Josephine Baker, la francesa de Missouri

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15 de septiembre, 2021

En París, cerca de la escuela de Derecho de la Sorbona y del Jardín de Luxemburgo, se levanta el Panthéon, un augusto edificio catedralicio pero laico; en su frontispicio se lee una frase que podríamos traducir así: A los grandes hombres, la patria reconociente… o agradecida. Es un lugar enorme, desde su altísima cúpula pende el famoso Péndulo de Foucault que en el siglo XIX instaló ahí el científico de ese apellido para demostrar la rotación de la Tierra. Lugar hermoso como pocos, fue construido para honrar las reliquias de Santa Genoveva, santa patrona y protectora de París, pero los hechos de la revolución transformaron el edificio en un lugar de peregrinación laica y en efecto, resguarda las reliquias de quienes han hecho la historia de Francia, ahí se encuentran, entre otros Victor Hugo y Voltaire, Jean Moulin y André Malraux, Émile Zola y Marie Curie. Desde noviembre próximo reposará ahí Josephine Baker.

El amable lector tal vez no la conozca. La descubrí hace algunos años por comunicación directa del vicio jazzístico en el que me educó mi padre; pero la Baker fue mucho más que la primera mujer, afroamericana del sur profundo, que triunfó en París, que enloqueció a quienes la escucharon y la vieron bailar y que hizo famosa aquella divina canción, cuyo título en español es revelador, “tengo dos amores, París y mi país…”; mucho más porque fue miembro destacado de la resistencia contra el invasor nazi. Al morir se le dispensaron honores militares y se le confirió la condecoración de la Croix de Guerre; valiente y hábil, inteligente y sensible, participó en la marcha sobre Washington en la lucha por los derechos civiles, y a la muerte de Luther King se le ofreció la dirigencia del movimiento, cosa que rechazó, los únicos reflectores que disfrutó y permitió fueron los del escenario. Pero, además, se trata de un ser humano extraordinario. Adoptó 12 hijos de distintas etnias y nacionalidades, venezolanos y sirios, judíos y asiáticos, a ellos, con los que vivió y educó, llamó la tribu del arcoíris y demostró, como siempre lo dijo, que si a personas de los más diversos orígenes se les educa con el mismo amor y cariño, necesariamente crecerán como hermanos. No hay discurso más claro ni más contundente en la historia de la tolerancia, el amor y la fraternidad.

Admiro mucho ese genio de la civilización francesa por el que la historia de su cultura es la de la Patria, sin estancos ni falsas divisiones, Victor Hugo es tanto el legislador como el autor y no hay compartimentos en su legado; Baker nació en Missouri y es tan, pero tan francesa, que dormirá el sueño eterno cerca de Curie que había nacido en Polonia; un genio al que la diplomacia cultural le nació muy joven, muy pronto en el desarrollo de su vida política y que se volvió parte de su esencia diplomática, su respuesta a la expansión norteamericana en América latina durante la segunda posguerra no fueron misiles ni misiones encubiertas, fue el Instituto Francés de América Latina que todavía hoy sirve para irradiar cultura, cine, letras y la seducción amable que no es la de la ideología sino la de la cultura porque ese mismo genio que permite ahora elevar al máximo honor a una mujer que, en su tiempo fuera víctima de toda marginalidad posible: mujer, vedette y afroamericana, es el que les autoriza a difundir su cultura como política de Estado, sin importar cómo se comportará su legislativo en dos años o quién ejercerá la presidencia, sino dialogando con su arte y su civilización que aspiran, más allá de cualquier periodo de gobierno, a ser eterna, la Francia Eterna. Eso, para mí, no sé para usted, es el sentido de una auténtica diplomacia cultural, lejos de las arenas del rencor y la conveniencia de corto plazo.

