La Abeja Melipona: Un Tesoro de los Mayas

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14 de agosto, 2020

En esta ocasión, quiero aprovechar este espacio para abordar un tema ajeno al terreno político, al que estoy acostumbrado a escribir. Con motivo de la reciente conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas (que se celebra, anualmente, el 9 de agosto), me vino a la mente un tema que recientemente tuve oportunidad de abordar al entrevistarme con Emilio Gispert, joven emprendedor, fundador de DerMaia (empresa especializada en la elaboración de productos para el cuidado de la piel a base de miel melipona), quien, con su amplio conocimiento en el campo, abordaba la penosa situación por la que están pasando los indígenas de nuestro país. En este caso, los pueblos mayas de Yucatán, quienes a lo largo de su historia se han visto amenazados por una serie de situaciones en pro del progreso tecnológico y urbano, en detrimento de su cultura y valiosa tradición.

Ciertamente, me impresionó la magnitud que ha alcanzado un problema que hemos descuidado por décadas y que, en opinión de este autor, es imperioso atender para no perder nuestras raíces. Es inconcebible que se permita que las comunidades indígenas mueran y que grandes consorcios con fines económicos se aprovechen de ello.

La comunidad maya posee una historia sorprendente, engalanada por una riqueza exquisita y un sinnúmero de costumbres ancestrales que los rigen hasta nuestros días, cimentadas en un amplio esquema de valores. Es inaudito que un pueblo tan rico, sabio y con una cultura inmensa, viva al borde de la pobreza, marginación y sufra discriminación en su propio territorio; eso sin contar la deforestación de las selvas, la fumigación de sus campos y las edificaciones urbanas que están acabando con sus tradicionales y ancestrales medios de subsistencia.

Y lo que me parece aún más preocupante es el desconocimiento de las nuevas generaciones alrededor del tema. La falta de información en torno a su cultura, sus creencias, sus especies. Tal como enfatizó mi entrevistado, es el caso de la abeja melipona. 

La abeja sagrada maya o Xunaan Kaab, como se le conoce en las comunidades mayas, es una especie endémica del estado de Yucatán. Es uno de los tesoros más invaluables de la fauna maya desde la época prehispánica. Se trata de una abeja muy sociable y especial, que no tiene aguijón. Es la responsable de gran parte de la polinización de la selva, el bosque y la milpa maya. Actualmente se encuentra en peligro de extinción.

Esta abeja, lamentablemente desconocida por la gran mayoría de los mexicanos, es un acervo cultural de gran tradición para los mayas. Fue domesticada desde hace más de 2000 años y su néctar fue utilizado como base de la medicina maya para curar diferentes tipos de padecimientos. La sabiduría de los mayas en torno a las abejas y el valor de su especie se plasmó en numerosos códices antiguos que poseen información relevante sobre las características y cuidados de las meliponas, las altas propiedades de su miel y su alto valor medicinal y curativo, considerablemente mayor que el de las abejas apis melíferas (Europeas).




El cultivo de la abeja melipona, cabe añadir, es una fuente de ingresos propia para los mayas. Esta actividad, tradicionalmente ejecutada por los varones, ahora está siendo rescatada por las mujeres mayas de diversas poblaciones de la entidad. Hoy, ellas son las encargadas de cuidarlas, protegerlas y cultivarlas. Ritos religiosos y ceremoniales son realizados antes y después de la cosecha de la miel, unos para que haya alimento suficiente para las abejas y los otros para agradecer el regalo obtenido de su miel.

Desgraciadamente, el desconocimiento, la ignorancia y la avaricia de ciertos grupos, han dado pie a la explotación indiscriminada de esta zona y el daño alarmante a sus especies. Grandes consorcios turísticos y otros desarrollos están arrasando con la selva y con las plantas endémicas de la comunidad maya, que son la base de la alimentación de las abejas meliponas y de otras especies por igual. Para ejemplificar, un dato: La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) calcula que, desde hace aproximadamente 20 años, se han deforestado desde 155 mil hasta 776 mil hectáreas mayas al año.

Otro factor lamentable, como se mencionaba en párrafos anteriores, es el desconocimiento de los propios mexicanos sobre el tema. Me parece increíble que, en Europa, la miel melipona sea altamente valorada y reconocida por sus múltiples propiedades. Incluso, es a menudo comparada con la miel de Manuka de Nueva Zelanda. Hoy en día, un gran número de empresas francesas de cosméticos buscan la miel para ser utilizada en la fabricación de sus productos, comprándola a precios irrisorios y despojando a las comunidades mayas de su conocimiento ancestral. 

Me parece que, como mexicanos, debemos cuidar nuestras raíces, hacer frente al problema de la deforestación, se trate o no de territorios indígenas. No podemos permitir que empresas abusivas conviertan a la abeja melipona y su miel en un recurso para explotar sin un beneficio inmediato para los meliponicultores, si tenemos la posibilidad de apoyar a empresarios socialmente responsables que aporten un beneficio a las comunidades mayas. Finalmente, mi conclusión final gira en torno a la preservación de los pueblos indígenas. Creo firmemente que en la actualidad podemos seguir aprendiendo de ellos, de sus valores, sus costumbres, sus formas de ser, sus lazos familiares, sus creencias, sus ganas de salir adelante y poner las raíces de nuestro país en alto.

Espero que, en muchos años, podamos seguir viendo a los pueblos indígenas como un tesoro… y no solo como un recuerdo.

