La figura mítica revolucionaria de Dolores Jiménez y Muro

Es innegable pero de manera alterna, que en el desarrollo de México también participaron mujeres heroínas que se empoderaron en la difusión de mensajes de alerta a los revolucionarios por medio de las letras, mujeres como Dolores...

19 de noviembre, 2020

Es innegable pero de manera alterna, que en el desarrollo de México también participaron mujeres heroínas que se empoderaron en la difusión de mensajes de alerta a los revolucionarios por medio de las letras, mujeres como Dolores Jiménez Muro, ¡una escritora revolucionaria!

Dolores Jiménez es una de las pocas heroínas “más conocidas o difundidas” en la literatura relacionada al tema de la Revolución Mexicana. No obstante, existen más de mil heroínas que participaron en la lucha revolucionaria sin que se les haya reconocido socialmente. Sus nombres no están grabados con Letras de Oro en el Muro de Honor de la Cámara de Diputados en la Ciudad de México; tampoco figuran en la conciencia colectiva mexicana. Por todo lo anterior, en esta ocasión, merece llamar la atención el legado de Dolores Jiménez y Muro, mujer valiente, con un ideario estratégico revolucionario.

Perfil biográfico

Dolores Jiménez nació en Aguascalientes el 7 de junio de 1850. Fue escritora, periodista y participó en la Revolución Mexicana. Fue hija de José María Jiménez, un abogado y funcionario liberal, y de Atilana Muro. En 1883, queda huérfana de padre y madre. Realiza acciones filantrópicas en pro de la clase trabajadora y esto le permite adoptar un autoconcepto crítico sobre la condición inhumana, de miseria y explotación de los trabajadores. En la carta que escribió a Blanquet, en 1914, desde la cárcel, dice: “…huérfana de padre y madre desde muy joven; viviendo siempre de mi trabajo, y, desde hace tiempo también, sola en el mundo, no existe otra influencia para mí que la de mi criterio y la de mi conciencia, no aspirando a nada material ni arredrándome nada tampoco, si no es obrar torcidamente, lo cual está en mi mano evitar.

 Emigró a la ciudad de San Luis Potosí donde colaboró en las publicaciones tituladas La Esmeralda y La Sombra de Zaragoza. En 1902 fue directora de La Revista Potosina. Dolores en cuanto a su ideología, militó en las filas del Partido Liberal Mexicano

Legado 

  1. a) Participó en la redacción del Plan Político y Social proclamado en Tacubaya, Distrito Federal el 31 de octubre de 1911, en el cual se exigía principalmente, la retribución de tierras a los campesinos y un aumento salarial lo que propició su encarcelamiento por parte del Gobierno de Francisco León de la Barra. Después de realizar una huelga de hambre fue puesta en libertad; 
  2. b) participó con Emiliano Zapata y redactó el Prólogo del Plan de Ayala y fue elevada al rango de General Brigadier;
  3. c) en 1913, fue Directora del Diario La voz de Juárez;
  4. d) formó parte de la Asociación Socialistas Mexicanos y como órgano de difusión tenía el Diario Anáhuac;
  5. e) estratega y dirigente de protestas públicas;
  6. f) en 1917, desde la Secretaría de Educación fue la primera en promover las primeras misiones culturales;
  7. g) su labor como docente y oradora dentro de las filas zapatistas le valió ser llamada la “Antorcha de la Revolución”.

Al término de la lucha armada, desempeñó cargos en la Secretaría de Educación Pública. También publicó algunas de sus poesías como Rayo de Luz. Dolores Jiménez y Muro murió el 15 de octubre de 1925, en la Ciudad de México.

RAYO DE LUZ

 Pronto voy a morir; lo sé, lo siento

En esta languidez que me domina:

La flor que va a morir, falta de aliento,

Hacia la tierra, como yo, se inclina.

                         –

 Pronto voy a morir; mas no me aterra

El pensamiento de perder la vida:

Mi alma está desprendida de la tierra,

Y espera hasta con ansia su partida.

                          –

 ¿Por qué llorar? El pájaro viajero,

Si la tormenta destruyó su nido,

No marcha triste, vuela placentero,

Del sitio de exhalara su gemido.

                        –

 La pobre planta, rota por el rayo,

Que produce flores, ni un retoño,

Halla en sus ramas el ardiente Mayo;

No teme, no, los hielos del otoño.

                        –

 ¡Ay! ¿Y yo?……¿Qué esperanza bendecida

Flota viva en el mar de mis dolores?

No soy la pobre planta ya sin vida;

El ave sin hogar y sin amores?