Pero, más allá de eso, la propia idea de qué es la identidad nacional, el debate entre quienes somos y cómo nos vemos, pasa por apertura al diálogo y por el espejo del otro. Es cierto que las raíces son importantes, pero lo son más los frutos; es fundamental saber quién fue mi abuelo pero, como decía Lincoln, me importa más saber quién será su nieto. Mientras no partamos de la serenidad y de la aceptación de los hechos no podremos asimilar que cuanto nos ha ocurrido a través de las generaciones es el camino de lo que ya no tiene remedio, pero construirnos en todas las voces, manteniendo las memorias y aprendiendo que no somos una mexicanidad sino muchas no podremos definirnos más allá de los discursos pendencieros e ideologizados; no somos los aztecas ni los mayas, no somos los colonizadores ni los conquistadores, somos los que hemos decidido quedarnos y jugárnosla por este territorio que es también una constitución y una promesa de mañana, somos los de la periferia, los excluidos y los que ejercen el dominio; somos los que queremos dialogar con todos para entender que en realidad; somos un pacto de permanencia y no un paquete genético. No podemos olvidar que en la segunda guerra mundial muchos judíos se enteraron que lo eran cuando los nazis les avisaron, que no nos pase, que no confundamos grupo sanguíneo ni carga genética con identidad nacional porque eso, la pertenencia, es mucho más que sangre y derrota. 

 

@cesarbc70

Comentarios
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We didn't start the fire It was always burning, since the world's been turning We didn't start the fire No, we didn't light it, but we tried to fight it

– Billy Joel (1949), cantante y compositor estadounidense.

Incómodos, radicales, tenaces, inquisitivos, irritantes, problemáticos, irreverentes y –especialmente– críticos. Tales son los adjetivos con los que la gran mayoría de la sociedad suele describir a todos quienes nos dedicamos a la filosofía –al menos, los más decorosos–. Y es que no solo se trata de una carrera que te licencia para hacer filosofía "profesionalmente", se trata de una cierta marca existencial, algo que nos caracteriza hasta la médula.  La filosofía se ha definido de mil y un maneras durante la historia humana. Comparto la idea de que ésta es la ciencia que busca encontrar, a partir de una constante apertura existencial, aquellas causas y principios que operan en la realidad. Es decir que no se reduce a un mero proceso intelectual –una disciplina mental–, sino que se trata de una auténtica manera de ser. Si bien, todo ser humano es capaz de filosofar –buscar los principios que operan en una realidad concreta–, considero que hay una distinción muy significativa entre una reflexión profunda eventual y una introspección constante. Se trata del anhelo íntimo de encontrar la verdad en todo momento. No me refiero solo a una verdad particular en ciertas ocasiones, sino a tener un compromiso auténtico con lo auténtico; una existencia que, honestamente, está siempre en la búsqueda de lo real y objetivo. Por ello, así como un médico se atiene al famoso juramento hipocrático de nunca dañar a sus pacientes, el filósofo jura un compromiso vital con la verdad. Lo cual, implica una constante apertura en cualquier dimensión de la vida para descubrir la verdad, empezando por uno mismo. Este compromiso existencial es una actitud que siempre incomoda a muchas personas, ya que estar predispuesto a la reflexión constante implica una apertura sin clausura de estar inspeccionando los hechos más aceptados –sin ser necesariamente verdaderos–, así como estar contrastando y "problematizando" aquellas ideas, nociones, usanzas y tradiciones que muy pocas personas siquiera se plantean dudar. Sobre todo en el mundo contemporáneo, donde el relativismo intelectual y moral siguen estando en boga, las personas que se preguntan por la verdad objetiva, no solo en los hechos, sino en los principios y causan que la originan, suelen ser confinados a la academia pero excluidos de asuntos "prácticos". Y es que en el mundo de las Fake News, donde ya no hay un interés en dialogar en comunidad y solo se procura el estar en lo cierto, la filosofía es estimada como una ciencia de la antigüedad, un saber que solo causa problemas sin dar soluciones "en el aquí y ahora".  