Entrevista actor Julio Bracho (2 parte)

¿Has trabajado con tu tía la actriz Diana Bracho? Una vez ella fue mi mamá en una película pero fue en un papel muy corto… ¿Has trabajado con tu tía la actriz Diana Bracho? Una vez ella...

29 de octubre, 2015 julio-bracho

¿Has trabajado con tu tía la actriz Diana Bracho? Una vez ella fue mi mamá en una película pero fue en un papel muy corto…

¿Has trabajado con tu tía la actriz Diana Bracho?

Una vez ella fue mi mamá en una película pero fue en un papel muy corto. Estamos buscando un proyecto de teatro para hacerlo juntos.

¿Cuál es tu director de cine favorito y por qué?

Soy muy fan de Alejandro González Iñárritu, porque se mete al ser humano y empieza como a deshilar el alma. En Birdman  empieza a narrar todos los vicios del teatro y me identifico, el personaje principal quiere hacer la obra para que lo reconozcan por él y no por su personaje de “Birdman”.

Esta película les ha encantado a los actores que he entrevistado. ¿Tú crees que los actores pueden valorar más esta película que los demás? 




Lo que pasa es que te cuestiona que hago yo en este trabajo de actor: quiero trascender.

¿Con qué actor te gustaría trabajar?

Me encantaría trabajar con el actor Español Javier Bardem. También con Al Pacino y con  Jack Nicholson en una comedia. También me encantan los actores Ingleses de la serie Life’s too short.

Cuéntame del Programa Diseñador ambos sexos.

Muy divertida, yo salía de gay.

También trabajaste en la Serie Mujeres asesinas.

Si eso estuvo muy duro, fue en un capítulo con Cecilia Suárez, yo era el novio y era un cirujano plástico, y Cecilia me derretía la cara, de hecho no la quise ver, tarde muchas horas en maquillaje para que me viera como si me hubieran derretido la cara, era muy fuerte, fue un llamado de 20 horas.

También hiciste la voz de John Kennedy en la serie Los Kennedy.

La serie es muy buena pero fue un híbrido raro, el actor protagonista fue excelente igual que Katie Holmes, ex de Tom Cruise, pero también había una actriz venezolana que tenía un acento muy raro y como que no venía al caso en esa serie.

Tu voz también te ha hecho ser famoso

Sí, es lo que me tiene en History Channel, de hecho con Fear Factory, nos nominaron al Premio Emmy.

¿Cuál es la película que no te cansas de ver?

Me encanta Pink Floyd The Wall, tengo otra que se llama Baraka que es como un documental muy interesante, es como del origen de la vida hasta la industrialización absoluta, la música es padrísima, es una película rara.

También me gusta la película infantil Cars.

Esta es una pregunta sobre tu tía la Diana Bracho. ¿Por qué crees que es tan buena actriz?

Yo creo que nació actriz pero estudió mucho, es como Michael Jordan que tiene el don pero también tienen la disciplina, y esto se convierta en un éxito, Diana es Licenciada en Literatura Inglesa, y también estudió en Nueva York. Aparte es super sensible y muy humana.

¿Por qué te gusta actuar?

Porque puedes hacer cosas que en el cotidiano no puedes hacer, es muy divertido, yo no podría estar en una oficina.

¿Algo que quieras agregar que tal vez nadie sepa de ti?

Soy un apasionado de mis hijos.

