Mi sangre carece de ascendencia ilustre. Proviene de conquistadores humillados, de esclavizadores vencidos.
Mezcla de caníbales y marineros, de santos extranjeros y de ídolos paganos.
Sentado sobre las ruinas, pienso, en lo ignorantes que somos ¡y seguiremos siendo!
En cada gota habita la memoria, no de Córdoba ni de Bizancio, ni siquiera del pueblo lacustre que no dejó lengua escrita, sino de inconsolables llantos.
De repugnancias atroces.
Bastardos, jamás primogénitos, del acero y la roca. Mercenarios sin habilidad en la lucha, salvo para el saqueo.
Feroces con el débil.
Solícitos con el fuerte.
¡Verecundia!
Insistimos en la hechicería de nuestros antepasados. En hierbas y amuletos. Ociosos y salvajes. Supersticiosos.
Fanáticos.
¿En qué mentira habremos de creer ahora? Predestinados al fracaso, nos entregamos a las ensoñaciones y a los oráculos.
La riqueza súbita, la vida plácida.
La diosa Fortuna que aplaque nuestra avaricia. Nuestra gula. Ofrecemos sangre como tributo, la propia y la ajena.
Pero la sangre impura nunca sacia a los dioses.
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