Por supuesto, aunque la filosofía no es para todos, vaya que sí es necesaria. Como la historia lo ha comprobado, no todo se centra en el mero hecho –el factum– y lo presente. Al final, tal como lo expuso Isaiah Berlin, las ideas son las que mueven al mundo a actuar1. La aceptación de esta verdad es la que nos lleva a conmemorar el Día Mundial de la Filosofía cada año, celebrado el pasado 18 de noviembre. Este breve escrito busca presentar una apología concreta que demuestre la importancia de la filosofía en la vida de cada ser humano para formarse un criterio objetivo que permita construir una sociedad más justa.  Sin lugar a dudas, uno de los mayores rockstars de la filosofía es Sócrates. A más de dos mil años de su vida, continúa siendo uno de los grandes maestros de la humanidad. Para él, la filosofía debe ser la constante interrogación que busque, a través del diálogo, contrastar definiciones y realidades para encontrar la verdad. El símbolo que utilizó fue el tábano, un mosquito que "aguijonea" a la sociedad: “[…] que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano, según creo, el dios me ha colocado junto a la ciudad para una función semejante, y como tal, despertándonos, persuadiéndonos y reprochándonos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas partes2. Así, la labor filosófica se centra precisamente en lo que hoy entendemos como "formación del criterio". Un análisis racional y emocional de los sucesos que ocurren a nuestro derredor donde cada persona sea capaz de inteligir entre lo bueno y lo malo, entre lo falso y lo real. Es precisamente esta conciencia la que nos permite resistir los terrores imaginarios de las propagandas políticas3, por ejemplo. Ideas conspirativas, ciega fe a líderes espirituales y políticos, Fake News, son algunos de los más destacados ejemplos donde el pensamiento filosófico se convierte en un auténtico defensor de lo justo. El común denominador detrás de todos estos fenómenos es, como bien afirmó Sócrates, "que resulta evidente que están simulando saber sin saber nada"4. Precisamente cuando nos cerramos a no dialogar y estar dispuestos a reconocer el error, caemos en los extremos vicios morales que tan bien han identificado los filósofos desde la Antigüedad.  De esta manera, la filosofía tiene esta naturaleza de estar vigilando qué tanto nos estamos desviando de la verdad objetiva. Por supuesto, el ideal siempre ha sido la búsqueda por la verdad en sí misma como fin, no como medio. Sin embargo, la verdad exige que seamos congruentes con nosotros mismos. Por ello es que la filosofía también tiene la naturaleza de introspección personal –además de la reflexión social o comunitaria expuesta arriba–. Ya lo decía san Agustín: "Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad"5. Estar abierto a entender nuestra realidad –en tanto la verdad que conforma la identidad de cada persona, así como su naturaleza humana– es la condición necesaria para ser, no solo mejores personas, sino aspirar a la auténtica felicidad6. Esta examinación interna –que forma el criterio personal– es solo posible cuando emprendemos una actividad filosófica hacia el interior de cada uno de nosotros. Gracias a nuestra racionalidad simbólica que nos permite distanciarnos de nosotros mismos y entendernos –como señala José Antonio Marina 7– narrativamente, es como opera la filosofía. Con su distintivo método de la interrogación y el contraste –así como similitud– el pensamiento filosófico nos posibilita a que accedamos a la verdad interna: Se llaman soliloquios, y con este nombre quiero designarlas, porque hablamos a solas. Nombre tal vez nuevo y duro, pero muy propio para significar lo que estamos haciendo. Pues siendo el mejor método de investigación de la verdad el de las preguntas y respuestas…8 Estos diálogos