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‘Backrooms’: ¿qué son los espacios liminales y por qué internet está volviendo extraño lo cotidiano?

Sofía Esteban Moreno Investigadora Predoctoral Teoría de la Literatura , Universidad de Valladolid Un pasillo de hotel vacío, un parque infantil abandonado, una tienda de muebles iluminada de madrugada, un restaurante de comida rápida de carretera decorado...

18 de junio, 2026 Dim, green-lit corridor with doors on both sides and a glowing emergency exit sign at the far end (hallway in darkness).

Sofía Esteban Moreno Investigadora Predoctoral Teoría de la Literatura , Universidad de Valladolid

Un pasillo de hotel vacío, un parque infantil abandonado, una tienda de muebles iluminada de madrugada, un restaurante de comida rápida de carretera decorado por Navidad. ¿Hay alguien ahí? No hay amenaza visible, tan solo espacios huecos y silenciosos. Ante ese vacío surge una pregunta: ¿ha llegado el Apocalipsis? ¿Dónde están los humanos?

Es como volver a la casa de la infancia y encontrar solo ruinas. Como conservar una fotografía de nuestros seres queridos cuando ya no están vivos: ¿por qué siguen apareciendo en la imagen? Lo cotidiano se experimenta como extraño. Esa extrañeza tiene un nombre cada vez más frecuente en la cultura digital: liminalidad.

El éxito de los backrooms (“trastiendas”), nacidos en internet y convertidos ahora en película, ha dado forma narrativa a una sensibilidad que Valentina Tanni analiza en Estéticas liminales, publicado originalmente como Exit Reality, y traducido recientemente al español.

https://www.youtube.com/embed/7rBrQKUy8LQ?wmode=transparent&start=0Tráiler de Backrooms.

No se trata solo de una moda visual de internet hecha de paredes amarillo nicotina, moquetas viejas y luces fluorescentes zumbando sin descanso en un laberinto infinito y onírico de habitaciones vacías. Está en juego una pregunta mucho más radical: qué le está pasando a la idea misma de lugar.

¿Dónde está nuestro hogar?

Una habitación se vuelve lugar cuando alguien puede orientarse en ella, recordarla y sedimentar allí su existencia. El lugar exige tiempo, repetición y vínculo. Por eso una casa no es solo arquitectura, es donde habitamos. El filósofo Gaston Bachelard señaló que el espacio vivido no es simplemente un espacio geométrico delimitado, ya que la casa, el rincón o la habitación nos importan porque organizan imaginariamente nuestra relación con el mundo. En esa intimidad resuena todavía una memoria arcaica de refugio, casi de cueva o incluso útero. Lo que convierte un espacio en hogar es la huella de nuestros gestos y de nuestra pertenencia.

Una casa llena de arena.
Hasta que llega a ser hogar una casa es todavía solo un espacio. Edoardo Tommasini / Pexels

El sujeto necesita arraigo, pero no permanece inmóvil. Crece, se desplaza, reconfigura roles, atraviesa duelos, nacimientos, separaciones y pérdidas. Los ritos de paso dan reconocimiento comunitario a esos tránsitos. El antropólogo Arnold van Gennep distinguió tres momentos en todo cambio de estado: separación, margen y agregación.

El sujeto se desprende de su posición anterior, atraviesa una fase intermedia y se reincorpora a la comunidad bajo una nueva condición. Victor Turner, estudioso de símbolos y ritos, describió el estado de transición cultural y antropológico como un limbo: un “entre”, un estado ambiguo, por ejemplo, entre la infancia y la adultez, la soltería y el matrimonio, la vigilia y el sueño. Liminalidad proviene, precisamente, del latín limen, umbral.

Ahí aparece la diferencia con nuestra experiencia contemporánea. En el rito, la liminalidad tenía dirección y se atravesaba para transformar el vínculo entre individuo y comunidad. Hoy, en cambio, se multiplican las plataformas, los perfiles, las contraseñas, los videojuegos, los foros e incluso las comunidades digitales, aunque ese tejido social aparece muchas veces mediado por una relación solitaria con la pantalla. En la contemporaneidad postdigital, lo liminal ya no es una fase, se ha convertido en una atmósfera de suspensión desarraigada.

