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¿Por qué seguimos leyendo Lolita?

La novela es literariamente tan buena que atrapa al mismo tiempo que produce rechazo, que seduce –aun cuando detona repulsión–, que explica –sin justificar– los actos cometidos por el narrador.

24 de julio, 2026 ¿Por qué seguimos leyendo Lolita?

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.

“Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos siempre fue Lolita”(1).

Como quizá ya detectaste se trata del inicio de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov, publicada en 1955. En ella se cuenta la obsesión que lleva a Humbert Humbert a casarse con Charlotte Haze, con tal de estar cerca de su hija Lolita, de apenas doce años. Poco más adelante Charlotte muere “accidentalmente” tras descubrir los diarios donde Humbert describe su delirio por Lolita. Ante la súbita pérdida, decide unilateralmente “adoptarla”… como su hija/mujer. Va por ella al campamento de verano donde está internada y emprenden juntos un largo viaje por carretera, que bien podría calificarse como secuestro, donde ambos viven sumergidos en una retorcida relación incestuosa.

Para Humbert, Lolita no era una niña cualquiera sino una «nínfula»: “muchachas, entre los nueve y los catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas” (2).

Pero no todas las niñas entre los nueve y los catorce años son nínfulas. “Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una gota de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas” (3).

Aquí nos enfrentamos a una tremenda distorsión provocada por las versiones cinematográficas, donde Lolita es una adolescente atractiva que empieza a descubrir la sexualidad, que si bien es una menor de edad, no se compara con la Lolita de la obra de Nabokov, donde se trata una niña sin paliativos.  

Se le mire por donde se le mire se trata de la narración de un abuso sexual y psicológico sin atenuantes, una conducta del todo reprobable y sin justificación posible, llevado a cabo por un adulto entrado en la cuarentena perpetrado contra un niña de apenas doce años. De hecho, el propio Humbert, al contar lo sucedido, reconoce sus actos como pecaminosos y perversos.

Dicho lo anterior, y sin pretender justificar en lo absoluto los hechos narrados ni la posición ética y moral de su protagonista, y aun cuando muy probablemente en nuestro tiempo no habría encontrado editor que la publicara, Lolita es una obra literaria que sigue causando fascinación en los lectores de nuestros días –como es mi caso– al menos por dos razones.

La primera es la calidad literaria con que está escrita. Es imposible no escandalizarse por un lado ante la dimensión del abuso cometido por el personaje adulto en contra de la niña –y la naturalidad y lascivia con que está narrada– y por el otro, ante la vergüenza que se experimenta al reconocer el disfrute estético –que no erótico– que implica la experiencia de lectura.

La novela es literariamente tan buena que atrapa al mismo tiempo que produce rechazo; que seduce, aun cuando detona repulsión; que explica, sin justificar, los actos cometidos. En mi caso, al mismo tiempo que rechazo sin reservas a las acciones y el contenido de lo que leo, su forma y estructura me resulta tan convincente y eficaz que por momentos consigue que me olvide que quien narra es un hombre entrado en la cuarentena, y que el objeto de su lujuria es una niña de doce años.  

La semana siguiente abordaré la que considero la segunda razón –y más importante– por la cual continuamos leyendo Lolita.

Web: www.juancarlosaldir.com

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Twitter:   @jcaldir  

Facebook:  Juan Carlos Aldir

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(1) Nabokov, Vladimir, Lolita, Primera Edición, México, Anagrama Colección Compactos, 2012, Pág. 15

(2) Íbidem, Pág. 24 

(3) Íbidem, Pág. 25

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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