internos –soliloquios–, sin embargo, son el principio del descubrimiento de la verdad. Son el inicio del viaje vital que emprendemos a diario en búsqueda de la felicidad. Así, anhelamos bienes, alegrías y prosperidades que, al menos en un primer momento, prometen la felicidad. Sin embargo, la mente crítica que desarrolla el pensamiento filosófico advierte que hay bienes que, aunque aparentan serlo, en realidad no lo son. Pero no solo es la reflexión personal lo que permite un crecimiento individual, sino que la persona requiere de los demás para encontrar esta felicidad. Así, la búsqueda por la verdad empieza en uno mismo y se compagina con la verdad comunitaria y la verdad objetiva. Tal como lo explica Alasdair MacIntyre: La honestidad, sobre todo la sinceridad con respecto a uno mismo y también hacia los demás, es la virtud indispensable para que una persona llegue a conocerse así misma en el grado necesario y tenga la capacidad para resistir todas las influencias que contribuyen al autoengaño. Esa honestidad se ejercita no sólo en el autoexamen, sino también en la responsabilidad para con aquellos otros que tienen razones para esperar que les ayudemos a satisfacer sus necesidades, reconociendo frente a ellos nuestras deficiencias y fracasos cuando sea pertinente hacerlo9 No se trata de que la filosofía dé las respuestas concretas a toda situación que enfrentamos; sin embargo, la filosofía sí se encarga de que, entre las múltiples tentaciones que ofrece la vida, las personas no caigamos en los extremos del mal –a partir de la duda y, como ya se ha dicho, de la constante reflexión–. Por eso es que nos ven como "incómodos", "radicales" o "rebeldes". Y, como profesional de la filosofía, confieso que es un orgullo serlo. Pues la verdad no busca agradar los apetitos banales de las autoridades, ni se adapta a las sensibilidades frágiles, ni quiere subyugarse ante las posiciones extremistas, todas estas visiones que prefieren vivir en la cómoda y placentera mentira antes que mirar el desorden interior que cargan. La verdad simplemente es.  Por último, frente a la acusación de que la filosofía solo causa más problemas, considero que, más bien, habría que preguntarse ¿por qué es malo dudar? Nadie posee la verdad absoluta y quien afirma lo contrario es un embustero. Las soluciones sencillas, meramente prácticas y al momento, no resuelven nada aunque aparentan hacerlo. Más que causar problemas, la filosofía es este bisturí –fino y preciso– que, como la enfermedad en el cuerpo, extrae las explicaciones banales envueltas en falsedades para abrir el camino hacia la verdad; y con ésta, hacia la construcción de un mundo mejor. Así, al no conformarse con cualquier explicación del mundo, la filosofía está en constante desafío de las imposiciones ideológicas y enfrenta el mal colectivo que las redes del terror político extremo esparcen por el mundo. Ya lo dice el Evangelio, "y la verdad os hará libres"10. 1Cfr. Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad (Madrid: Alianza Editorial, 2019), p. 57. 2Platón, Apología de Sócrates, 30 e. 3"La dimensión imaginaria radica en la construcción de un escenario omnipresente donde se enfrentan, por un lado, la civilización occidental democrática avanzada y, por otro, un amplio imperio maligno de otredades amenazantes, primitivas y fanáticas. La reducción de la complejidad política a este esquema binario es sin duda escalofriante, pero inmensamente eficaz para estimular formas renovadas de legitimidad y cohesión". Roger Bartra, Territorios del terror y la otredad (México: FCE, 2018), p. 15. 4Platón, Apología de Sócrates, 23 d. 5 San Agustín, Confesiones: VII: 10; 16. 6"[Como lo señala] san Agustín, el cual subrayó el hecho de que el conocimiento de la verdad ha de ser buscado no con fines meramente académicos, sino porque aporta la verdadera felicidad, la verdadera beatitud". Frederick Copleston, Historia de la Filosofía, volumen I "De la Grecia Antigua al Mundo Cristiano" (España: Ariel, 2017), p. II-42. 