Comentarios
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Usted, amable lector, seguramente ha leído algún post, nota, artículo o libro que lleve por título algo similar a lo anterior.  Cada vez que alguien propone la destrucción como la solución a cierto problema de la sociedad, recuerdo La naranja mecánica de Anthony Burgess. Al leer este título, lo más probable es que recordemos la película de 1971, dirigida por Stanley Kubrick y estelarizada por Malcolm McDowell. Es una película cuyos valores cinematográficos innegables la volvieron un clásico del séptimo arte y que merecería, por sí misma, varios artículos.  Sin embargo, hoy no deseo hablarles de la película, sino del final de la novela, el cual no aparece en la adaptación de Kubrick. ¿Recuerda usted el final del filme? ¿Ese en el que Alex, el protagonista, dice con un tono algo ambiguo “sí, yo ya estaba curado” y parece volver a su antigua vida de violencia? Ese no fue el final que Anthony Burgess, escritor británico, dio al personaje de Alex DeLarge en su obra. La permanencia de la historia “truncada” en la memoria colectiva se debe a que Kubrick adaptó la versión estadounidense de la novela. En esta versión, el final original fue eliminado por el editor, al considerarlo “poco realista” y “poco atractivo” para los lectores norteamericanos.  La novela fue escrita, de acuerdo con las propias palabras de Burgess, en un lapso de tres semanas con el fin de ganar un poco de dinero. La obra fue publicada en 1962 y narra la historia de Alex DeLarge, un adolescente amante de la música de Ludwig van Beethoven y líder de la banda formada por él y sus amigos Dim, Georgie y Pete. Los jóvenes asisten, noche tras noche, al bar lácteo Korova a beber moloko-plus (leche adicionada con drogas). Después de tomar esta bebida, el grupo sale a las calles a realizar actos aleatorios de “ultraviolencia”. La espiral de destrucción que comienza con robos y golpizas a transeúntes inocentes rápidamente se transforma en una vorágine delictiva sin freno.  Alex DeLarge es detenido y condenado a prisión después de una violación que termina en asesinato. En prisión, el antiguo líder será sujeto a una novedosa terapia experimental de aversión desarrollada por el gobierno cuyo fin es quitarle todos los impulsos violentos.   No le cuento más para que experimente usted mismo la travesía de Alex si es que aún no ha visto la película o leído el libro. Le recomiendo que busque alguna de las dos opciones y si puede conseguir ambas, mejor.   ¿Una novela o una fábula? La historia narrada en La naranja mecánica es más profunda que el nadsat (la jerga juvenil, conformada en su mayoría por palabras de origen ruso) o los actos de “ultraviolencia” que cometen los adolescentes. Burgess nos presenta varias cuestiones al final de la novela: ¿es aceptable la intromisión de la ciencia para modificar la conducta humana? ¿Es ético que el gobierno utilice a los individuos como conejillos de indias usando como pretexto del “bien común”? Sin embargo, la cuestión que me gustaría comentar es la que se expone en el último capítulo de la versión inglesa original. En un prefacio a la edición de 1986 de la novela, Burgess escribió lo siguiente al respecto de la omisión del capítulo final, el número veintiuno, en la adaptación cinematográfica:    El capítulo veintiuno concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos bestsellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando solo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La naranja mecánica norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela. Anthony Burgess, de acuerdo con sus propias palabras, termina su novela en el capítulo veintiuno porque este número representa el momento de la madurez humana plena. En dicho capítulo, se nos muestra a un Alex DeLarge que ya no encuentra satisfacción en los actos de violencia. Un cambio se gestó dentro de él: desea un mejor futuro que el que la destrucción sin sentido puede ofrecerle. Alex piensa en formar una familia. Construir, por fin lo comprende el protagonista, es la única forma de labrarse un mejor futuro.  Actualmente, nos encontramos en una encrucijada similar a la del drugo Alex. Vivimos en una época cuyas condiciones sociales, políticas y económicas nos han llevado a pensar que la destrucción es el camino más adecuado para la sociedad. Solo es necesario abrir cualquier periódico para darse cuenta de esta mentalidad: “Destruir… (lugares, instituciones, personajes públicos y un largo etcétera) parece ser la orden del día en las agendas de diferentes grupos”. Es entendible esta posición, que apela a nuestra parte adolescente: para atraer adeptos a alguna causa en particular, siempre es más atractivo llamar a la gente a quemar un puente que convocarla para construir uno.  Las redes sociales son un ejemplo perfecto de esto, ya que ahí encontramos un volumen enorme de críticas negativas, burlas o memes que pretenden “destruir” a cualquier ente con el que no se esté de acuerdo. Una pregunta que debemos hacernos en el aquí y ahora es, ¿qué tanta energía y tiempo estamos dispuestos a utilizar para construir algo valioso en lugar de desperdiciarla en destruir? Destruir algo es cosa de segundos; construir lo que sea, en cambio, puede tardar meses, años o décadas y requiere de madurez y paciencia. Esta es una verdad de Perogrullo, pero que muchas veces olvidamos, especialmente en una sociedad obsesionada con la satisfacción que provoca la inmediatez moderna (con entregas de artículos “al día siguiente” y demás servicios ultrarrápidos). Destruir nos permite liberar temporalmente nuestras frustraciones y nuestra ira, pero en la resaca únicamente encontraremos vacío y aislamiento. Construir, en la faceta que sea, al contrario: nos llena y nos hace humanos.  Esta disyuntiva es la que se encuentra Alex DeLarge al final de la novela: si decide hacerse más humano o convertirse en un agente de destrucción perene. El momento actual nos pide a gritos hacer esa misma elección. Decantarnos por una opción u otra, en gran parte, decidirá el futuro que tendremos como personas y como sociedad. 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