Fin

Comentarios
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Habló de los escenarios dentro de los cuales se desarrolla su novela Tristes Sombras (Paraíso Perdido, 2021). Dichos escenarios corresponden al manicomio “La Castañeda” y la cárcel de Lecumberri, ambos edificios construidos en la Ciudad de México y sus inmediaciones. Su plática estuvo aderezada con presentaciones digitales que dan cuenta de la historia de la fundación de cada uno de los complejos arquitectónicos; las expectativas que se tenían para uno y otra; su historia natural y su terminación.  En el caso de La Castañeda, la escritora profiere una frase muy significativa: “México no estaba preparado para algo de tal envergadura”. 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Así como La Castañeda conserva historias de personajes singulares que vivieron dentro de ella, de igual forma en las ciudades de menor tamaño, tenemos nuestra colección de individuos que rompen con la llamada “normalidad”, para revelarnos elementos que, igual llega a haber en nuestro propio interior.  Cuando leemos una novela, amamos sobre todos los demás a los personajes entrañables, ésos que se hermanan con  nosotros, con quienes compartimos defectos, tropiezos y desatinos.  Por su parte, los del género telenovela comercial, guapos, ricos y talentosos, no despiertan en nosotros esa empatía. Si repasamos desde los personajes de un Lazarillo de Tormes o las Novelas Ejemplares de Cervantes, disfrutamos más las travesuras y la picardía de ésos que nos atrapan y nos llevan a pensar que, a pesar de esa falta de cualidades por las que se distinguen, son capaces de emprender actos trascendentales. 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Antes de la locura y detrás de ella, en cada enfermo hay sombras que no terminan nunca por revelarse del todo.  Hay historias de patología familiar  y de maltrato; de genialidad que no es apoyada ni promovida por el círculo cercano al enfermo.  Hay sombras oscuras detrás de la forma como muchas veces son “tratados” o retirados de la vía pública. Como desechos sépticos de los que nadie quiere hablar para no contaminarse. Una persona con alteración en sus facultades mentales  la identificamos por su aspecto, su mirada, tal vez sus expresiones guturales cuando busca comunicarse. La señalamos por su vestimenta y en particular por su olor corporal.  Luce descuidada y actúa de modos poco o nada compatibles con lo aceptable, como si viviera en un mundo paralelo, donde importan poco los juicios que el entorno haga sobre su persona. A ratos pienso que es una forma de libertad que el resto de nosotros, sujetos a los cánones sociales, no seríamos capaces de experimentar.  Hasta donde sé, la colección fotográfica más completa que circula fue integrada por Porfirio Díaz y alojada en el INAH; sin embargo, hay otros álbumes que han venido a complementar al primero. En alguna visita al Museo Amparo en la ciudad de Puebla tuve oportunidad de ver una exposición temporal de la fotógrafa húngara nacionalizada mexicana Kati Horna, que despliega en su trabajo las muchas caras del manicomio en cuestión.  El complejo arquitectónico se inauguró en 1910, en los albores de la psiquiatría mundial. En sus inicios fue atendido por 15 médicos generales deseosos de especializarse en psiquiatría, y fue sólo durante una etapa  cuando contaron con un asesor de la especialidad, un francés de nombre Jean Étienne Esquirol. El sistema de internamiento puso a convivir a pacientes mentales con delincuentes no psiquiátricos y personas en situación de calle, entre ellos muchos niños pequeños abandonados.  Lo heterogéneo de la población en dicho centro psiquiátrico, aunado a la sobrepoblación de sus instalaciones y la escasez de víveres, devino en caos. La exclusión social es el concepto detrás de estos sistemas, que inician con los leprosarios referidos en la Biblia, según señala de manera acertada Lola Ancira.  Es una forma de no tener próximos a los contaminados, tanto por razón de imagen urbana, como por liberación de culpas ciudadanas.  Pasa el tiempo y avanzan las concepciones que se desarrollan con el fin de evitar que la sociedad “sana” se tope con estos personajes.  Acotación mía: La verdad es que todos los humanos poseemos, en alguna proporción, elementos de locura y suciedad mental.  El sistema social se empeña en que lo olvidemos. 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Una vez asentadas en nuestro proceso cognitivo terminan por determinar nuestro comportamiento, nuestros valores y nuestra manera de estar en el mundo. Merece la pena reflexionar acerca del tipo y calidad de metáforas solemos usar para explicarnos la existencia.  