La realidad hecha imagen: ¿vivimos en la pantalla?

Marc Augé llamó no-lugares a los espacios de circulación donde pasamos sin arraigar: los aeropuertos, hoteles de cadena, hospitales, centros comerciales o autopistas. Si bien están llenos de gente, rara vez producen pertenencia. Internet radicaliza esa intuición. Antes de llegar a un restaurante, ya conocemos su decoración. Antes de visitar una ciudad, ya hemos visto sus calles. Antes de conocer a nuestra pareja, ya la hemos seleccionado con un like. Antes de vivir una experiencia, intuimos cómo podría ser publicada.

Unas mesas de diner americano ante unas ventanas, en un espacio vacío sin gente.
Un no-lugar en un aeropuerto. Dennis Schmidt / Unsplash

La vida queda al servicio de la representación. De ahí que muchos espacios contemporáneos parezcan diseñados para ser fotografiados antes que habitados. Byung-Chul Han ha descrito este desplazamiento como el paso de las cosas a las no-cosas. Las cosas tienen peso, imperfección, duración, resistencia, tacto. Las no-cosas pertenecen al orden de la información, la disponibilidad y la circulación del dato. Cuando el mundo se vuelve imagen, es accesible e intocable al mismo tiempo.

Según Valentina Tanni, estéticas de internet como los backrooms, el vaporwave o el weirdcore no son solo intentos de escapar hacia dimensiones virtuales, sino que también buscan una nueva forma de relacionarnos con el concepto de realidad. La pantalla sería entonces un umbral, un portal. Pero esta zona-umbral tiene una sombra: “la tecnología nos ha puesto en un lugar muy extraño en el que nunca estamos completamente presentes”.

Quizá de ahí proceda la nostalgia que caracteriza a la estética liminal, poblada de imágenes de lugares reconocibles, como un parque infantil de noche, un colegio abandonado, una casa en venta o una piscina fuera de temporada, que conservan la huella espectral de lo humano. Estos lugares extrañamente familiares existen en una dimensión virtual y descorporeizada. Su atmósfera inquietante, o espeluznante, se acrecienta por la ausencia de seres humanos o por el aspecto sintético de la imagen. No sabemos dónde se tomaron esas fotografías, quién las tomó ni cuándo. Esa falta de información parece conceder a la imagen vida propia, casi sobrenatural.

El miedo a la desmaterialización del mundo: Backrooms

Una frase recogida por Tanni condensa la potencia de este imaginario: “Los backrooms son seres informes producto del caos, toman la forma de nuestro inconsciente colectivo”, e inquietan porque parecen los restos degradados de nuestra propia realidad.

Fotografía de una serie de espacios de oficina vacíos, con luz intermitente, moqueta y papel en las paredes.
Imagen original del popular meme de internet conocido como ‘The Backrooms’. Se hizo en un edificio ubicado en 811 Oregon St., Oshkosh, Wisconsin, Estados Unidos. La fotografía fue tomada antes de una renovación. Bill Magritz/Wikimedia Commons

La película Backrooms ilustra esta angustia al convertir esa dimensión imposible en una copia defectuosa del mundo. En un espacio inhabitable, también la identidad se desintegra. Los alter egos monstruosos atrapados en ese laberinto sin tiempo pueden leerse más como restos deformados de identidad que como criaturas de terror. Son miedos, recuerdos e imágenes separadas del cuerpo vivo que les daba sentido. Ahí emerge el vértigo contemporáneo ante la posibilidad de que nuestros perfiles, avatares, fotografías y duplicados sobrevivan a nuestra presencia. Paradójicamente, esos no-lugares pueden incluso convertirse en refugio cuando la existencia virtual parece menos dolorosa, menos finita y exigente que nuestra realidad material.

La IA generativa ha intensificado esta sospecha. En internet, una habitación puede parecer real sin haber existido nunca, y un rostro puede parecer humano sin pertenecer a nadie. Como escribe Tanni, “Internet […] como un archivo gigantesco y monstruoso, ha absorbido una masa incalculable de ideas, emociones, sentimientos y miedos”. Los backrooms son la imagen espacial de ese archivo: un mundo convertido en resto de sí mismo.

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The Conversation
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