La vida en rosa ⏐ Festival Internacional de Poesía : Abba Palabra en la cultura

La vida en rosa Mario Alonso López Navarro es director del Museo Poeta Manuel José Othón; está comprometido con la cultura y el arte; es artífice del Festival Internacional de Poesía Abba Palabra, que nace en 2005...

19 de julio, 2021 MARIO ALONSO LÓPEZ

La vida en rosa

Mario Alonso López Navarro es director del Museo Poeta Manuel José Othón; está comprometido con la cultura y el arte; es artífice del Festival Internacional de Poesía Abba Palabra, que nace en 2005 en San Luis Potosí como resultado de una de las preocupaciones que siempre ha tenido como escritor: ver que existe una desvinculación de la palabra con el público, provocando entonces el encuentro con la complicidad de poetas e instituciones desde distintos escenarios. 

Cabe destacar que el Festival Internacional de Poesía Abba Palabra nace como parte del festejo por el XVI Aniversario del Taller Literario Manuel José Othón. Este lo coordina Mario Alonso Navarro, poeta, escritor, editor, docente, Licenciado en Economía egresado de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, investigador en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de la Cultura de San Luis Potosí.

La entrega que el maestro Alonso tiene con la poesía va más allá de la escritura, este noble oficio es para compartir, es el objetivo de Abba Palabra. 

Gestor cultural por excelencia, formado bajo el rigor y esplendor del gran Miguel Donoso Pareja, Mario Alonso ha estado presente con poetas procedentes de Colombia, Argentina, Uruguay, Paraguay, Francia, Estados Unidos, Costa Rica, quienes aceptaron la invitación para compartir sus lecturas, presentaciones de libros y cátedras en escuelas, colegios, teatros, espacios públicos, bibliotecas, casas de barrio y centros de investigación de nuestro país.

Las voces poéticas se desplazaron a muchos municipios de San Luis Potosí, y a otros estados, además de que estos eventos lograron trascender porque realizaron dos presentaciones del Festival Internacional de Poesía Abba Palabra en España. 




En estas actividades literarias a las que se han unido pintores y artistas, es posible que en San Luis Potosí hayan contado con unos 30 mil invitados desde que iniciaron con este festival en 2005 y gozado de la presencia de 200 poetas, gracias al entusiasmo de todos y a que están bien coordinados. 

El Festival Internacional de Poesía Abba Palabra está fuertemente posicionado en el universo de las letras en nuestro país, amén de que ha llegado hasta tierras extranjeras y ha ganado espacios, presencia con el apoyo decidido de poetas y artistas, entregados a la cultura y el arte.

No le interesa –expresa Alonso– la presencia de quienes se la pasan leyéndose entre ellos su larga trayectoria y a la hora de presentar el fruto literario es poca la poesía que comparten, porque les interesan más los reflectores. Expresa que muchos se dicen poetas y se olvidan del contacto con el posible público, quedando al descubierto las mafias literarias.

Julio César Ceballos es parte también de Abba Palabra que organiza en Chimalhuacán (Estado de México) y el maestro Mario Alonso está al frente de lo que se gesta en San Luis Potosí, donde coordina para presentar un festival de calidad y largo alcance. 

Como gestor cultural realizó también el encuentro de escritores “Palabras Mágicas” de la que solo existen tres emisiones con menos poetas, visitaron pueblos mágicos, donde fueron bien cobijados por las presidencias municipales de San Luis Potosí: “Como era de esperarse, con la pandemia se replantearon todo, queremos ir a los centros educativos, queremos acercar la poesía a los jóvenes, Conaculta apoyo por un año este proyecto”.

Para la voz poética, Mario Alonso vivir para la cultura no es una opción, se puede notar su entrega a las letras con su gran proyecto el Taller Literario Manuel José Othón que a la fecha tiene una vida de 33 años. Es ante todo un taller independiente y gratuito, fiel reflejo de su pasión que realiza de muy buen talante, que le hace feliz porque los resultados han sido generosos, uno de los alumnos al salir inició sus propios proyectos y ahora forma parte del INBA, donde propuso “Ciudad de Letras”.

El maestro Mario Alonso ha publicado los poemarios: Solo la luz rompe el silencio (Dos filos- Universidad Autónoma de Zacatecas, 1982); Breve Luz (Boldo y Climent, Querétaro, 1989); Variaciones sobre un retrato hablado (Cuadernos Othonianos, 1991); La Densidad del Aire, (UNAM, 1991); La Apariencia del árbol (Desierto-Instituto de cultura Aguascalientes,1999); Murmullos (Secretaría de Cultura San Luis Potosí, 2005).