7Cfr. José Antonio Marina, Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía (Barcelona: Anagrama, 2019), pp. 18-32. 8 San Agustín, Soliloquios: II: 7; 14. 9Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes (Barcelona: Paidós, 2016), p. 114. 10Juan 8, 32." 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Entonces, puso en la portería una alcancía con la leyenda: “Para el candelero del señor portero”; y colocó a un guarura junto, para que todo el que quisiera pedirle algo dejara su “óbolo” en la alcancía. Tampoco le dio resultado, porque los vecinos dijeron que en vez de pedirle al portero que  arreglara los baños, se lo pedirían a San Antonio de los Baños, y en vez de exigir que tapara al agujero del patio, le rezarían a San Pablo Tinajero.  Y siguieron yendo al 51 a pedir el remedio a todos sus males. Pero en vez de dinero, le llevaban a la señora unos tamalitos, un atolito, un poquito de mole o un pancito de elote. Eso retardaba el viaje de la señora a Roma, pero al menos le daba de comer. Y allí quedó la señora, repartiendo bendiciones y oraciones al por mayor; y el portero, maquinando la manera de echarla de la vecindad.  No sé si lo logre. Pero es tan retorcido que a lo mejor lo consigue. 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We didn't start the fire It was always burning, since the world's been turning We didn't start the fire No, we didn't light it, but we tried to fight it

– Billy Joel (1949), cantante y compositor estadounidense.

Incómodos, radicales, tenaces, inquisitivos, irritantes, problemáticos, irreverentes y –especialmente– críticos. Tales son los adjetivos con los que la gran mayoría de la sociedad suele describir a todos quienes nos dedicamos a la filosofía –al menos, los más decorosos–. Y es que no solo se trata de una carrera que te licencia para hacer filosofía "profesionalmente", se trata de una cierta marca existencial, algo que nos caracteriza hasta la médula.  La filosofía se ha definido de mil y un maneras durante la historia humana. Comparto la idea de que ésta es la ciencia que busca encontrar, a partir de una constante apertura existencial, aquellas causas y principios que operan en la realidad. Es decir que no se reduce a un mero proceso intelectual –una disciplina mental–, sino que se trata de una auténtica manera de ser. Si bien, todo ser humano es capaz de filosofar –buscar los principios que operan en una realidad concreta–, considero que hay una distinción muy significativa entre una reflexión profunda eventual y una introspección constante. Se trata del anhelo íntimo de encontrar la verdad en todo momento. No me refiero solo a una verdad particular en ciertas ocasiones, sino a tener un compromiso auténtico con lo auténtico; una existencia que, honestamente, está siempre en la búsqueda de lo real y objetivo. Por ello, así como un médico se atiene al famoso juramento hipocrático de nunca dañar a sus pacientes, el filósofo jura un compromiso vital con la verdad. Lo cual, implica una constante apertura en cualquier dimensión de la vida para descubrir la verdad, empezando por uno mismo. Este compromiso existencial es una actitud que siempre incomoda a muchas personas, ya que estar predispuesto a la reflexión constante implica una apertura sin clausura de estar inspeccionando los hechos más aceptados –sin ser necesariamente verdaderos–, así como estar contrastando y "problematizando" aquellas ideas, nociones, usanzas y tradiciones que muy pocas personas siquiera se plantean dudar. Sobre todo en el mundo contemporáneo, donde el relativismo intelectual y moral siguen estando en boga, las personas que se preguntan por la verdad objetiva, no solo en los hechos, sino en los principios y causan que la originan, suelen ser confinados a la academia pero excluidos de asuntos "prácticos". Y es que en el mundo de las Fake News, donde ya no hay un interés en dialogar en comunidad y solo se procura el estar en lo cierto, la filosofía es estimada como una ciencia de la antigüedad, un saber que solo causa problemas sin dar soluciones "en el aquí y ahora".  