cubría tanto a pacientes como a la sociedad misma. Un periodo de desestabilización era el reflejo de un país que se convulsionaba.
La crisis de suministros y personal llegó al manicomio que no quedó exento de la ocupación militar. El médico se enfrentó al entorno caótico del desorden social y político, la inseguridad entre las paredes de La Castañeda estaba a la orden. El compromiso con los pacientes y la empatía marcaron al joven sudcaliforniano que mutaba su sueño en la realidad de un mundo irreal.
“Hoy, mientras escribo estas palabras, recuerdo aquello con una mezcla de pesar y orgullo. Pesar por todo lo que aún falta, por las heridas que siguen abiertas. Orgullo por los pasos dados en un camino que todavía necesita ser recorrido. La Castañeda fue un microcosmos de un país en transformación, y yo, en mi andar por sus pasillos, no solo aprendí sobre la mente humana, también descubrí que tras sus muros no solo habitaban los enfermos, sino sus sombras.”
RETOS, AVANCES Y LEGADO
La salud mental en México enfrenta una encrucijada compleja. A pesar de los avances logrados, como el aumento de la visibilidad de los trastornos mentales y los esfuerzos por descentralizar la atención, los desafíos son inmensos y exigen un compromiso real de las autoridades, la sociedad y el sistema de salud. La atención a la salud mental sigue siendo un tema rezagado, muchas veces considerado secundario frente a otros problemas de salud pública. Se camina por un sendero estrecho y escarpado. Aunque hemos dado pasos importantes, como la creciente visibilidad de los trastornos mentales y la descentralización de algunos servicios, aún nos enfrentamos a un muro infranqueable: la falta de compromiso real.
El cierre del emblemático Manicomio General de La Castañeda marcó un punto de inflexión en la psiquiatría mexicana. Si bien, con ello se reflejó la intención de avanzar hacia un modelo más humano y descentralizado, los esfuerzos no fueron suficientes para sustituir adecuadamente la función que desempeñaba. La creación de hospitales psiquiátricos regionales y hospitales campestres, como las granjas terapéuticas, fue un paso en la dirección correcta pues intentaron ofrecer a los pacientes entornos más humanizados y tratamientos integrales. Sin embargo, estos modelos nunca se consolidaron como parte de un sistema robusto de atención a la salud mental.
Hoy en día, la atención psiquiátrica sigue enfrentándose a los fantasmas del pasado: un sistema fragmentado, falta de personal capacitado y la carencia de políticas públicas consistentes. No podemos hablar de un avance significativo si el estigma sigue siendo una barrera cultural y si el presupuesto sigue siendo insuficiente para garantizar servicios de calidad.
México tiene un largo camino por recorrer en la atención de la salud mental, debemos aprender de nuestro pasado, incluyendo las lecciones de instituciones como La Castañeda, para construir un futuro donde sea tratada con la dignidad y la urgencia que merece. Un país que ignora el grave problema de la salud mental de su población no puede aspirar al bienestar pleno.
La historia de la atención psiquiátrica en México se teje como un lienzo complejo, donde las instituciones emblemáticas narran su propia versión de los cambios sociales y terapéuticos que han marcado el tratamiento de las enfermedades mentales. Dos nombres, entre ecos de paredes y rumores, destacan en esta crónica de transformación: el Hospital Psiquiátrico José Sayago y el ya extinto Hospital San Rafael. Cada uno, con su carácter y propósito, guarda entre sus muros las huellas de una evolución que aún lucha por completar su ciclo.
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