Su obra ha sido traducida al flamenco, francés e inglés. Mario Alonso López Navarro ha obtenido diversos premios entre los que podemos mencionar: Premio Estatal de Literatura Manuel José Othón S.L.P. (1990), Primer Lugar Nacional en el concurso de cuento Issste-Cultura por el libro de cuentos infantiles Recuento de horas; Primer Lugar en el concurso 20 de noviembre -1991- con su obra Variaciones sobre un retrato hablado; Primer Lugar en el concurso de literatura Península de Yucatán con La apariencia del árbol; Primer Lugar en el concurso 20 de noviembre -2005- con el poemario Murmulllos; mención honorífica en los Juegos Florales de San Juan de los Lagos con el libro Desayuno del Shamán.

Ha sido becario del sistema Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Desde 1989 coordina el reconocido Taller de Literatura Poeta Manuel José Othón. Como editor ha sido responsable de las publicaciones: Cuadernos Othonianos, Revista Verdesierto, Cuadernos de Cultura Alternativa, Colección Vela Arde.

El maestro Mario Alonso ha sido incluido en las antologías San Luis Potosí 400 años de literatura, Cantera la Voz, Murmullos Poéticos, entre otros. Ha participado en múltiples festivales en México y en Bogotá, Costa Rica y Salamanca, España.

Hay que decir que la literatura es un gran generador de egos, muchos se preocupan por estar más en los premios, se publican más cosas de lo que se lee, son consumidores de su arte, comenta nuestro invitado. 

“Cuando tú quieres hacer cada obra porque te nace, dejas a un lado la pregunta de cómo seré visto, cómo te ensalzas, si te hizo pasar un poco desapercibido, no estar festivales con su propio nombre, la literatura me ha dado tanto de lo que es la vida para escribir, tengo que retribuir a mi medio, a mi gente, parte de esta maravilla que es la escritura, la difusión, desde San Luis Potosí, hago entonces, entre otras cosas, plaquette para difundir a los que están empezando en el camino literario”. 

Si bien nació en Ciudad Guadalupe (Nuevo León), Mario Alonso desde niño se siente parte de San Luis Potosí, donde se esmera para que conozcan la poesía potosina, sabiendo que nos puede dejar algo diferente.  Alonso nos ha permitido entrar no solo en su vida y obras, sino en el ser que habita la literatura, donde nos confiesa que ésta le ha dado lo suficiente durante 33 años, ha cumplido creando nuevos cuadros.

“Ocurre que me alejo de las cosas que no me llenan, de lo rimbombante, donde traen a los Premio Nobel, tenemos una deficiencia de educación, y en este replanteamiento estamos nosotros, creas la emoción, impacto al escuchar una poesía de otro país, empiezas a ver la literatura como algo cercano, se ha banalizado, hemos visto que se dicen poetas, saltándose los elementos básicos, cuando te dan algo que no se parece, no es la poética que yo creo enseñar y doy muestras de porqué es así, por qué escribo, por qué los talleres y los festivales de poesía.

“Voy queriendo que la poesía vaya dejando la cosquillita de que puede ser interesante, sin esperar a que me aprueben, están los 18 premios que no ha ganado ningún tallerista, cuando empecé lo hice en un patio, es lo que se hace cuando quieres dar lo que sabes, sin grandes espacios ni comodidades que no había en ese momento”. 

 

 

Del poemario Desayuno del Shaman 

ENCENDER UN CIRIO 

Abre la ventana, no sea ya cercano nuestro invierno y nos quedemos fuera 

Eso es como quien ha perdido sus enredaderas, en tanto las cornisas se llenan las alforjas de pámpanos y cimitarras, de aureolas y palomas. 

Espero mi canto, mis estrellas de la suerte, cuatro tréboles por los cuales recé este domingo. Soy mis dados, serenidad con que espero mi número certero, campana para agotar murmuraciones, levantarse por fin sin prisa. Quiero tocar un jorobado, el ombligo de buda, los conejos de la suerte. Quizá, y por comedimiento o paciencia, alguna viuda de verse. Un metal escondido. La rabieta de los perdedores. 

Y por eso nada basta antes de encontrar, ni estas notas, ni abril por… Después de ello tornaremos a dormir, yo aquí y usted en su sitio. Poblado de quizás es y tal vez nos encontremos Ojos de abril en pleno.

Una caracola busca mar, en la tinta azul de baldaquín. Una carta, ridícula y postal. Ese sereno provisorio de la muerte. 

Nunca llamar así, desesperado, en otra puerta Cuyo nombre olvidaste súbito, en la cornisa.