Si un buen amigo nos confiesa que, ante una situación, se siente “entre la espada y la pared”, de ningún modo pensaremos que literalmente una espada amenaza con clavarse en su pecho mientras su espalda roza con un muro infranqueable y sin embargo entendemos de inmediato que se encuentra en una disyuntiva apremiante, donde hay pocas alternativas de decisión.    Hemos entrado en el territorio de la metáfora, una figura retórica por medio de la cual se expresa una idea, una situación, un objeto o un concepto poniéndolo en relación de semejanza con otro que lo ilustre y se trata de un concepto indispensable si hablamos de la construcción de narrativas.  Esta manera de expresión implica un proceso cognitivo donde dos conceptos se ponen en relación de tal modo que uno de los términos explica al otro, pero nunca de maneta literal, sino en sentido figurado. 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Si se toman de manera literal no hay forma de articular una idea donde ambos signifiquen lo mismo, sin embargo desde un sentido metafórico, y contextualizado de forma correcta, la relación es muy estrecha y resulta fácilmente comprensible para una persona de occidente educada en un contexto urbano.  En nuestra cultura el “tiempo” es entendido como un recurso limitado y valioso que, bien empleado, sirve para conseguir nuestras metas y generar riqueza; estas características conceptuales las comparte con el “dinero” y por ello, correctamente contextualizados, son términos susceptibles de fundirse en una metáfora.  Hasta ahí el anecdótico juego de lenguaje. El verdadero asunto está en que no solo se trata de construir comparaciones ingeniosas que faciliten la comprensión de conceptos, sino que se trata de un proceso cognitivo tan arraigado, de introyecciones tan profundas –y a tal grado inconscientes– que se confunden con realidades objetivas que terminan por determinar nuestro comportamiento, nuestros valores y nuestra manera de estar en el mundo. En el caso del ejemplo citado: “tiempo es dinero”, mucho más que una consigna perspicaz, puede convertirse en el dogma-motor de la propia vida para infinidad de personas, marcando la manera en que dicho individuo se vincula con el mundo, con los demás y consigo mismo.    Y podemos ir aún más allá: todo nuestro pensamiento está edificado a partir de metáforas. Al menos eso aseguran George Lakoff y Mark Johnson en su insustituible clásico, Methaphors we live by1, traducido al español como Metáforas de la vida cotidiana2 Para estos autores, el ser humano no solo construye metáforas mediante el lenguaje, sino que piensa mediante ellas y por ello resulta medular prestar atención en aquellas que conducen nuestros pensamientos y acciones.  Para Lakoff y Johnson erróneamente las metáforas suelen verse como herramientas del lenguaje, como un mero asunto de palabras, cuando en realidad sucede lo contrario: tanto nuestros conceptos como nuestras actividades están metafóricamente estructuradas y, por lo tanto, el lenguaje también está metafóricamente estructurado.  Las metáforas se vuelven conceptos que, lejos de quedarse en lo abstracto, crean una enorme intensidad emocional una vez que son internalizados como verdaderos. Y esos conceptos metafóricos que gobiernan nuestro pensamiento no son solo asuntos del intelecto, pues estructuran aquello que percibimos tanto del mundo como de la forma en que nos relacionamos con los demás. Por ello rigen nuestro funcionamiento cotidiano al nivel de los detalles más mundanos.  Si la mayor parte de quienes trabajan en la Bolsa de Valores piensan de verdad que “el mercado financiero es una jungla”, su manera de comportarse en ese ámbito determinará que así sea. Lo que Lakoff y Johnoson afirman es su texto no es que las metáforas describan una realidad preexistente, sino que a partir de configurar e internalizar el concepto “mercado financiero” como equivalente a una “jungla” es que éste se convierte en en una.  Literalmente no hay parecido alguno entre el “mercado financiero” y una “jungla”. Lo que hacemos es abstraer algunas características de la jungla –pasando por alto todas las demás– y retratamos con ellas al mercado financiero. La simplificación que queda tras retirar la complejidad real de ambos conceptos para utilizar solo unos cuantos de sus elementos suprime su esencia genuina. Por lo tanto una metáfora no retrata la realidad, sino una interpretación parcial de ella, aunque, desde luego, funcionan muy bien para reforzar la percepción que buscamos alimentar del concepto sujeto de la figura retórica.  