Por supuesto, aunque la filosofía no es para todos, vaya que sí es necesaria. Como la historia lo ha comprobado, no todo se centra en el mero hecho –el factum– y lo presente. Al final, tal como lo expuso Isaiah Berlin, las ideas son las que mueven al mundo a actuar1. La aceptación de esta verdad es la que nos lleva a conmemorar el Día Mundial de la Filosofía cada año, celebrado el pasado 18 de noviembre. Este breve escrito busca presentar una apología concreta que demuestre la importancia de la filosofía en la vida de cada ser humano para formarse un criterio objetivo que permita construir una sociedad más justa.  Sin lugar a dudas, uno de los mayores rockstars de la filosofía es Sócrates. A más de dos mil años de su vida, continúa siendo uno de los grandes maestros de la humanidad. Para él, la filosofía debe ser la constante interrogación que busque, a través del diálogo, contrastar definiciones y realidades para encontrar la verdad. El símbolo que utilizó fue el tábano, un mosquito que "aguijonea" a la sociedad: “[…] que necesita ser aguijoneado por una especie de tábano, según creo, el dios me ha colocado junto a la ciudad para una función semejante, y como tal, despertándonos, persuadiéndonos y reprochándonos uno a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en todas partes2. Así, la labor filosófica se centra precisamente en lo que hoy entendemos como "formación del criterio". Un análisis racional y emocional de los sucesos que ocurren a nuestro derredor donde cada persona sea capaz de inteligir entre lo bueno y lo malo, entre lo falso y lo real. Es precisamente esta conciencia la que nos permite resistir los terrores imaginarios de las propagandas políticas3, por ejemplo. Ideas conspirativas, ciega fe a líderes espirituales y políticos, Fake News, son algunos de los más destacados ejemplos donde el pensamiento filosófico se convierte en un auténtico defensor de lo justo. El común denominador detrás de todos estos fenómenos es, como bien afirmó Sócrates, "que resulta evidente que están simulando saber sin saber nada"4. Precisamente cuando nos cerramos a no dialogar y estar dispuestos a reconocer el error, caemos en los extremos vicios morales que tan bien han identificado los filósofos desde la Antigüedad.  De esta manera, la filosofía tiene esta naturaleza de estar vigilando qué tanto nos estamos desviando de la verdad objetiva. Por supuesto, el ideal siempre ha sido la búsqueda por la verdad en sí misma como fin, no como medio. Sin embargo, la verdad exige que seamos congruentes con nosotros mismos. Por ello es que la filosofía también tiene la naturaleza de introspección personal –además de la reflexión social o comunitaria expuesta arriba–. Ya lo decía san Agustín: "Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad"5. Estar abierto a entender nuestra realidad –en tanto la verdad que conforma la identidad de cada persona, así como su naturaleza humana– es la condición necesaria para ser, no solo mejores personas, sino aspirar a la auténtica felicidad6. Esta examinación interna –que forma el criterio personal– es solo posible cuando emprendemos una actividad filosófica hacia el interior de cada uno de nosotros. Gracias a nuestra racionalidad simbólica que nos permite distanciarnos de nosotros mismos y entendernos –como señala José Antonio Marina 7– narrativamente, es como opera la filosofía. Con su distintivo método de la interrogación y el contraste –así como similitud– el pensamiento filosófico nos posibilita a que accedamos a la verdad interna: Se llaman soliloquios, y con este nombre quiero designarlas, porque hablamos a solas. Nombre tal vez nuevo y duro, pero muy propio para significar lo que estamos haciendo. Pues siendo el mejor método de investigación de la verdad el de las preguntas y respuestas…8 Estos diálogos internos –soliloquios–, sin embargo, son el principio del descubrimiento de la verdad. Son el inicio del viaje vital que emprendemos a diario en búsqueda de la felicidad. Así, anhelamos bienes, alegrías y prosperidades que, al menos en un primer momento, prometen la