II.- LA CASA DE LOS OLVIDOS

Antes de proseguir con mi relato, quiero llamar su atención sobre la imagen de la casa de LOS OLVIDOS vista desde el mar. Si se fijan, la terraza rodeada por arcos es donde estaba yo platicando con...

6 de octubre, 2020

Antes de proseguir con mi relato, quiero llamar su atención sobre la imagen de la casa de LOS OLVIDOS vista desde el mar. Si se fijan, la terraza rodeada por arcos es donde estaba yo platicando con Don Marcelino aquella primera vez que la visité. Justo debajo de esa terraza de arcos, se ven pilares que la sostienen, como los dedos de una mano sosteniendo una charola. ¿Vedad que eso es lo que  parece? Pues digamos que en la “palma de la mano” cuyos dedos sostenían la terraza de arcos, estaba el salón de billar, que era grande y luminoso.

Como pueden ver si prestan atención a la fotografía, los arcos que rodeaban la terraza corrían ininterrumpidos desde lo alto hasta el piso, de manera que nada obstruyera la vista maravillosa que se disfrutaba desde ahí. Solamente había unas barandillas de tubo cilíndrico de pilar a pilar de manera que no fuera peligroso estar ahí disfrutando la vista. Se los digo para que se den una idea de la luz y del tono azul del cielo en esas horas de un día primaveral en Acapulco.

Dicho esto, regresemos con Don Marcelino a la terraza de los arcos para seguir platicando con él. Don Marcelino era un hombre muy agradable; parecía divertirle que la casa me gustara tanto, hasta el punto que no podía yo creer que de verdad estuviera parado en su terraza principal. Miraba yo en todas direcciones asombrado por la belleza de esa casa solitaria.

Me llamó la atención que el corredor por el que había yo entrado desde el cancel de madera hasta la terraza, tenía una saliente volada sobre la explanada que conducía al garaje. Entonces le pregunté cuál era el propósito de esa saliente.

Don Marcelino esbozó una sonrisa de niño travieso y me dijo:

-Ya me estaba extrañando que no me hubiera preguntado todavía. Ese volado lo ocupaban las orquestas que tocaban en las fiestas del Señor Claymon. ¿Ha oído hablar de Glenn Miller, de Benny Goodman y de Cole Porter?




Yo le respondí que desde luego que sabía quiénes eran. Entonces Don Marcelino, que gustaba de hablar entre broma y en serio, me dijo:

-Pues esos son algunos de los fantasmas distinguidos que nos acompañan aquí en Los Olvidos…

-¡No me diga que tocaban ellos aquí!- Le dije yo.

Y el ya riéndose me dijo: 

-Como dicen en la tele: aunque usted no lo crea. El Señor Claymon era  un minero de Inglaterra que tenía minas de plata en Zacatecas. Le encantaba dar fiestas a cada rato, según me contaron los antiguos cuidadores que trabajaron con él. Mientras comentábamos sobre las increíbles fiestas que ahí se habían celebrado, me imaginaba yo a las damas elegantemente vestidas, bailando precisamente en esa terraza en la que estábamos hablando de ellas.

Entonces Don Marcelino me indicó que tomara las escaleras que desembocaban sobre el pasillo que recorría todo el otro lado de la planta baja, y subiera al último piso y me fuera hasta el punto más lejano donde había una pérgola sobre lo que debe haber sido un asoleadero. 

Así lo hice. Subí la escalera que conducía al siguiente piso y continué hasta el piso superior donde la opción era subir otro poco a la izquierda hacia la habitación principal o hacia la derecha para recorrer el pasillo hasta donde me había indicado don Marcelino. Conforme iba yo hacia el extremo de la casa, fui pasando por las habitaciones que tenían  puertas de madera de cedro y ventanas del mismo material con persianas de hojas muy anchas y sin cristales pero con mosquitero.

La madera despedía un aroma que me era conocido porque desde chico había ido mucho a Acapulco con mis hermanas y nos habíamos quedado en el Hotel la Riviera (que todavía existe, aunque abandonado) y en la casa Ralph en la calle de Inalambrica que, siendo mucho más pequeña, tiene las mismas ventanas de persiana de madera sin cristales. Al final del corredor me detuve en un área que debió ser usada como comedor de invitados o asoleadero,  cubierta por una pérgola.

De repente me asusté porque se oyó la voz de don Marcelino como si estuviera justo a mi lado, ¡pero no estaba! Si hubiera sido de noche, habría yo salido corriendo sin mirar atrás, pero siendo de día pude controlar el susto y además, escuché los pasos de don Marcelino que venía riéndose por el corredor.

-¿Qué le pareció la magia, joven?

Yo  le pregunté dónde se había escondido.

Entonces me explicó que no había magia ni nada extraño. Los Olvidos había sido construida por un ingeniero naval bajo la dirección del famoso arquitecto Frank Lloyd Wright a finales de los años 30. El Señor Claymon había pedido dos cosas especialmente: que las habitaciones se ventilaran únicamente con la brisa marina y que acústicamente se diseñaran las terrazas para que la música de las orquestas que invitaba a tocar en sus fiestas pudiera escucharse claramente desde cualquier punto de la casa para que los invitados pudieran bailar bajo la pérgola, en  la terraza, o en los corredores como si Glenn Miller estuviera dirigiendo su banda frente a ellos.

La tarde iba avanzando y entonces don Marcelino me preguntó si querría yo ver la puesta del sol. Yo le respondí que mientras no me corriera de ahí, yo permanecería encantado escuchando lo que me contaba. Don Marcelino de la Rosa era un hombre muy agradable y ameno. Charlábamos como si nos conociéramos de mucho tiempo, y fue así que, sin prisa, fuimos caminando hacia la  terraza de los arcos. El oleaje había arreciado y cuando el mar golpeaba sobre los arrecifes, se salpicaba el agua hasta donde estábamos, aunque sin empaparnos, pero  era una experiencia refrescante y cautivadora.

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