                       –

 ¡Venga la muerte, pues! Mi alma creyente,

Más allá de esta vida ve otra vida,

Que se ha de prolongar eternamente,

Donde recordaré la paz perdida.

                      –

 Donde yo, que he sufrido tanto ¡tanto!

Viendo la dicha cual quimera hermosa,

Secas veré las fuentes a ser dichosa.

Dolores Jiménez y Muro se inscribe en la Historia de México como una figura respetable de las mujeres potosinas que se pronunció por el derecho a vivir en paz y sin vejaciones clasistas ni racistas.

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Duerme en el patio, se alimenta de lo que los vecinos le dan; y se ha hecho querer de todos porque tiene muy buen carácter, y a veces acompaña a los niños que van a la escuela a que tomen el camión en la esquina. Es bastante grande y robusto, y agradece las palmaditas que todos le dan. Pero… Pero un día llegó un vecino nuevo al 43. Es un hombre tranquilo, de costumbres morigeradas (qué palabrita, ¿eh? Ya casi no se usa) y aspecto agradable. Esto lo digo ahora que por fin lo he conocido un poco, porque al principio…. Para no hacerte el cuento largo: en cuanto el perro ese lo vio, se le fue encima. No lo derribó, pero le empezó a ladrar como si se tratara de un asesino. Y eso fue lo que dijeron los vecinos: “Ha de ser un desgraciado; si no, el perro no lo trataría así”. El caso es que le creó una mala fama instantánea, y todos lo veían con recelo. Aunque, en realidad, apenas lo veían porque en cuanto aparecía en el patio, el perro se le iba encima y el pobre tenía que salir por piernas. Hay un dicho muy popular aquí: “Perro que ladra, no muerde”. Y no, no lo mordía; pero le rasgaba las mangas de las chamarras o los pantalones; aunque su blanco favorito era el fondillo de los pantalones, que no sé cuántas veces los tuvo que mandar al zurcido invisible. El caso es que el pobre hombre no podía vivir más que encerrado en su vivienda. Y eso, relativamente, porque muchas veces iba el perro a ladrar ante su puerta, que en más de una ocasión se quedó ronco. ¿A qué se debía tanta hostilidad? Nadie se lo explicaba. Un día el hombre salió al patio y en cuanto vio al perro correr hacia él, lanzó algo al suelo. Era un pedazo de carne, sangriento y apetitoso (para el perro, pensó). Pero el animal lo ignoró completamente, y se le lanzó al cuello. No sabes el grito de horror que dieron los vecinos (ya todos saben a qué hora sale para el trabajo, y se asoman para ver qué le hace el perro). Pero se limitó a arrancarle la corbata y a perseguirlo hasta la avenida. Ese día, al regresar, el señor fue con el portero, a pedirle protección. El portero, naturalmente, le dijo que eso no era de su incumbencia. Pero el señor dijo que las autoridades están para permitir la convivencia, y que una de sus principales responsabilidades es la seguridad, y que si no le daba protección lo iba a denunciar (aunque no dijo ante quién). Estaba el pobre hombre tan molesto y tan seguro de sí mismo, que el portero ordenó a uno de sus guaruras que lo acompañara hasta su vivienda. Pero en cuanto salieron al patio, el perro se fue sobre el guarura, lo espantó, y luego fue a por el señor (que fue muy rápido y ya estaba abriendo la puerta de su casa). Pero aún así, alcanzó a rasgarle su parte favorita de los pantalones, en forma tal que ya no admitía zurcido de ningún tipo. El hombre optó por salirse a su zotehuela, subir por las cañerías a la azotea y allí, ayudado por los ninis, bajar a la calle. Pero sólo lo pudo hacer un  día; porque al siguiente el perro estaba en la azotea, esperándolo, más rabioso que nunca. El hombre bajó por el mismo camino y quiso salir por el patio a la carrera; pero en la puerta de la vecindad ya estaba el monstruo, enseñando todos los dientes. Entonces, sucedió algo totalmente inesperado. El hombre se puso en cuatro patas y empezó a ladrar. Pero eran unos ladridos espantosos, como de película de terror (yo creo que había estado practicando en secreto, porque de otra forma no se explica). Y luego, se fue hacia el perro enseñando sus dientes, que eran pocos, pero blancos y relucientes. ¿Y qué crees que hizo el perro? Se replegó sobre sí mismo; empezó a gruñir sordamente, y cuando el hombre ladró nuevamente (en forma verdaderamente aterradora), lanzó un gemido y salió corriendo a la calle. El hombre llegó a la puerta de la vecindad y siguió ladrando, en cuatro patas, que todos los transeúntes se lo quedaron mirando como si fuera un bicho raro. 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CARTAS A TORA 248

CARTAS A TORA 250

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