 

Comentarios
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el sol todavía no se acababa de vestir y yo disfrutaba un café presenciando el diario ritual del amanecer bajo la pérgola de la terraza. Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica.  Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas. Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar. Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable. Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito. Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París. - ¿Hola Nico, cómo te va? - Hola Pecos, ¡qué milagro! - ¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada? - Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas. - Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado? - ¿No te he contado? - La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad. - Aguas con la curiosidad mi Nico… - ¿Me quieres contar o qué? - Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.   Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos! Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar. Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal. Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también. - Cuéntame de tu casa esa, Pecos. - Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón. - Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume. - ¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas? - Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas. - ¿Y cómo le hicieron? - ¡Quién sabe Nico! - Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo? - ¿Debería? - No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado. - ¿Pero cómo lo encontró? - Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso. - ¿Cómo qué, Nico? - No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos… - ¿Nada más la gente que ya se fue, Nico? - No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú. - Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico! - Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos. Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico. Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos. - ¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento? - ¿Te cae? - ¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro! - ¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento? - No tengo idea Nico. - ¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó?  - ¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí? - Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente. Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda. Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así. - ¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues? - Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta… Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido. - ¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos? - Claro, Nico. - ¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas? - Por supuesto que me acuerdo. - A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza. - A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá.  - ¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto? Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más. - Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo. - Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde… Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba. - ¿Tú qué crees? - Era broma Pecos, no te enojes. - No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde. Me prometió que no lo haría, y se rio de nuevo mientras seguíamos caminando.’ Sin darnos cuenta, estábamos muy cerca de Copacabana; no tan lejos se veía la casa que fue de los iniciadores del fraccionamiento; tenía una distribución muy hermosa. Viéndola desde la playa, era una construcción de un solo piso, aproximadamente de cien metros de largo de un extremo a otro; en cada extremo estaba rematada por construcciones  de base circular con techos cónicos de palapa. No tenía propiamente una fachada dando hacia la playa; parecía tener un  corredor  que comunicaba de un extremo al otro, aislado únicamente por un mosquitero a todo lo largo.  Alrededor de las dos construcciones circulares que remataban esos extremos, también había mosquiteros en vez de cristales. Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido. La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess. - ¿Vamos hasta la casa, Nico? - Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada. Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo. Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo. Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips. ¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás? Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños. La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte. El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda. Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado. Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura. Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño. Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla. El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste. Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla. Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente. Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa. ¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera? La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia. Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo. Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas: ¿Qué había pasado con Los Olvidos? ¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda? ¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín? ¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda? ¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto? ¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente? Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos. ¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar? Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada. Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza. No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir? La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita. La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena." 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En realidad siempre he sido una flor de pavimento, mi escritorio y mi biblioteca son mi barco, mi pista y mi montaña; tal vez por eso, he sentido siempre una atracción admirativa por los deportistas olímpicos, por su voluntad y su gloria, por las ciudades engalanadas de ilusiones universales y el mensaje de paz y esfuerzo en el que creo. Recuerdo todas: la de Moscú y su boicot, la de Montreal y el 10 perfecto de Nadia Comaneci (como todos los niños de mi generación, me enamoré de ella). Los Ángeles, Sidney, Atenas, todas están ahí como un recordatorio de que uno es del tamaño de sus esperanzas y tan alto como sus empeños. Sin embargo, este año las olimpiadas son distintas; no solo por el vacío de las tribunas, por el año que se atrasaron y por la potencia evocadora que estos esfuerzos han significado, lo es por una razón familiar, subjetiva que, sin embargo, es simbólica. Mis hijos desde muy pequeños practican la esgrima y ahora acarician el sueño de algún día ir a las olimpiadas, me he pasado noches en vela viendo los combates, escuchándolos emocionarse, comunicarse con su entrenadora en la madrugada para comentar emocionados cuánto ha logrado avanzar Diego Cervantes nuestro protagonista en las competencias de florete. Los he visto sufrir con nuestro equipo de esgrima y aplaudir de pie a Alexa Moreno que se ha apoderado de nuestros corazones. Los he escuchado reírse de los comentarios de los listillos que piensan que no lograr una medalla es un fracaso cuando la gloria está en ya llegar a la competencia. Son muchas las cosas que la esgrima me ha enseñado en más de diez años. La primera de ella es el sentido de la gratitud. Mi abuela, que es la más importante de mis manes, la que lidera mi altar familiar, decía que “es de gente bien nacida ser agradecida”; pero la dimensión es distinta cuando pienso en Jessica Ferrer Santís, antigua campeona de florete y maestra por vocación y veo en ella no solo a la entrenadora de mis hijos sino  que la gratitud solo existe cuando es mutua, cuando se expresa con devoción y se recibe con humildad, cuando se vuelve un nexo y no una forma de sumisión o vasallaje. No se puede observar gratitud más perfecta que la que existe entre entrenadores