“El gallo llama a la luz, ella responde y el mundo despierta.”
– Caterina Camastra / Escritora, investigadora y docente / 1976
Iniciamos la semana con el horario de verano. Nuestros relojes marcan una hora adelantada y aunque se dice que el tiempo es relativo, lo cierto es que somos animales de costumbres y algunos sufren más estragos que otros ante el cambio. En nuestra agitada rutina diaria hemos perdido el contacto con los sonidos habituales de la naturaleza; entre ellos, el canto del gallo al amanecer, pues lo hemos sustituido por el sonido del despertador además de que es casi imposible cuidar de los gallos en la ciudad.
El “regreso a la normalidad” nos ha enfrentado a una realidad con muchos cambios, en lo particular, el caminito de la escuela cambió al pasar del nivel preescolar al nivel primaria y de la modalidad virtual a la presencial, así que cada día nos sorprende el canto de un par de gallos que parecen perdidos en una de las ciudades más grandes del mundo y no es por nuestra ubicación geográfica sino porque el medio ambiente se presta para cuidar de una mascota sui generis que parece vivir feliz en medio de los árboles y habitar una extensa área de jardín además de no dejarse agobiar por el ruido y la contaminación citadinas. Dicha “curiosidad” me hizo enfocar la atención en los gallos y desde entonces parecen perseguirme por todas partes.
Huexolotl en náhuatl, el gallo (del latín gallus / gallus gallus domesticus = nombre científico) es un ave doméstica del orden de las galliformes, con cresta roja y carnosa, pico corto, grueso y arqueado, de plumaje abundante, lustroso y a menudo con visos irisados, cuyo macho tiene tarsos fuertes armados de espolones también es omnívoro (se alimenta de insectos, lombrices, semillas y hojas) tiende a permanecer en grupo aunque puede domesticarse y ser un buen animal de compañía.
En el campo de lo lúdico, el gallo existe como personaje en las cartas de la lotería (juego de azar mexicano) las cuales al ser “cantadas” se suele decir: “El gallo, el que le cantó a San Pedro” y del sonido que emite es conocido como cacareo (término que también se utiliza para alabar las virtudes propias de una persona o de una cosa, generalmente para hacerla pública o más conocida.) Así es como un sonido se convierte en parte de #laspequeñascosas presentes en nuestras vidas porque el acto de cacarear si bien en las grandes ciudades ha dejado de tener sentido si es emitido como el canto de un gallo, recobra importancia a la hora de divulgar el triunfo propio. Por cierto, ojalá haya adelantado su reloj y no “se le haya dormido el gallo”.
A manera de colofón: “El amarrador de Chihuahua recogió a su gallo malherido. Le sopló el pico para descongestionarlo y trató de que el animal se sostuviera sobre sus patas. Pero al ver que volvía a caer, apeñuscado como una bola de pluma, dijo: -No queda más remedio que rematarlo. Y ya estaba dispuesto a torcerle el pescuezo, cuando Dionisio Pinzón se atrevió a contenerlo: —No lo mate —le dijo—. Puede curarse y servirá aunque sea para cría. El de Chihuahua rió burlonamente y le arrojó el gallo a Dionisio Pinzón como quien se desprende de un trapo sucio. Dionisio lo alcanzó a coger al vuelo, lo arropó en sus brazos con cuidado, casi con ternura y se retiró con él del palenque.” (El gallo de oro / Juan Rulfo / 1976)
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