Caracterizar a la Covid como un enemigo contra el que estamos en guerra o equiparar el debate con una pelea de box en la que hay que derrotar al oponente son comprensiones metafóricas que una vez internalizadas determinan la manera como encaramos las circunstancias de la vida.   Sin embargo es posible comprender que una metáfora (y en general el uso interpretativo del lenguaje) tiene límites en su efectividad y veracidad y que además son susceptibles de ser reinterpretados: aun cuando la conceptualización de un debate como una pelea de box es eficaz para cierto tipo de contienda verbal, nos hace concentrarnos excesivamente en la idea de competencia, nos obsesiona con la relación ganar-perder como eje conductor de la estrategia discursiva, dejando de lado la propósito real de un debate: la búsqueda de la verdad sin importar cuál de las partes esgrima un porcentaje mayor de ella.  Al encararlo exclusivamente desde la contienda, los participantes en un debate quedan imposibilitados para reconocer que dicho intercambio verbal también puede ser cooperativo, propositivo, enriquecedor, puede mostrar diferentes perspectivas de un problema y lo más inaudito de todo: un debate puede ser un extraordinario vehículo para cambiar de opinión, para dejarse tocar por las ideas del otro, para reconocer que hay argumentos mejores que los propios o que nuestra percepción estaba sesgada o incompleta, pero nada de esto ocurrirá mientras el centro de la metáfora con que lo conceptualizamos sea la lucha en vez del intercambio.  Continuemos con este ejemplo. Técnicamente un debate consiste en confrontar dos posturas distintas –una tesis y una antítesis– con el propósito de encontrar la verdad –la síntesis–. Pero si pensamos en un debate entre candidatos a la presidencia y los contendientes asumieran, en vez de esa postura beligerante y descalificadora, una de cooperación, diálogo e intercambio que los llevara a conciliar sus ideas y alcanzar un acuerdo o cuando menos reconocer la validez de la postura ajena, el primer desilusionado sería el público votante. Y esto ocurre porque tenemos profundamente internalizada la idea de que un debate es una contienda donde para que uno gane, el otro tiene que perder, uno tiene que tener razón y el otro estar equivocado. A partir de la metáfora –un debate es una batalla– se ha caracterizado el concepto. Aún cuando este tipo de “contiendas” suelen ser muy atractivas para el público, es muy poco lo que dejan en la práctica en términos de ideas y soluciones.   Las metáforas no contienen en sí mismas significados independientemente de los contextos en que se usan y los hablantes que se identifican con ellas. Por eso no son auténticas herramientas para entender la realidad, sino tan solo una posible interpretación de ella.  Si, por ejemplo, dentro de una pareja, uno de los miembros visualiza internamente el matrimonio como “dos viajeros que comparten una gran aventura”, mientras el otro ha internalizado el compromiso como “una camisa de fuerza que limita su libertad”, aun cuando nunca verbalicen sus convicciones internas, podemos estar seguros de que, independientemente de las condiciones y contextos externos, los problemas y desacuerdos no tardarán en llegar. Ambos individuos relacionan el concepto “pareja” con metáforas muy distintas y por ende sus comprensiones de lo que puede y debe esperarse de una relación sentimental serán muy distintas.  Es por eso que la conceptualización metafórica importa, y mucho, para construir los relatos con que nos explicamos el mundo y nuestra relación con los otros y con nostros mismos. Por su conducto llegamos a inferencias, sacamos conclusiones y concretamos comportamientos. Puesto que razonamos en términos metafóricos, las metáforas que usamos –aun sin ser conscientes de ellas– determinan en gran medida cómo vivimos nuestra vida. Y a ti, ¿qué metáforas te mueven? Si tuvieras que responder con dos o tres palabras o con un refrán popular, cómo completarías las siguientes frases: La vida es…  El amor es… El dinero es… El trabajo es… La gente es…   Las metáforas e imágenes verbales que hayas utilizado hablan mucho de tu manera de entender el mundo y tu propia existencia. Ahora sigue el preguntarse cómo esas convicciones llegaron ahí, y en caso de no gustarte, ¿cómo cambiar esas metáforas por otras más satisfactorias? La semana siguiente continuamos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir   1 Lakoff, George, Methaphors we live by, Estados Unidos, The University of Chicago Press, 2003, Págs. 276 2 Lakoff George y Johnson Mark, Metáforas de la vida cotidiana, Tercera Edición, España, Cátedra, 2018, Págs. 303 LEE: Liderazgo y el carácter global de la civilización