y atletas, lo sé porque lo he visto y he visto en Jessica Ferrer crear competidores a partir de niños hiperactivos, tímidos, disléxicos o asustados, porque lo que ella ve son seres humanos con el potencial enorme de la voluntad y el deseo, es decir, mira más allá de la piel y de las lágrimas. La esgrima me ha enseñado que la vida es un asunto de equilibrio y de oportunidad, por una parte porque el esgrimista triunfa cuando logra equilibrar su ataque y su defensa, cuando logra identificar el ritmo del combate y ataca cuando debe, se guarece cuando puede y está siempre pendiente del momento oportuno, una centésima de segundo en el que la diminuta punta de un florete puede tocar con limpieza el cuerpo del oponente; cada vez que veo triunfar a un esgrimista lo que he visto es el triunfo del equilibrio sobre el caos y la visión para no dejar la oportunidad. La esgrima me ha enseñado que no importa cuánto te esfuerces o cuánto lo desees, el éxito no es consecuencia de esos factores sino del trabajo efectivo en el momento preciso; que la ilusión, el esfuerzo y la preparación son los presupuestos para estar listo en el momento adecuado y que cuando, pese a todo, los objetivos no se logran, la vida se basta en haber hecho el mejor trabajo, sin excusas ni explicaciones en el momento preciso. Mis hijos sueñan todo el tiempo, los he visto llorar con los puños crispados en el momento de la derrota y levantarse minutos después como si no hubiera pasado nada porque estaban conscientes de haber hecho el trabajo para el que habían sido llamados; los he visto gozar el triunfo, disfrutarlo como si la olimpiada nacional fuera el podio de París e instantes después volver a empezar como si fuera el primer día del entrenamiento. La esgrima me ha enseñado que ningún gobierno puede hacer lo que los ciudadanos no estamos dispuestos a hacer por nosotros mismos; los padres de la tropa de mis hijos, con el toque heroico de las madres como mi esposa, nos organizamos, torcemos agendas y logramos estar donde nos llaman de Tijuana a Mérida -porque esto es la propina, la esgrima me ha enseñado mucho de lo que sé de mi país-. Me consta que las autoridades de la Delegación Benito Juárez se esfuerzan tanto como pueden para darnos buenas condiciones, que la Federación de Esgrima, cada quien su suerte y cada quién tendrá sus apreciaciones, se ha preocupado tanto como ha podido por nuestros muchachos, pero no hay nada que supla al esfuerzo de levantarse temprano, de buscar transportación, tener el equipo en el mejor estado, acariciar y abrazar al derrotado y festejar al triunfante, solidarizarse con el compañero que no ha logrado la medalla y hacer un poco de padre sustituto cuando alguno no puede estar por sus hijos a tiempo. La esgrima me ha enseñado, en fin, que lo que estamos viendo no es el espectáculo más prodigioso que hemos inventado los humanos en la era moderna, sino la suma de un esfuerzo de toda la vida, de los atletas y sus familias; de sus entrenadores y de sus organizaciones. 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Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica.  Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas. Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar. Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable. Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito. Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París. - ¿Hola Nico, cómo te va? - Hola Pecos, ¡qué milagro! - ¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada? - Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas. - Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado? - ¿No te he contado? - La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad. - Aguas con la curiosidad mi Nico… - ¿Me quieres contar o qué? - Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.   Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos! Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar. Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal. Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también. - Cuéntame de tu casa esa, Pecos. - Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón. - Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume. - ¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas? - Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas. - ¿Y cómo le hicieron? - ¡Quién sabe Nico! - Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo? - ¿Debería? - No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado. - ¿Pero cómo lo encontró? - Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso. - ¿Cómo qué, Nico? - No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos… - ¿Nada más la gente que ya se fue, Nico? - No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú. - Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico! - Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos. Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico. Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos. - ¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento? - ¿Te cae? - ¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro! - ¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento? - No tengo idea Nico. - ¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó?  - ¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí? - Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente. Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda. Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así. - ¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues? - Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta… Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido. - ¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos? - Claro, Nico. - ¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas? - Por supuesto que me acuerdo. - A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza. - A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá.  - ¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto? Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más. - Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo. - Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde… Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba. - ¿Tú qué crees? - Era broma Pecos, no te enojes. - No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde. 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Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido. La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess. - ¿Vamos hasta la casa, Nico? - Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada. Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo. Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo. Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips. ¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás? Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños. La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte. El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda. Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado. Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura. Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño. Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla. El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste. Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla. Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente. Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa. ¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera? La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia. Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo. Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas: ¿Qué había pasado con Los Olvidos? ¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda? ¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín? ¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda? ¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto? ¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente? Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos. ¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar? Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada. Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza. No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir? La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita. La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena." 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33 Los Olvidos

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