felicidad. Sin embargo, la mente crítica que desarrolla el pensamiento filosófico advierte que hay bienes que, aunque aparentan serlo, en realidad no lo son. Pero no solo es la reflexión personal lo que permite un crecimiento individual, sino que la persona requiere de los demás para encontrar esta felicidad. Así, la búsqueda por la verdad empieza en uno mismo y se compagina con la verdad comunitaria y la verdad objetiva. Tal como lo explica Alasdair MacIntyre: La honestidad, sobre todo la sinceridad con respecto a uno mismo y también hacia los demás, es la virtud indispensable para que una persona llegue a conocerse así misma en el grado necesario y tenga la capacidad para resistir todas las influencias que contribuyen al autoengaño. Esa honestidad se ejercita no sólo en el autoexamen, sino también en la responsabilidad para con aquellos otros que tienen razones para esperar que les ayudemos a satisfacer sus necesidades, reconociendo frente a ellos nuestras deficiencias y fracasos cuando sea pertinente hacerlo9 No se trata de que la filosofía dé las respuestas concretas a toda situación que enfrentamos; sin embargo, la filosofía sí se encarga de que, entre las múltiples tentaciones que ofrece la vida, las personas no caigamos en los extremos del mal –a partir de la duda y, como ya se ha dicho, de la constante reflexión–. Por eso es que nos ven como "incómodos", "radicales" o "rebeldes". Y, como profesional de la filosofía, confieso que es un orgullo serlo. Pues la verdad no busca agradar los apetitos banales de las autoridades, ni se adapta a las sensibilidades frágiles, ni quiere subyugarse ante las posiciones extremistas, todas estas visiones que prefieren vivir en la cómoda y placentera mentira antes que mirar el desorden interior que cargan. La verdad simplemente es.  Por último, frente a la acusación de que la filosofía solo causa más problemas, considero que, más bien, habría que preguntarse ¿por qué es malo dudar? Nadie posee la verdad absoluta y quien afirma lo contrario es un embustero. Las soluciones sencillas, meramente prácticas y al momento, no resuelven nada aunque aparentan hacerlo. Más que causar problemas, la filosofía es este bisturí –fino y preciso– que, como la enfermedad en el cuerpo, extrae las explicaciones banales envueltas en falsedades para abrir el camino hacia la verdad; y con ésta, hacia la construcción de un mundo mejor. Así, al no conformarse con cualquier explicación del mundo, la filosofía está en constante desafío de las imposiciones ideológicas y enfrenta el mal colectivo que las redes del terror político extremo esparcen por el mundo. Ya lo dice el Evangelio, "y la verdad os hará libres"10. 1Cfr. Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad (Madrid: Alianza Editorial, 2019), p. 57. 2Platón, Apología de Sócrates, 30 e. 3"La dimensión imaginaria radica en la construcción de un escenario omnipresente donde se enfrentan, por un lado, la civilización occidental democrática avanzada y, por otro, un amplio imperio maligno de otredades amenazantes, primitivas y fanáticas. La reducción de la complejidad política a este esquema binario es sin duda escalofriante, pero inmensamente eficaz para estimular formas renovadas de legitimidad y cohesión". Roger Bartra, Territorios del terror y la otredad (México: FCE, 2018), p. 15. 4Platón, Apología de Sócrates, 23 d. 5 San Agustín, Confesiones: VII: 10; 16. 6"[Como lo señala] san Agustín, el cual subrayó el hecho de que el conocimiento de la verdad ha de ser buscado no con fines meramente académicos, sino porque aporta la verdadera felicidad, la verdadera beatitud". Frederick Copleston, Historia de la Filosofía, volumen I "De la Grecia Antigua al Mundo Cristiano" (España: Ariel, 2017), p. II-42. 7Cfr. José Antonio Marina, Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía (Barcelona: Anagrama, 2019), pp. 18-32. 8 San Agustín, Soliloquios: II: 7; 14. 9Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes (Barcelona: Paidós, 2016), p. 114. 10Juan 8, 32." 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