humana / por Juan Carlos Aldir | Ruiz-Healy Times (ruizhealytimes.com)" ["post_title"]=> string(51) "La Metáfora como materia prima de nuestros relatos" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(50) "la-metafora-como-materia-prima-de-nuestros-relatos" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-07-16 07:17:45" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-07-16 12:17:45" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=68118" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#17882 (24) { ["ID"]=> int(68635) ["post_author"]=> string(2) "77" ["post_date"]=> string(19) "2021-07-27 10:15:27" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-07-27 15:15:27" ["post_content"]=> string(6821) "Tuve la fortuna de escuchar una plática de la escritora Lola Ancira. 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Recién terminé la obra de Guillermo Fadanelli, ganadora del Premio Grijalbo 2012: Mis mujeres muertas.  Narra la historia de tres hermanos: un médico, un abogado y un “bueno para nada”.  Conforme se avanza en su lectura, este último personaje se vuelve entrañable.  A la muerte de la madre, sus hermanos de buena posición económica le encomiendan una única misión: mandar hacer y colocar la lápida en la tumba materna.  A lo largo de la obra vamos descubriendo los motivos que no le permiten cumplir con su cometido único.  Ubicados en tiempo presente conocemos la historia de Domingo, el personaje en cuestión, con el cual terminamos por simpatizar y solidarizarnos.  Regresando a la charla de Lola Ancira: Me parece de lo más acertado el nombre del libro. Antes de la locura y detrás de ella, en cada enfermo hay sombras que no terminan nunca por revelarse del todo.  Hay historias de patología familiar  y de maltrato; de genialidad que no es apoyada ni promovida por el círculo cercano al enfermo.  Hay sombras oscuras detrás de la forma como muchas veces son “tratados” o retirados de la vía pública. Como desechos sépticos de los que nadie quiere hablar para no contaminarse. Una persona con alteración en sus facultades mentales  la identificamos por su aspecto, su mirada, tal vez sus expresiones guturales cuando busca comunicarse. La señalamos por su vestimenta y en particular por su olor corporal.  Luce descuidada y actúa de modos poco o nada compatibles con lo aceptable, como si viviera en un mundo paralelo, donde importan poco los juicios que el entorno haga sobre su persona. A ratos pienso que es una forma de libertad que el resto de nosotros, sujetos a los cánones sociales, no seríamos capaces de experimentar.  Hasta donde sé, la colección fotográfica más completa que circula fue integrada por Porfirio Díaz y alojada en el INAH; sin embargo, hay otros álbumes que han venido a complementar al primero. En alguna visita al Museo Amparo en la ciudad de Puebla tuve oportunidad de ver una exposición temporal de la fotógrafa húngara nacionalizada mexicana Kati Horna, que despliega en su trabajo las muchas caras del manicomio en cuestión.  El complejo arquitectónico se inauguró en 1910, en los albores de la psiquiatría mundial. En sus inicios fue atendido por 15 médicos generales deseosos de especializarse en psiquiatría, y fue sólo durante una etapa  cuando contaron con un asesor de la especialidad, un francés de nombre Jean Étienne Esquirol. El sistema de internamiento puso a convivir a pacientes mentales con delincuentes no psiquiátricos y personas en situación de calle, entre ellos muchos niños pequeños abandonados.  Lo heterogéneo de la población en dicho centro psiquiátrico, aunado a la sobrepoblación de sus instalaciones y la escasez de víveres, devino en caos. La exclusión social es el concepto detrás de estos sistemas, que inician con los leprosarios referidos en la Biblia, según señala de manera acertada Lola Ancira.  Es una forma de no tener próximos a los contaminados, tanto por razón de imagen urbana, como por liberación de culpas ciudadanas.  Pasa el tiempo y avanzan las concepciones que se desarrollan con el fin de evitar que la sociedad “sana” se tope con estos personajes.  Acotación mía: La verdad es que todos los humanos poseemos, en alguna proporción, elementos de locura y suciedad mental.  El sistema social se empeña en que lo olvidemos. Un buen libro con sus personajes entrañables se empeña en todo lo contrario. Quiere que lo tengamos presente, tanto para bien propio, como del sistema social que conformamos. Es un roce con la realidad que nos humaniza y nos lleva a entender que, en cualquier momento, podemos hallarnos del otro lado de nuestros propios juicios." 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