La muerte de la palabra

Rafael Alberti, decía sobre las palabras y la guerra, “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”, porque en el fondo la guerra –sin importar...

3 de noviembre, 2020

Rafael Alberti, decía sobre las palabras y la guerra, “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”, porque en el fondo la guerra –sin importar la forma de gobierna que sea– se hace contra las palabras y contra las razones y argumentos. La guerra no es nunca un método ni una estrategia. Ésta se vuelve un fin en sí mismo, una especie de monstruo viviente que toma su propia fuerza y espiral de odio y destrucción con lógica –si es que puede llamarse de esa manera– independientemente de los contendientes y de los resultados. Edmund Blunden, el poeta inglés asesinado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decía que ningún ejército habría ganado la guerra ni podría ganarla, sino que más bien, la guerra había ganado.

Por eso son particularmente dolorosas las muertes de los poetas en los conflictos bélicos. Porque si no es a ellos, ¿a quién podríamos dirigirnos en busca de la belleza en medio de la destrucción?, ¿a quién implorarle las palabras que nos hablen de la memoria antes de la sangre y el fuego?, ¿a quién pedirle que sueñe la esperanza del mundo que vendrá cuando se levanten las ciudades desde las ruinas de los bombardeos y los campos barridos por el napalm puedan de nuevo dar frutos?

La insurrección franquista se llevó a Miguel Hernández, a Federico García Lorca y a Antonio Machado; sin contar a los muchos que tuvieron que morir fuera de su patria. Por su parte, las dictaduras latinoamericanas se ensañaron con los poetas: mataron de tristeza a Neruda y de bala a Victor Jara. La Primera Guerra mundial se llevó a Edward Thomas, a Rupert Brooke, a Isaac Rosenberg, a Wilfred Owen, a Francis Ledwige, a Julian Grenfell, a Charles Sorley y a T. E. Hulme. El estalinismo, en una sola noche alucinante asesinó a las más diáfanas plumas en lengua yiddish de la Unión Soviética como Markish, Hofstein, Fefer, Kvitko, Bergelson, Zuskin, Talmy, Vatenberg y Emilia Teumin.

Si algún gran enemigo tiene la palabra es sin duda el fascismo. El propio fenómeno nazi fue un enorme silencio para oprimir la palabra, desde la pequeña cronista Anne Frank, hasta Frans hessel, Max Jacob, Janusz Korczak, Arno Nadel, Irene Nemirovsky, Gruno Schulz –asesinado  a tiros en plena calle– David Vogel, todos ellos muertos en campos de exterminio o en salas de tortura o fusilados a media calle. Ellos más los que no pudieron con los estigmas de la violencia y la segregación y que se suicidaron por las huellas implacables de sus verdugos, como Walter Benjamin, Primo Levi, Ernst Weiss y Stefan Zweig.

Ningún poeta canta la grandeza de la guerra ni la belleza del combate, sino por el contrario, cantan lo que se ha perdido: las tardes de sol y esperanza y el retorno de la amada; los valores por los que vale la pena apostarlo y aún perderlo todo: la libertad y la justicia, por ejemplo, pero no los campos sembrados de muertos infértiles. Los poetas no cantan la destrucción sino la vida. Por eso resplandece el libro de Remarque, Sin novedad en el frente, como el alegato contra el belicismo y el derecho de los hombres a vivir y morir en paz.

Acaso sea que la guerra de España contra el fascismo y la rebelión, así como la defensa de la cultura occidental frente al totalitarismo encarnado en los Nazis; las revoluciones latinoamericanas contra sus férreas y violentas dictaduras, las guerras contra el colonialismo europeo; todas ellas enfrentaban valores y formas de visualizar el honor y por eso aprendimos a leer su épica y a visualizar su enormidad heroica, perdiendo de vista que en el fondo todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y una negación de nuestra razón como especie civilizada.




Volvamos al lamento de Alberti frente a la crueldad y el desamparo de la guerra, a su visión del mundo vuelto al revés, dejando mostrar sus más horrendas costuras, como todos los poetas que no vieron el final de los conflictos y que los volvieron víctimas: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras”.

