El niño que se descubre con padre

Como decía la semana anterior, desde hacía meses tenía en el librero un ejemplar de El pez en el agua, la única obra importante que me faltaba por leer del gran Mario Vargas Llosa. Por ello, aunque...

30 de enero, 2026

Como decía la semana anterior, desde hacía meses tenía en el librero un ejemplar de El pez en el agua, la única obra importante que me faltaba por leer del gran Mario Vargas Llosa. Por ello, aunque se tratara de un libro biográfico y político antes que literario, estaba convencido que me permitiría conocer aspectos del autor que me resultarían interesantes. No me equivoqué.  

En el artículo anterior expuse mi deseo de escribir una serie de textos enfocándome en cada uno en las distintas etapas que Vargas Llosa aborda en su obra. A tratarse de 674 páginas de enorme riqueza y complejidad, resulta imposible abordarlas de forma detallada. Por ello, esta serie de textos se tratará, más bien, de apenas unos cuantos apuntes acerca de unos pocos temas que me han parecido destacados.

En este caso me enfocaré en los dos recuerdos de su niñez que el propio autor asegura que más lo marcaron en su vida adulta.

El primero, sin ninguna duda, es el hecho de haber aprendido a leer. Según el propio Vargas Llosa, ese hecho le permitió descubrir el mundo de la literatura y la escritura así como esquivar la soledad, y, eventualmente, convertirse en el tremendo escritor que fue.

El segundo, y no menos influyente en su vida personal y en su obra, fue el hecho de que conocer a su padre a los diez años, después de haber creído a lo largo de toda su niñez que éste había muerto varios años atrás.  

Su madre permaneció casada apenas unos cuantos meses y fue abandonada por el padre de Mario. Ante la convicción de que aquel hombre jamás reaparecería, desde muy niño le habían dicho que su padre había muerto. Incluso el pequeño Mario veneraba una foto de éste cuando era joven.

No es fácil entender el impacto que significó, no sólo el hecho de de saber que su padre estaba vivo, que habría de irse a vivir con él de inmediato, dejando la vida cómoda y burguesa al lado de sus abuelos, sino la conmoción que implicó ser hijo justamente de Ernesto J. Vargas, hombre violento, rudo, convencional, poco sensible hacia las artes, los sentimientos y todo aquello que consideraba “mariconerías”.  

Mario no sólo viviría en permanente oposición con esa figura de autoridad súbitamente aparecida, sino que fue la causante de que el adolescente conociera “una sensación nueva, una experiencia que en esos meses se apoderó de mí y fue desde entonces compañera: el miedo”(1). Y junto con esta emoción llegaron a la vida del joven Mario otras dos: el terror y el odio, sin duda la materia prima perfecta para crear las grandes obras literarias que nos regalaría en el futuro.

Así lo explica Vargas Llosa: “En los años que viví con mi padre, hasta que entre al Leoncio Prado, en 1950, se desvaneció la inocencia, la visión candorosa del mundo que mi madre, mis abuelos y mis tíos me habían inculcado. En esos tres años descubrí la crueldad, el miedo, el rencor, dimensión tortuosa y violenta que está siempre, a veces más a veces menos, contrapesando el lado generoso y bienhechor de todo destino humano” (2).

Para don Ernesto Vargas los gustos sutiles y sensibles de su hijo sólo podían acarrearle desgracias en la vida. Él entendía el mundo como un lugar donde un auténtico hombre debe luchar por imponerse y ser cabeza de su familia a partir de una estabilidad laboral, económica y personal que sólo puede lograrse a partir de actitudes viriles y profesiones rentables y reconocidas por la sociedad como útiles.  

Lo que el padre de Mario no pudo prever es que la misma oposición a que su hijo se realizara a su propia manera lo orilló a encontrar su auténtica vocación: “Y es probable que sin el desprecio de mi progenitor por la literatura nunca hubiera perseverado yo de manera tan obstinada en lo que era entonces un juego, pero se irá convirtiendo en algo obsesivo y perentorio: una vocación. Si en esos años no hubiera sufrido tanto a su lado, y no hubiera sentido que aquello era lo que más podía decepcionarlo, probablemente no sería ahora un escritor”(3).

Esta primera etapa, que lleva a Mario desde la niñez hasta la incertidumbre de lo que haría con su vida, culmina con su inscripción, apenas unas semanas antes de cumplir los 14 años, en el colegio militar Leoncio Prado, donde nace, como lo veremos la siguiente semana, el Vargas Llosa escritor.

No quisiera cerrar este texto sin comentar el final de la relación entre Vargas Llosa y su padre. En realidad jamás se llevaron bien. Uno años más tarde, debido al súbito e inesperado matrimonio del Mario con su tía Julia –episodio del que hablaremos más adelante– don Ernesto asume una actitud intransigente; sin embargo, en agosto de 1955, Mario defiende su relación con Julia de tal modo que el padre lo acepta y este evento marca la emancipación definitiva para con su padre.

Pocos años más tarde Vargas Llosa publica La tía Julia y el escribidor, novela donde narra pasajes de su matrimonio y a partir de la forma en que Mario presenta al padre de Varguitas se distancian de forma definitiva hasta la muerte de don Ernesto en 1979.

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  • Vargas Llosa, Mario, El pez en el agua, Primera Edición, México, Alfaguara – Penguin Random House, 2023, Pág.

(2) Íbidem, Pág. 123

(3) Ídem

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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