@cesarbc70

Comentarios
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Haciendo memoria,  creo que me di  cuenta de que existía, desde que mis hermanas y yo íbamos de muy chicos a la casa de la familia Ralph que tiene vista justamente hacia acá. - Sí joven, donde trabaja Benito. - Exactamente, Don Marcelino; desde la terracita de esa casa, se domina la vista de playa Angosta y hasta el final sobre el lado izquierdo encontré Los Olvidos mucho antes de saber que así se llamaba. El café de  olla estaba en su punto y por fortuna los jarritos eran de buen tamaño, así que seguíamos disfrutándolo muy a gusto. - ¿Y cómo se animó usted a venir a Los Olvidos y pedir que lo dejara ver la casa? - Esa es buena pregunta. Cuando era muy chico, nunca se me hubiera ocurrido, luego estuve internado en un colegio militar en Virginia, en Estados Unidos. Ahí me acordaba mucho de Los Olvidos sin saber ni por qué. Luego, comenzamos a venir a Acapulco otra vez y la volví a ver desde casa Ralph, la veía con otros ojos,  como si cuando estuve tan lejos, la distancia se hubiera acortado; desde entonces, pensaba en venir aquí algún día. Incluso estando en el internado, me la imaginaba por dentro; la vista, el sonido del mar, sus habitantes, sus historias y ya ve, ahora las estoy leyendo. La casa me fue atrayendo cada vez  más, hasta que una vez  que la estaba viendo desde la sinfonía, me animé y decidí buscarla, lo cual sin conocer no es fácil, porque no está sobre la avenida sino al final de la cerradita de Explanada. Finalmente di con el callejoncito y llegue al portón que por fortuna permite ver la casa a traves de la separación que hay entre los tablones y confirmé que era la que buscaba; lo demás ya lo sabe usted. Don Marcelino tomó su jarrito con las dos manos, y apuró dos sorbos dejando ver que lo disfrutaba mucho; tanto como yo, que también lo estaba tomando despacio para que durara lo más posible. - Le voy a hacer una confidencia, joven Pecos, mi mujer y yo hablábamos de la forma que fuimos encontrando tantas cosas en lugares que habíamos limpiado a conciencia y que estaban totalmente vacíos. Nos preguntábamos cómo podían llegar esas cosas a habitaciones o áreas cerradas con llave. Nosotros teníamos curiosidad de saber qué podía estar escrito en las cartas, las tarjetas postales y los diarios, y sabíamos que necesariamente habría ahí  buena parte de la historia de la casa y de sus dueños.  La vida se queda suspendida en los retratos y también en las cosas que uno escribe, en los objetos personales, en los sitios donde se ha vivido y más, si se ha vivido intensamente. 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Y como casi ninguno de los vecinos había visto nunca un boleto de avión, causaron verdadera sensación porque, como dijo la del 32, “parece mentira que esos papelitos puedan mandarte a volar”. En lo que nadie se fijó es que eran para un vuelo “México-Toluca-México”, un vuelo que no existe (yo creo que el “novio” los hizo en persona para impresionar a la muchacha, pero se le pasó la mano). Al lado estaban las arras que, como ninguno de los dos tenía posibilidades, eran moneditas de 50 centavos; los anillos, apenas una bandita de metal blanco (yo creo que eran de plástico, pero no quise sacarlos de su error, porque ¡pobre muchacha!). Había una muestra de los manjares que iban a servir en el banquete; que no duraron mucho, porque los curiosos se los comieron en un descuido de la chica. 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El conflicto escaló rápidamente, y el portero amenazó con mandar a sus guaruras a destruir la exposición y castigar a la ofensora, aunque sin especificar qué tipo de castigo le iba a aplicar (pero yo ya me lo imagino, porque la muchacha está guapita). Pero ella no se amilanó, y esa misma noche recogió sus cosas y, ayudada por varios vecinos, las metió a un taxi y se fue en busca de un lugar que le ofreciera mejores condiciones de vida. Qué triste, ¿verdad?, que no puedas vivir en un lugar que te gusta, nada más porque alguien dice que tienes que pagar impuestos. Pero así es la vida, mi amor; y no podemos hacer otra cosa. 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